Rushes de Titón

Comentario

Anoche he vuelto a ver Memorias del subdesarrollo. De nuevo con la admiración de siempre, pero ahora particularmente emocionado porque era la primera vez que lo haría después de muerto Titón. No sé en cuántas ocasiones habré visto la ácida e hímnica película: desde que aún no lo era del todo, porque estaba en rushes. En una de esas ocasiones me correspondió presentarla f en Granoble. Y la presenté no como el como el crítico de cine que no soy, sino como quien ha compartido con Titón muchas de sus realidades históricas, sus perspectivas, esperanzas, incongruencias, desazones y certidumbres. Así escribo estas líneas que La Gaceta de Cuba me ha solicitado.

Como en otro aciago abril, cuando en 1960 recibí en París la noticia de la muerte de Ricardo Vigón, también en esa ciudad supe de la muerte de Titón. Un periodista francés me llamó para pedirme unas palabras sobre él, que acababa de fallecer. Fue una manera brutal de enterarme. Pero es posible que cualquier manera hubiese sido por el estilo. Balbuceé algunas cosas banales lleno de inevitable dolor, aunque de hecho me había despedido de Titón en dos visitas que le hice en diciembre pasado: una en su cumpleaños; otra con Jorge Ruffinelli, quien me envió luego para Casa de las Américas un excelente trabajo sobre su faena que ambos queríamos que apareciera en vida de Titón, lo cual no llegó a ocurrir. Me gustaría poder escribir ahora algo de lo que hubiera debido decirle al periodista francés. Pero sé que tampoco lo lograré. Y como no quiero estar ausente en este homenaje al que se me ha convocado, me resigno a algunas evocaciones de aquellos lejanos tiempos cuando Titón no era aún el fabuloso cineasta que iba a ser, sino un fascinante muchacho; de lo que pudieran llamarse los rushes de él mismo.

Aunque no he retenido la ocasión precisa, supongo que nos conocimos a finales de 1948, porque de esa fecha, cuando empecé a estudiar filosofía y letras en la Universidad de La Habana, data la segunda oleada de mis amigos: la primera, naturalmente, viene de mi infancia. En todo caso, en 1949 ya manteníamos una relación estrecha: con frecuencia, yo lo visitaba en el apartamento de sus padres, en el Edificio Chibás; y él me visitaba en la casa de mis padres, en La Víbora. Con otros adolescentes, intercambiábamos libros, asistíamos a conciertos, veíamos obras de teatro, películas y exposiciones, comentábamos y planeábamos mil cosas; lo habitual en la paideia de las promesas de artistas. Pero Titón descollaba no por lo que prometía, sino por las varías cosas que ya hacía, con finura y calidad singulares. Sé que de niño aprendió, con el mismo maestro de Adelaida, a bailar tap. Sé que dibujaba. Lo recuerdo tocando admirablemente al piano la Berceuse campesina de García Caturla y varias piezas de Debussy, como La plus que lente. Más que recordar, conservo poemas suyos: los que agrupó en su cuaderno Reflejos, el cual, con la firma “Tomás G. Alea” y viñetas de Servando Cabrera Moreno, imprimió en 1949 valiéndose de una imprentica de mano que el padre tenía en su casa, y que me resultaría una bendición. Sin embargo, lo más notable no era lo que hacía, sino lo que era: un gallardo y gentil príncipe de cuentos de hadas, para decirlo con las palabras más justas de que soy capaz, y la ayuda de la cursilería —inexistente del todo en él. Nunca he conocido a nadie con mayor elegancia natural. Esto lo ayudó en una ocasión en las la que voy a detenerme.

Se conoce de sobra que en esa época, para nosotros era lógica la fusión de las vocaciones artísticas con actitudes políticas de izquierda, aunque unas y otras fueran aún confusas. Ello explica nuestro rechazo, a finales de aquel año 1949, a una embajada, enviada por el gobierno de Franco, de presuntos poetas. (Después supimos con tristeza que algunos de esos poetas lo eran de veras.) Entre los participantes en tal rechazo estábamos, junto a muchos otros jóvenes, Titón y yo. Él parecía un árbitro de la moda. Solo a este hecho atribuyo que se haya librado de ser encarcelado. Porque al salir del local de marras, donde se había armado gran algarabía, vi a Titón semiaplastado por una montaña de personas, lo que me hizo pensar en una escena de los Keystone Cops. Como se nos había sugerido ni saludamos unos a otros, seguí adelante, apiadándome en mi interior por lo que consideraba el triste destino seguro de mi querido compañero. Pero no: el impecable Titón no fue detenido, sino cuatro mal vestidos entre los que me encontraría yo. El recuerdo de aquella trifulca me hizo particularmente grato saber el año pasado que la España que ambos amamos tanto había honrado (y se había honrado), concediéndole su ciudadanía, a Titón, siempre cubano de raíz.

1950 me trajo una felicidad particular en cuanto a mi relación con él. Pues, con generosidad que le fue connatural, decidió incluir un título mío en aquellas exiguas ediciones que imprimía en su casa. Después de sus Reflejos, Titón publicó Antífonas, de Ángel Fernández de Bulnes. Y por último, a finales de ese año me imprimió Elegía como un himno. Aquel cuadernito fue mi título inicial; por él he guardado gratitud imborrable a Titón, y el orgullo de haberlo tenido como primer editor.

En 1951 él y yo, que habíamos estado entre los fundadores de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, fuimos a visitar a Cintio y Fina para pedirles poemas manuscritos con vistas a una exposición que proyectábamos. La exposición no se realizó al cabo, y terminé donando los manuscritos a la Biblioteca Nacional. Pero la visita me resultó una de las más fértiles que he hecho. A partir de ella, conocí la tercera oleada de mis amigos (para seguir con la imagen marítima), empecé a colaborar en Orígenes y pasé a ser lo que podría llamarse, si vale el giro, un poeta de tiempo completo. Titón, por su parte, viajó algo después a estudiar cine en Italia, y en el cine volcó y acrecentó sus múltiples talentos, su talento inmenso. No quiero dejar de recordar que, atendiendo a sugerencia suya, de Italia, donde junto a Titón estudiaba cine, Julio García Espinosa, otro artista de numerosos dones, me envió su libro de poemas Aquí en mi país. Y así, gracias a Titón, su gran amigo, comencé a descubrir de verdad a alguien tan querible como Julio.

Conmovido, pero sin sorpresa, leí, en la que acaso fue la última entrevista que el gran creador rebelde que fue Titón concedió, estas palabras suyas: “Sigo creyendo en lo que he creído toda mi vida”. Bien sabemos que fue así quienes lo conocimos desde los rushes de su maravillosa existencia.

La Habana, 18 de mayo de 1996