Los monstruos de Christopher Lee

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Acaba de morir el actor británico Christopher Lee, asociado desde siempre a los monstruos que poblaron el cine producido por la compañía Hammer desde la segunda mitad de los años 50 del pasado siglo. Esto nos incita a realizar un flashback… Aunque los escritores han recurrido con relativa frecuencia al complejo y viejo tema del vampiro, tan extendido en Europa Central, su plasmación literaria definitiva y su popularización se vinculan a la precursora novela Drácula (1897), del irlandés Abraham Stoker (1847-1912). Estructura diarios personales iniciados con el de Jonathan Harper, quien por razones de negocios se convierte en huésped (y víctima) en el castillo del temible conde Drácula en el corazón de los Cárpatos.

 

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Drácula (1931), de Tod Browning.

El libro de Stoker inspiró al realizador alemán Friedrich Wilhelm Murnau su célebre filme Nosferatu (Nosferatu: Eine Symphonie Des Grauens, 1921), con aire fantástico y amenazador de gran importancia en el plano técnico. El danés Carl Theodor Dreyer para Vampiro: el sueño de Allan Grey (Vampyr-Des traum des Allan Grey, 1932), tomó los relatos Carmilla y La posada del Dragón Volante, de Sheridan Le Fanu, fuentes nutricias de Stoker. Estos aclamados clásicos en la historia del séptimo arte no contribuyeron a divulgar el mito del vampiro con tanta eficacia como un filme norteamericano (estéticamente inferior): Drácula (1931), de Tod Browning (1882-1962). El intérprete del personaje titular, el húngaro Bela Lugosi (1882-1956), con una larga carrera superior al centenar de filmes, se especializó en caracterizar personajes tenebrosos, pero el vampiro transilvano fue su preferido.

Los aspectos psicopatológicos del vampirismo no habían sido expuestos con franqueza en el cine hasta que la compañía británica Hammer Film Productions Ltd. -para luchar desesperadamente contra la creciente competencia de la entonces naciente televisión-, decidió comprar en 1958 a la Universal International los derechos para “resucitar” en Inglaterra a los viejos monstruos que cimentaron la producción de esta compañía. Esta vez sería con la introducción del color, muy eficaz para la creación de las atmósferas, acentuar los momentos de horror y el rojo dramatismo de la sangre, así como incorporar el ingrediente sexual. A fines de los años cincuenta y principios de la prodigiosa década de los sesenta, corrían tiempos de relajación de la censura y urgía embestir la arrolladora irrupción de la pequeña pantalla en los hogares, con el consiguiente alejamiento del público de las salas.

Nadie sospechaba el papel decisivo que desempeñaría la Hammer, aún nada mítica, en la evolución del género fantástico, con el director británico Terence Fisher (1904-1980) convertido en el nuevo revitalizador de estos “cuentos de hadas para adultos”. Encabezó un equipo integrado por los productores Anthony Hinds y Michael Carreras, el guionista Jimmy Sangster, el montador James Needs, el compositor James Bernard, el director artístico Bernard Robinson y los actores Peter Cushing (1913-1994) y Christopher Lee (1922-2015). A este núcleo fundacional de la firma “dispuesta a entregarse al terror de forma exclusiva” -según el ensayista David Pirie- corresponden los filmes La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), La revancha de Frankenstein (The Revenge of Frankenstein, 1958), La momia (The Mummy, 1959), y, sobre todo, Drácula (1958), en las cuales se operaba la “erotización” del tema vampírico.

Por obra de Fisher en primera instancia -luego continuada por otros directores- la encarnación del conde Drácula a cargo de Christopher Lee es un personaje muy distante al recreado por Lugosi. En los filmes que presentamos deviene seductor de gran categoría, toda una genuina encarnación del deseo, que difunde sus encantos satánicos en una suntuosa atmósfera gótica. Lee nació el 27 de mayo de 1922, y a sus 36 años solo había interpretado papeles menos relevantes, hasta que le fue ofrecida esta oportunidad excepcional que no desaprovechó, tras metamorfosearse en la criatura modelada por el Frankenstein de Mary Shelley. El Drácula asumido por Christopher Lee, “símbolo de potencia sexual, de impulsos repentinos y animalescos”, es quizás menos humanizado pero cada “interioridad psicológica está sustituida por la inexorabilidad y la ferocidad del instinto”, en opinión de Renato Venturelli, uno de los estudiosos del ritual vampírico en la pantalla.

El impacto suscitado por la creación de Christopher Lee incidió en que de inmediato fuera contratado para personificar al Barón Roderico da Frankurten en la sátira italiana Agárrame ese vampiro (Tempi duri per i vampiro, 1959), realizada por Steno. Tras dirigir al intérprete también en 1959 en El perro de Baskerville (The Hound of the Baskervilles) y La momia, Fisher prescindió de él al año siguiente en Las novias de Drácula (The Brides of Dracula) y, más tarde, redujo su presencia a cinco secuencias en las que no habla en Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of Darkness, 1965).

Irrepetible resulta la definición por el crítico Jordi Bernal de Christopher Lee metamorfoseado en el monstruo fabricado por Frankenstein, Drácula o la momia: “A Lee le hubiera gustado ser un intérprete shakesperiano. Un buen recitador de Shakespeare y no un encas(t)illado bebedor de sangre (por muy noble que fuera) con escasas líneas de guion. Típica ambición de británico ilustrado. Con los años llegó a domesticar los sueños artísticos con un pragmatismo profesional que no le impidió mantener un touch de distinción aun en las situaciones más desaforadas y cómicas”.

(30/07 -05/08/ 2015)