Es preciso releer Cecilia
Joel del Río
El imperativo de salvaguardar los baluartes de la historia del arte cubano dicta la revisión sistemática de Cecilia, consensualmente catalogada por los panelistas del espacio teórico, de ayer en la tarde, como una obra que en sus tres versiones (larga y corta para cine, y serie de televisión) conquistó el estatus excepcional que confieren la grandiosidad, el perfeccionismo, la provocación intelectual, el desborde sensual de la creatividad, el rigor artístico y el simbolismo provocativo. Desde muy diversas aristas, e invitados por Sergio Benvenuto, reunieron sus opiniones, experiencias, saberes y anécdotas Eslinda Núñez (intérprete de un importante papel), Pedro García Espinosa (escenógrafo), los críticos Rufo Caballero y Joel del Río, y el director Manuel Herrera, para trazar un panorama bastante completo de lo que significa el filme y de las complejas circunstancias que gravitaron sobre su producción y estreno.
Tampoco se trata de fabricarle un altar santificante, o de exhumar mitológicamente, desde la cómoda distancia epocal, una superproducción que casi treinta años después de realizada todavía conserva propuestas controversiales para cualquier espectador que intenta releer el periplo del cine cubano más arriesgado, o se proponga acceder a la plasmación audiovisual de la identidad cultural, el sincretismo, la historia de los mitos cubanos paradigmáticos y sus traumáticos orígenes.
Porque Cecilia, como aseguró Rufo, describe una adaptación creativa, jamás mimética, de la novela de Cirilo Villaverde, para entregarnos una parábola étnica y religiosa que supone la ilustración de cómo se forjó lo cubano mediante complicados procesos de hibridación cultural.
Así, la transculturación se describe en la metamorfosis de Cecilia en Oshún y en la Virgen de la Caridad, en la mestiza por antonomasia.
Mucho se habló, y muchísimo queda por decir todavía —pues las casi tres horas del coloquio resultaron insuficientes— para tasar nuevamente la película en cuanto al magno esfuerzo de producción que significó (un esfuerzo tan extraordinario y fructífero que tensó hasta el cenit las reservas artísticas de la nación), en el contexto aberrado de las manipulaciones mediáticas a que se enfrentó la obra, sin obviar los referentes nacionales y extranjeros que condicionaron sus derivadas estéticas.
Códigos de intencionado despliegue en cuanto a la escenografía y la dirección de actores, en sus variantes maximizadas o minimalistas, impregnaron ciertas maneras de entender el cine de reconstrucción histórica en Cuba a partir de Cecilia. En la filmografía de Solás sobrevienen obras posteriores como las sobrias y eficaces Amada y Un hombre de éxito, y del otro, llega la fastuosidad histórico-literaria de El siglo de las luces. Pero más allá de la obra solasiana, Cecilia condicionó, aunque fuera por reacción adversa, casi todo el cine cubano posterior a 1982. Su impacto fue (es y será) tan poderoso que todavía hoy continuamos discutiéndola, como si acabada de estrenar estuviera. |