Algunos preferimos las historias íntimas

Comentario

Recién apreciados en la 14ta. Muestra Joven ICAIC, llegan a los cines los cortos de ficción Partir, de Estela Martínez Chaviano y Resina, de Maryulis Alfonso, así como el animado Un día más, de Marcos Menéndez.

La voz en off de una carta es en Partir vehículo de amor y reparación, ante el destierro salvador que asume Bárbara contra el suicidio intelectual que supondría volver a la provincia natal, tras concluir estudios superiores en La Habana. “Aún es muy pronto para darme por vencida”, escribe a la madre esta muchacha-que-vende-queso. Y aunque, sin dudas, es admirable su firmeza, no busca nuestro aplauso. No hay aquí un enfoque triunfalista. La expresión de agotamiento que reprocha a su progenitora es acaso la misma que le devuelve el cristal cuando, al fin de su jornada, Bárbara regresa al alquiler acompañada solo por su reflejo.

Poniendo mucho de su propio devenir, es el de Estela un testimonio tan honesto que asume ella misma la piel de su personaje. La fotografía privilegia los detalles y gestos mínimos, alternados con fríos planos generales donde vemos a la chica desandar las calles de una ciudad demacrada, casi tan lívida como el terruño. Ficción de una “textura” casi documental y un ritmo que no avanza ni crece, Partir se acompasa como una sorda letanía.

 

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Luna, la niña protagonista de Resina, vive su blanca ilusión entre el recato de la casa rural y el latente impudor de la carretera, en cuya orilla vende cremitas para ayudar a su madre a sostener un hogar sin hombre. Es esta una carretera como todas, por donde pasan raudos, y a veces se detienen, rudos camiones, funámbulos tiernos. La realizadora suele construir sus relatos con más silencios, amagos y elipsis que grandes acciones; he aquí el valor principal de la poética que ha ido forjando en torno al sujeto femenino.

Pocas veces el cine ha abordado el tema de la menarquia o primera menstruación, sangre augural de vida que a la vez puede suponer para la mujer bajo el patriarcado más recio (una campesina, pensemos), el handicap social de una maternidad precoz. Por suerte nada de esto se explicita. Esta madre sola, masculinizada por la dura faena, que previene a su hija sobre los “trucos” de la “serpiente de dos cabezas” que el circo exhibe (símbolo aquí de lo avieso masculino), va abonando un discurso subyacente. “Vas a tener que ponerte esto para que no te manches”, es lo último que se le oye decir. Los ojos de Luna (válgale el nombre, ya acoplada fatalmente al ciclo de los meses) encierran la sutil violencia que comporta su paso a la adultez.

Un día más, que mereciera en la Muestra el Premio a la Mejor Animación, opera en el plano de realidad de lo inasible. Nuestro héroe es un anciano del todo amoldado al ritual diario (¡oh, placer de respirar!), desde el timbrazo que lo despierta hasta el buró donde le esperan tintas y papeles. ¿Qué espera de ese “día más” que no lo es? Una historia narrada con los recursos justos, atmósfera inquietante, la gracia que conviene y un muy personal trabajo de diseño.

Anímese a ir al cine, no solo por los tan publicitados largometrajes, sino para apreciar estas historias íntimas que, al explorar el alma humana más que el contexto que es solo trasfondo, se proyectan al universo entero.

Tomado de: Cartelera Cine y Video, No. 116, 2015.

(4-10/ 06/ 2015)