Un maestro del suspenso: William Irish

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William Irish (1903-1968) es el seudónimo que prevaleciera de los varios empleados por Cornell George-Hopley Woolrich, alguien que ha provocado no pocos escalofríos, tensión, angustia... sea por el atisbo de los movimientos de un asesino por un mirón nada discreto, la mujer decidida a eliminar a cada uno de los hombres que frustraron su matrimonio o los amantes atrapados por una pasión desbordada que aguardan los estragos del veneno a los acordes de un melancólico vals en la oscuridad. Nació el mismo año que Simenon y, como el creador de Maigret, también ocupa por derecho propio un lugar preeminente entre los grandes autores de la serie negra.

Por espacio de cuatro décadas, publicaría más o menos una novela por año e innumerables relatos, antes de adoptar en 1942 el seudónimo de William Irish. Hollywood no tardó en descubrir en aquellas tramas asfixiantes la posibilidad de explorar el universo inquietante en que se desenvolvían unos personajes trazados con mano maestra por aquel novelista abandonado por la hija de un productor cinematográfico: The Leopard Man (1943), de Jacques Tourneur; La dama desconocida (The Phantom Lady, 1944), de Robert Siodmak; Ángel Negro (The Black Angel, 1946), de Roy William Neill; Mil ojos tiene la noche (Night has a Thousand Eyes, 1948), de John Farrow o La ventana (The Window, 1949), de Ted Tetzlaff, fueron algunas de las primeras versiones sobre su literatura, antes de que otro mago del género se apropiara de uno de sus relatos para convertirlo en otra obra maestra: Alfred Hitchcock, con La ventana indiscreta (The Rear Window, 1954).

 

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La ventana (The Window, 1949), de Ted Tetzlaff

Un furibundo cinéfilo francés, François Truffaut, amante del género, que apenas daba sus primeros pasos en la crítica y ni siquiera sospechaba que muchos años después filmaría La novia vestía de negro (1967) y La sirena de Mississippi (1968), dos adaptaciones de novelas de Irish, seguía de cerca estas películas para escribir mucho más tarde: “Creo que los elementos que se repiten con más insistencia son el sueño, la pérdida de control o de memoria, la incertidumbre del pasado. Si dedicamos unos segundos al juego de la libre asociación de ideas, tras el nombre de Irish surgirán las palabras amnesia, enfermedad, noche en blanco, calmante, sonambulismo, alianza, velo, dolor, cámara lenta, ansiedad, olvido”.

Genuino artista del miedo, Irish prescindió de los gangsters en sus libros o, como precisa Truffaut, “aparecen en un segundo plano de la trama, generalmente centrada en un hombre o una mujer cualquiera a quien le sucede algo extraordinario”. Atrapado en la tela de araña que deviene esa devoción por el escritor que compartimos, el cineasta relata que Irish no pudo asistir al estreno de La novia vestía de negro en New York, una ciudad que acostumbraba a andar en alpargatas, por un accidente hogareño; fallecería apenas dos semanas más tarde, el 25 de septiembre de 1968.

Truffaut nos legó dos piezas estimables de la filmografía inspirada en obras de William Irish: la de la mujer consagrada a vengar la muerte de quien fue su marido en el escaso trayecto recorrido, con el vestido de novia, desde el altar hasta la puerta de la iglesia y la del hombre que en su búsqueda de la mujer ideal por medio de anuncios matrimoniales, se verá envuelto en las redes de una aventurera sin escrúpulos cómplice de un crimen, pero a quien terminará por amar en una relación autodestructiva. Irish confesó en sus memorias que solo estuvo enamorado tres veces, y siempre fue de alguien equivocado; jamás amó tanto a ninguna mujer como a su máquina de escribir, una Remington portátil cuyo número de serie tenía siempre presente: N.C. 69411.

(23-29/ 07/ 2015)

 

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