Marco Bellocchio: los puños fuera del bolsillo

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Desde que irrumpió en el panorama cinematográfico con Los puños en el bolsillo (1965), Marco Bellocchio (Piacenza, 9 de noviembre de 1939), se impuso de inmediato como uno de los autores de vanguardia en el ámbito cinematográfico.

Medio siglo más tarde sigue siendo uno de los pocos creadores de su generación en activo (junto a Ettore Scola), que confirma película tras película la lucidez de una obra sólida en la cual la institución familiar es un tema recurrente. Ya en su polémica ópera prima un resquebrajado núcleo propició a este egresado del Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma una rotunda denuncia de la sociedad. Suscitó entonces en la crítica francesa comparaciones nada menos que con el Jean Vigo de Cero en conducta y el Buñuel de La Edad de Oro. Los italianos no quedaron a la zaga y esa incitación a la revuelta contra la autoridad familiar la consideraron “el debut más poderoso visto desde Obsesión, de Visconti”.

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La China está cerca (1967) una de las películas que integran el ciclo

“Siento que el cine es mi medio, pero hasta ahora creo haberme servido de él de modo un tanto disperso, por querer hacer todo”, expresó en una entrevista en 1979. Ratificó su perenne interés en indagar sobre todo en “la locura de los ‘sanos’, es decir, la del hombre ‘institucionalizado”. A su juicio, ese ha sido el verdadero hilo conductor de su cine, preocupado en un inicio ante todo por la narración, sin olvidar una forma en función del contenido. Por esa fecha calificó de realismo ‘novelesco’ sus puestas en cámara, lo cual lo condujo a señalar como sus padrinos artísticos a los novelistas antes que a los cineastas, o a los directores que construían su cine sobre una novela, sobre una historia, como Visconti o Renoir.

La China está cerca (1967), En el nombre del padre (1971), El monstruo en primera plana (1972), Marcha triunfal (1976) y Salto al vacío (1979), son algunos títulos consagratorios en el quehacer de Bellocchio. Intercala en su filmografía aproximaciones al teatro (La gaviota, Enrique IV) y la literatura, con su personalísima adaptación de Radiguet (El diablo en el cuerpo), Heinrich von Kleist (El príncipe de Homburg), Pirandello (La nodriza) o Anna Laura Braghetti y Paola Tavella (Buenos días, noche).

Se advierte su preferencia por guiones originales que le permiten mayor libertad, de ahí su colaboración con Vincenzo Cerami (Los ojos, la boca), Francesca Pirani (La visione del Sabba) o Massimo Fagioli (La condena, El sueño de la mariposa). Sorprende en el nuevo siglo al acometer con renovados bríos un conjunto de obras de mayor o menor impacto, pero antes las que es imposible permanecer indiferentes. Entre estas figuran: La sonrisa de mi madre (2002), Hermana (2006), Il regista di matrimoni (2006), Vencer (2009) y Sangre de mi sangre (2015).

Cuando en la edición número 68 del Festival de Venecia (2011) le entregaron el León de Oro a la carrera, declaró con esa firmeza y carencia de concesiones que le definen: “Este premio no es una reconciliación institucional, pues a mí no me gustan el poder, ni las instituciones, y es justo que ellos me paguen con la misma moneda”. Tres años más tarde un galardón especial David di Donatello coronó la trayectoria de alguien consciente en que una película no puede cambiar ninguna situación política, quien añadió: “Sin embargo, para mí es absolutamente necesario nacerla. Mi naturaleza me obliga a provocar y a criticar a la clase dominante”.

(17-23/12/2015)