Fotógrafo del centenario
Lourdes Stusser
Ni el más perceptivo espectador ni el lector más arriesgado hurgando en la vida de la pintora mexicana Frida Kahlo hubiera imaginado que tras su derroche de color, con tal racionalidad desbordante, estaría clavada en su pasado la figura de su padre.
Guillermo Kahlo asoma a Cuba —gracias a la gestión de Iván Trujillo, agregado cultural de México en el país—, con 20 de las mil 100 fotografías con las que complació al Ministro de Fomento de Porfirio Díaz, en la confección del Registro de Templos de Propiedad Federal, cuando estaba próximo a cumplirse el centenario de la independencia de México.
Gracias a una técnica impensable hoy día —plata/gelatina entonada al platino y con soporte secundario de lino— el fotógrafo alemán recorrió las principales ciudades mexicanas, aprovechando las posibilidades formales de la luz y evidenciando el testimonio del poder de la iglesia católica sobre el suelo de los aztecas.
Son probablemente las edificaciones más lujosas del país, donde tal vez el mayor pecado radicaba en la vanidad de quien las mandó a construir: retablos, naves, cúpulas y arcos, cuya aparente sencillez o hiperexpresiva decoración hundía dolorosamente las manos en el alma de México. Un barroco «latinoamericanizado» reforzaba en las fachadas e interiores el peso aplastante y devastador de una cultura sobre otra, de una religiosidad sobre otra, pero dando lugar a obras de una belleza que pocos se cuestionarían ahora. El fotógrafo se encargó de ofrecer la visión más equilibrada posible, ubicándose como artista equidistante de todos los ejes visuales. La simetría y racionalidad en sus trabajos fueron el termómetro de un concepto artístico que pronto se estrellaría contra el descalabro fantástico y desmesurado de las vanguardias europeas de las primeras décadas del siglo XX.
Guillermo Kahlo brinda, no obstante, un prolijo almacén de imágenes que hoy tienen un valor incalculable: el testimonio de varias centurias de arquitectura religiosa, que gracias a su mesura, a su gusto exquisito y a su paciencia trabajando con materiales y sustancias hoy casi históricas, se conservan para suerte de quienes ven, en la vida de las edificaciones, la huella creativa y espiritual del ser humano que reta a su tiempo. |