Mentiras para “salvar” a un niño

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Según el escritor francés Anatole France, sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento. De hecho, mentiríamos si negásemos que para algunos el acto de “asesinar” la verdad es un camino, un atajo, una vía de escape que permite ganar tiempo, no herir sentimientos, obtener beneficios propios…, incluso, educar. 

Con este último propósito pareciera utilizar la mentira la maestra de Alejandrito y el Cuco, cortometraje de ficción del joven realizador Alex Medina presentado en la pasada edición de la Muestra Joven ICAIC; aunque justo sería decir que su objetivo más que educar a Alejandrito, el niño protagonista del filme, era castigarlo e intimidarlo. Pero si de justicia se habla, mejor entonces no utilizar la palabra educar, pues ¿cuán pecaminoso o inmoral puede ser que un niño de nueve años mire a escondidas la foto de una mujer semidesnuda?

 

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El descubrimiento de una “sucia” fotografía que mostraba una modelo apenas vestida, supuso para Nieves, la maestra de Alejandrito, una ofensa moral que ni la más grande de las disculpas podía salvar. El vituperio, la mentira  y la intimidación fueron entonces los “métodos educativos” aplicados sobre el muchacho, quien veía por las noches los demonios prometidos por la profe durante el regaño.

Este cortometraje, sencillo pero fresco, aunque narra su historia en tono de comedia y utiliza la sátira y el humor negro, propone la reflexión sobre asuntos tan serios como la doble moral y los funestos métodos educativos de algunos profesores.

Una maestra que ve ultrajada la buena conducta por una fotografía de una mujer semidesnuda y luego mantiene relaciones sexuales con el director de la escuela en un aula bajo el riesgo de ser vistos por cualquier estudiante -como de hecho sucede-, encierra en sí misma una contradicción. Nieves va desde la represión hasta el sexo furtivo, y lo peor es que en su camino deja víctimas. Este personaje, que le valió a Ysmercy Salomón el Premio a la Mejor Actuación Femenina en la Muestra, se sale de la ficción y encarna un modelo de individuo del cual, desafortunadamente, estamos plagados en el sector educacional cubano.

De hecho, en el filme no solo padece de doble moral la profesora, sino también el director (Jorge Molina), quien además de ser protagonista del episodio sexual en el colegio, guarda la “indecente” foto dentro del bolsillo de su camisa una vez que termina de regañar a Alejandrito, en lugar de ¿tirarla a la basura?, quizá. Este personaje demuestra que las incoherencias en los procederes afectan tanto al soldado raso como al general, lo que trae, entonces, peores consecuencias para las tropas.

Desde el punto de vista formal, el cortometraje resalta por la experimentada fotografía de Raúl Pérez Ureta, que regala variedad de colores, se mueve entre planos abiertos y cerrados para relajar o intensificar la tensión, y juega con luces y sombras en los momentos de suspense.

Sin dudas, Alejandrito y el Cuco corrobora el deseo de los jóvenes realizadores de (de)mostrar mediante el arte su postura crítica ante la sociedad cubana. Pero esta vez lo hace a través de un discurso que abandona esa línea muy poco discontinua conformada por temas como la ruina, la decadencia, la vejez, la melancolía, la tragedia y la muerte, que han seguido muchos ejemplares de la obra audiovisual joven en los últimos tiempos. Esta otra manera de abordar los problemas que exhala nuestro contexto se agradece, pues, dada su originalidad y capacidad para entretener, cualidad esta última, a mi juicio, en peligro de extinción.

(23-29/ 07/ 2015)