El acompañante: menos estilo, más libertad

Entrevista

Para Pavel Giroud, el aburrimiento no funciona. Tampoco le gustan los radicalismos. Por eso no entiende el hecho de que determinados directores de cine, con el fin de oponerse a los cánones comerciales de Hollywood, creen filmes incapaces de ser disfrutados por el público.

“Apuesto siempre por el entretenimiento. Hacer una película seria no significa hacer una aburrida”.

Su drama El acompañante, que compite en el 37 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, tiene humor y acción.

“Ojalá que al público le guste, es mi única expectativa. No recuerdo un festival más duro que este”, me dice mientras saborea un café caliente en la terraza del Hotel Nacional. “La calidad de los filmes es impresionante. Varios han obtenido galardones en importantes certámenes internacionales. Sería bueno ganar algún premio, siempre traen consigo ventajas, pero mi mayor anhelo es que la película sea bien recibida por los espectadores. Si trasciende los límites de las salas de cine e influye en las personas, estaré totalmente satisfecho”.

Varios años estuvo Giroud inmerso en el proyecto. Primero tenía en manos un boceto de guion, luego encontró productores, más tarde empezó a trabajar con otros… No fue hasta ganar el II Foro de San Sebastián 2013 que los planes se concretaron y comenzó a fluir la producción.

Con esta historia, el director de La edad de la peseta (2007) tiene esa ventaja –riesgosa, pero ventaja al fin- que implica ser de los primeros en hacer algo. “El tema del VIH/sida solo ha sido tratado en la cinematografía cubana por Gerardo Chijona, con su película Boleto al paraíso (2011). Siempre que uno se distancia de lo ya creado, pues tiene un punto a favor”.

El tema del VIH/sida interesó a Giroud a partir de números contradictorios para él. “En una ocasión leí una noticia de la Organización de Naciones Unidas sobre la posición favorable de Cuba, desde el punto de vista estadístico, respecto a la propagación del virus y sus buenos resultados en la lucha interna contra la enfermedad. La Isla estaba entre las naciones con mejor situación en el mundo”.

“Estas estadísticas supusieron un conflicto para mí, pues me preguntaba cómo un país donde las personas tienen una vida sexual tan activa y fama de promiscuas, consigue semejantes resultados”.

“Mi curiosidad me llevó, entonces, a investigar, y la investigación me llevó al sanatorio Los Cocos. Este lugar tuvo muchos detractores por la poca libertad de movimiento de los pacientes, pero también muchos defensores que reconocían en la libertad limitada una manera de controlar la expansión del virus”.

“En fin, que si bien al inicio tuve una intención condenatoria por errores que allí se cometieron en lo que respecta al trato humano, esa posición desapareció y preferí exponer un conflicto del que cada espectador pudiera sacar sus propias conclusiones”.

Aunque el realizador tuvo claro desde el principio el tema que quería para su filme, pero no la historia específica, su decisión fue seguir la pesquisa en el sanatorio. Ello le reveló la existencia de los acompañantes.

“Cuando me enteré de estas personas, supe cuál sería mi historia. Los acompañantes eran los encargados de vigilar a los pacientes en su único día de pase semanal. De ellos dependían las posibles prebendas que pudieran obtener los internos, y su certificación como pacientes confiables para poder salir solos e integrase a la sociedad”.

El acompañante de Giroud difiere de los reales porque así lo necesitó el director para darle cuerpo a la trama.

“Aquellos acompañantes eran estudiantes de medicina, trabajadores del sector de la salud y personas interesadas en el oficio porque era muy bien pagado. Estos solo se relacionaban con los pacientes los días de pase. El mío es un deportista castigado por doparse y vive en el sanatorio”.

Igual apellido, Romero, acerca aún más este personaje al actor que le da vida. Horacio, uno; Yotuel, el otro. Mucho tiempo estuvo el director buscando el protagonista de su drama, pues aquellos candidatos que lo convencían físicamente, no lo hacían de forma histriónica, y viceversa.

“Pero desde que hablé con Yotuel, supe que era él. Alguien que tiene su disposición, es capaz de lograr cualquier cosa. A ambos actores (Yotuel y Armando Miguel, el paciente) los llamé personalmente. No hice casting”.

En un mes el exintegrante de Orishas tuvo que aprender a boxear, porque Horacio es boxeador, el más grande de Cuba a finales de los 80. Además, hubo de actuar todo el tiempo con un tono de voz más bajo que el suyo, porque al director no le gustaba su tono natural para el personaje. Su manera de caminar también sufrió cambios.

“Yotuel y Horacio son muy diferentes. El primero es extrovertido, alegre, desenfadado; el segundo es reprimido, serio, acomplejado. Y todo eso lo logró con economía de recursos, cualidad que valoro mucho en los actores”.

Y precisamente estos, los actores, fueron los responsables de la mayor satisfacción de Giroud con el filme. “El nivel tanto de protagonistas como secundarios es muy alto. De hecho, uno de ellos, Jorge Molina, hasta le aportó a su personaje un nombre, palabras, gestos, convirtió un papel que en líneas era mediocre, en uno con mucha potencia”.

Sin dudas, El acompañante es muy diferente de la anterior obra cinematográfica de su realizador. Pero no sucedió por casualidad, fue totalmente ex profeso.   

“Mi voluntad era que esta película se distinguiera de las otras. Los anteriores largometrajes son más recios, evidencian mi empeño por hacer el encuadre perfecto, por no dejar ir un solo detalle. Algunos que lo han visto dicen que es menos estilizado. A mí me gusta decir que es más libre”.