Amargo… pero dulce

Cuatro mujeres. Una finca. Machismo. Sobrevivencia. Lujuria. Contención. Café amargo, ópera prima del director cubano Rigoberto Jiménez, nos ofrece una historia mitad real, mitad ficción. Una que recuerda a Lorca y nos adentra en la Sierra Maestra, lugar de árboles, montañas, ríos y niebla, donde las personas miran más al sol que a los relojes para medir el tiempo.

El cine Chaplin acogerá la premier de esta película el miércoles 17 a las 8:30 p.m. Según Jiménez, llegar a este punto no ha sido fácil porque “es muy complejo asumir una producción desde el punto de vista independiente. Realmente el filme se pudo hacer por el equipo, todos se enamoraron del proyecto”.

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Café amargo, de Rigoberto Jiménez

Cuba, finales de la década de 1950. Lola, Gelacia, Pepa y Cira Garlobo viven en un lugar intrincado de la Sierra Maestra. Las cuatro hermanas están a cargo de la finca que les dejó el padre, quien las educó bajo estricta moral. El café de sus plantaciones es la principal fuente de ingreso. Al tiempo que se protegen la una a la otra, las Garlobo resguardan el patrimonio heredado, al que ponen por delante de los hombres y sus propias aspiraciones personales.

Las vidas de las muchachas experimentan cambios cuando hasta la finca llega un joven médico rebelde para esconderse de las fuerzas batistianas. Sus rutinas, marcadas por horarios naturales y arraigadas costumbres, sufrirán la entropía provocada por sentimientos no previstos.

Lola, Gelacia, Pepa y Cira no salieron totalmente de la imaginación del director. Estas cuatro mujeres existieron y vivieron de esa manera. En conferencia de prensa este jueves, Jiménez conversó sobre el privilegio de haber podido llegar hasta ellas.

“Conocí a estas mujeres desde que hice en 1998 el documental Las cuatro hermanas. De hecho, este filme fue el detonante de que escogiera el tema para mi ópera prima. Las hermanas tomaron la decisión de vivir solas y fueron muy consecuentes con tal elección. Dos de ellas viven aún, la mayor, Lola; y la tercera, Pepa.

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Cartel de Café amargo, de Rigoberto Jiménez

Durante su juventud, vivieron una época de bonanza en su finca. Pero cuando triunfó la Revolución y las condiciones sociales cambiaron, ellas no quisieron cambiar. Se quedaron estancadas y la sociedad tampoco fue a buscarlas. Atravesaron, entonces, junto a la finca, un proceso de deterioro físico, y mientras pudieron se cuidaron la una a la otra. Se tuvieron que enfrentar, además, a la incomprensión. Las personas no entendían por qué cuatro mujeres habían decidido no casarse y no formar familias”.  

En la película estas dos etapas son reflejadas. O sea, la historia transcurre a finales de los 50 y de los 90. Como la lógica indica, cuarenta años por el medio demandó de Jiménez la búsqueda de ocho actrices.

Las cuatro jóvenes, Yudexi de la Torre, Yunia Jerez, Janet Batista y Venecia Lanz, salieron de un casting/taller que hizo el realizador en Televisión Serrana.

“Una vez seleccionadas estas muchachas, nos dimos a la tarea de buscar las actrices de la segunda etapa. Para estos personajes no hice casting, sino que acudí directamente a quienes me interesaban: Adela Legrá, Coralia Veloz, Oneida Hernández y Mirelys Echenique”.

De todas, Venecia, Coralita y Oneida acompañaron a Jiménez durante la conferencia. Las tres aseguraron estar muy agradecidas por la oportunidad de hacer el filme, debut cinematográfico de la primera. No obstante, para las dos experimentadas, Café amargo también implicó algunas “primeras veces”. Nunca antes Coralita había usado lentes de contacto –necesarios en este caso para oscurecer sus ojos-, y nunca antes Oneida había cruzado un río teniendo como puente el tronco de un árbol.  

En cuanto a Rubén, el hombre que llega a “trastornar” las vidas de las Garlobo, el director explicó que nunca quiso que este fuera el típico personaje de alzado en la Sierra.

“Quise salirme del estereotipo del joven rebelde. Rubén solo tiene la ilusión de ser joven, de vivir lo que tenía que vivir. Al principio pensamos que el personaje fuera realizador de cine, pero hubiese sido demasiado evidente la relación conmigo. Así que decidimos que fuera médico”.

El resultado actoral es la mayor satisfacción del director. “No encuentro diferencia entre las actrices jóvenes y las experimentadas”. De hecho, las cuatro primeras fueron nominadas a los Caricato 2015. Yudexi de la Torre –quien interpreta a Lola-, fue la que se llevó el premio a casa.

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Yudexi de la Torre en Café amargo, de Rigoberto Jiménez

“Les dije a las actrices y los actores que mi deseo era que pareciera que no estuvieran actuando. Quería que fueran natuarles. El trabajo fue intenso, hasta estuvieron varios días viviendo en la Sierra, aprendiendo de los campesinos, observando su modo de vida”.

Y precisamente la Sierra es otro de los personajes de Café amargo. Uno inevitable en la obra de Jiménez, no solo por ser el lugar físico donde se desarrolla la historia, sino también porque él nació allí y, por tanto, es inveitable separarse de ella.

“Nací bien adentro de la Sierra. Yo miraba a mi alrededor y veía árboles, montañas y ríos. Por tanto, los temas asociados a este sitio me interesan mucho. En la película hay mucho del ambiente donde me crié. A pesar de que las personas que viven hoy día en esta zona ya tienen muchos de los vicios de la ciudad, todavía, en la mayoría de los casos, conservan su autenticidad. Quizá desde la perspectiva citadina, el filme sea ingenuo. Yo pienso que para nada lo es”.

A pesar de los avatares de la producción, el director asegura que el “amargo” del título es por la historia que cuenta. La historia de cuatro mujeres que tuvieron que enfrentarse al poder económico y al poder masculino y que, de acuerdo al propio Jiménez, estuvieron dominadas por la protección que ellas mismas crearon contra esos poderes.

El día 18 comenzará el estreno nacional del filme, el cual desde un relato contextualizado, en su mayoría, en los años 50 del pasado siglo, puede provocar la reflexión sobre temas tan vigentes como el machismo en Cuba y la lucha de las mujeres por su supervivencia.

(11-17/ 02/ 2016)