Música de la luz

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Con el sugerente título Música de la luz, la galería del cine 23 y 12, sede de la Cinemateca de Cuba, ofrece desde el jueves 21 una exposición colateral programada en estos intensos días de Bienal. Aziyadé Ruiz, su autora, vino al mundo en Camagüey, la ciudad donde los agramontinos bautizaron a Enrique Díaz Quesada, pionero de nuestro cine, como “el Pathé cubano”. Para ese septiembre de 1972, habían transcurrido cuatro años desde que Humberto Solás deslumbrara con su antológica Lucía. La infancia de ella transcurrió en una casa donde todo el tiempo escuchaba a sus padres rodeados de amigos hablar más de teatro y de cine, que de artes plásticas, si bien los acompañaba en ocasiones a las no pocas exposiciones que menudeaban en la capital de los tinajones.

 

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Tomada de Cuba Contemporánea

Cuando cumplió la edad de siete años, por supuesto que asistió a las apasionadas discusiones sobre una película que acaba de estrenarse y cuyo nombre nunca olvidó: Retrato de Teresa. Entre tanto, jugaba con alguno de los gatos merodeadores. En no escasas oportunidades tuvo que esperar a que Juan Ruiz, su padre, regresara del religioso peregrinaje semanal a las funciones de la Cinemateca de Cuba en el cine Guerrero, para que la recogiera en la cercana casa de sus abuelos paternos. Los domingos por la mañana, acudía con entusiasmo a las matinées infantiles en el cine Casablanca.

Aunque “la música de la luz” —como definió Abel Gance al cine—, la sedujo desde siempre, Aziyadé halló un refugio para sus tempranas inquietudes artísticas en la plástica, primero en la Escuela de Artes detrás del Museo que atesora una de las mejores colecciones de pintura de la isla. Sin embargo, al arribar a la edad requerida para que le permitieran la entrada a las funciones de la Cinemateca, hizo suyo ese rito ya tradición familiar. Allí se deslumbró con las imágenes en movimiento que luego intentó atrapar en sus bocetos y lienzos. Con el transcurrir del tiempo, devino una creadora prominente en el ámbito de la plástica cubana contemporánea, poseedora de un estilo personalísimo.

En esta selección de su obra que presenta la Cinemateca de Cuba en el contexto de la 12. Bienal de La Habana, reúne aquellas en las que rinde tributo a nuestro cine. Comienza con Nacida de una lágrima, evocación de aquellas divas del período silente que, como la italiana Francesca Bertini, impusieron su señorío en el hipnotizado público habanero (y hasta tuvo una réplica criolla en Marina Cabrera, llamada “la Bertini cubana” por sus gestos grandilocuentes). Convergen una mirada particular a las Lucías de Solás, la Teresa de Pastor Vega y Daisy Granados, la Suite Habana orquestada por Fernando Pérez y el Roble de olor concebido por Rigoberto López junto a Eugenio Hernández Espinosa. A seis décadas de su realización, no podía faltar su visión de El Mégano (1955), ese título fundacional del nuevo cine cubano, gestado por Julio García Espinosa junto a un grupo de miembros de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo.

Advertimos en todos los cuadros la imaginería propia de esta cinéfila obligada por mucho tiempo, mientras se consagraba a la crianza de sus dos hijos —sin descuidar nunca la creación—a refugiarse en la tranquilidad de la madrugada para disfrutar el encanto irresistible de los clásicos en blanco y negro y lo más rabiosamente vanguardista del cine de hoy y de mañana.

La muestra incluye además como artista invitada a otra camagüeyana, Yadira Escobar, con una trilogía de obras que rinde tributo a clásicos del séptimo arte: Charles Chaplin, el Nosferatu de Murnau y Casablanca (1942), ese título de culto realizado por Michael Curtiz. Bienvenidos a este concierto de luz y color.

(28/05-03/06/2015)