Mario Monicelli, el conocido de siempre

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Basta la mención del nombre del cineasta Mario Monicelli (1915-2010) para que esbocemos una sonrisa al recordar las peripecias en que, convertida en La chica con la pistola, enroló a una extrovertida Mónica Vitti; o las travesuras emprendidas en Amigos míos por unos cincuentones decididos a sembrar el pánico en un pueblo. Si resulta imposible olvidar a un Mastroianni  irreconocible en Compañeros como el líder de la primera huelga que tuvo lugar en Turín, qué decir de él convertido en un Casanova de los años 70 del siglo pasado o a Ugo Tognazzi como un maduro obrero milanés, vértice del tragicómico triángulo amoroso de Romance popular. A las órdenes de Monicelli, ya Alberto Sordi, secundado por Vittorio Gassman, había dado muestras de su versatilidad en La gran guerra, cuando después de hacerle encarnar a Un burgués pequeño, muy pequeño, lo llamó para asumir los rasgos del Marqués del Grillo, un extravagante personaje de la mitología popular romana.

 

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Mario Monicelli, nacido en la Toscana hace un siglo, el 16 de mayo de 1915, pertenece a la generación cinematográfica que pasó directamente de las aulas escolares al plató de rodaje. Su larga actividad como ayudante de dirección de realizadores tan conocidos como Genina, Germi y Camerini, le dio un dominio perfecto de los medios técnicos. Sus experiencias como autor de diálogos en guiones portadores de de un tratamiento satírico y negro de la realidad social de su país, le han servido para asimilar perfectamente el ritmo narrativo. Haber tenido la posibilidad de dirigir a tantos grandes comediantes le convirtieron, por los resultados obtenidos al demostrar su habitual pericia para extraer de las situaciones el mejor partido a la hora de hacer reír, con su chispeante humor, en uno de los reyes de la commedia all’italiana. Desde aquellos áureos y añorados años sesenta, Monicelli siguió filmando hasta ser octogenario.       

Presente como una obsesiva recurrencia en la obra de tantos maestros como Rossellini o Scola, el tema de la familia también aparece una y otra vez en la nutrida filmografía de Monicelli. Tras su debut como codirector en Al diablo la celebridad (1949), junto a Steno (Stefano Vanzina), con quien concibiera no pocos títulos al servicio del inefable Totó, realiza Padres e hijos (1957). En Esperamos que sea mujer (1986), vuelve sobre esta temática pero, a tono con los tiempos que corren, Monicelli, quien insistió siempre en que para lograr la comunicación internacional, el cine europeo debe realizar filmes locales, reconocibles, aborda el matriarcado, la tercera edad y el egoísmo familiar.

 

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Los desconocidos de siempre (1958)

Los desconocidos de siempre (I soliti ignoti, 1958) fue su primer éxito que, como todas sus películas de la primera época, es una comedia con una gran carga social y un estilo deudor del neorrealismo, ya en declive entonces. En la cinta, una especie de versión satírica de Rififí entre los hombres, de Dassin, un grupo de inexpertos rateros decide asestar un “golpe” en grande y, para lograr su cometido, comienzan a prepararlo en un minucioso proceso. La habilidad para el sensible trazo humano de los personajes y su simparía al enfocar los problemas de los humildes, hicieron que consideraran a Monicelli, incluso, como un seguidor de Chaplin y De Sica, si bien algunos lo subvaloraron como un autor “menor” por consagrarse a la comedia. “No creo que exista en el mundo una comedia que tenga esta tenacidad en el arte de mostrar a lo vivo las llagas sociales”, expresó.      

Al año siguiente rueda La gran guerra, por el que obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia, y en el que, con sus guionistas habituales -Age-Scarpelli y Suso Cecchi d’Amico- se arriesga al narrar en tono de comedia una tragedia colectiva como la primera guerra, en la cual sitúa a dos antihéroes. La carrera posterior de Monicelli no puede escapar a la fiebre de las películas en episodios, típicas del cine italiano de los sesenta y, a pesar de la regularidad de su trabajo, como secuelas de la censura y los obstáculos para la distribución por el monopolio in crescendo del cine norteamericano, perdimos el contacto asiduo de su quehacer, por lo que el presente ciclo presenta algunos títulos en carácter de estreno absoluto en Cuba como Querido Michele, laureado en el Festival de Berlín.

“Sin que exista una razón precisa, el cine cómico es considerado como un género inferior. Si un director logra que le premien un filme cómico en un festival, puede considerarse dichoso —declaró en una entrevista—. La misma prensa prefiere ocuparse de un filme dramático más bien que de una comedia. Se miran siempre las comedias con ojos lejanos, paternalistas. Por esto, realizar un filme cómico requiere más atención y reflexión. Es un hecho que no logro comprender: ¿no se dice que un hombre es un idiota cuando no sabe reír?”. Ese género al que aportó no pocos clásicos, a su juicio, tiene una influencia muy grande en los hábitos y las costumbres de su país, donde permitió “la elevación del nivel civil de la nación, la democratización de los italianos al continuar burlándose y poniendo en ridículo nuestros defectos nacionales”.

Este tributo que rinde la Cinemateca de Cuba a Mario Monicelli, un auténtico monarca de la comedia, en el centenario de su nacimiento, presenta una selección de títulos de una carrera extendida a lo largo de más de cuarenta años, que incluye varios de estreno absoluto en la isla. Proporcionarnos no pocos momentos de euforia y carcajadas nada realidad con la reflexión es el legado de este soberano conocido desde siempre. Recibámoslo como un amigo nuestro.

(4-10 /06 /2015)