Corpus Christi

Apóstol e hijo de hombre

Lun, 10/18/2021

El catolicismo y las demás denominaciones que tienen a Jesucristo como esencia y eje son religiones de acción, consecuencia y perdón, donde la prédica del ejemplo es la más efectiva. Aunque propusiera ofrecer la otra mejilla al agresor, Cristo era, sin dudas, un sujeto proactivo, propulsor de cambios radicales en la naturaleza humana, en sus prácticas sociopolíticas y culturales, que apeló a la acepción más noble que pueda tener la noción de humanidad.

Por eso una película como Corpus Christi (Boże Ciało, 2019), tercer largometraje del director polaco Jan Komasa (La habitación del suicidio, Varsovia 44) es una de las cintas más primordialmente religiosas que se haya realizado desde La palabra (Ordet, Carl Theodor Dreyer, 1955), y a la vez una de las más desafiantes de la institucionalidad eclesial y las negociaciones de sus delegados con las ambivalencias morales y clasistas de las feligresías que las sustentan.

Corpus Christi va de la vocación parroquial de servicio, entrega y sacrificio por el prójimo como un llamado inexorable proveniente de algo mucho más sublime, ignoto y grande que el terrenal Vaticano, y que trasciende cualquier condicionamiento prejuicioso que impida ejercerla. Corpus Christi va también del perdón y la reivindicación a muchos niveles, como otros dos fundamentos de la fe cristiana, sin los cuales todos los rituales y ceremonias litúrgicos devendrían símbolos vacuos, meras farsas tautológicas y sobre todo hipócritas.

La película es una versión honesta y polémica de esas vidas ejemplares o vidas de santos, donde se biografía a los seres extraordinarios, quienes luego de una existencia pía reciben el exclusivo mérito de sentarse junto a Dios en los cielos. Pero el relato de Komasa logra mantenerse bien a salvo de todo proselitismo kitsch creado por cualquier propagandista institucional, pues está concebido desde la fe y no desde la política.

Desde un contexto contemporáneo, la historia del protagonista, Daniel (Bartosz Bielenia), remite a las existencias de los primeros apóstoles, como san Pablo, quien antes, como Saulo de Tarso, cometiera actos ignominiosos hasta que “conociera” a Jesús, renaciendo como ser piadoso y campeón de la nueva religión. Ya previos personajes clásicos de la literatura como el Jean Valjean de Los miserables, de Víctor Hugo, recorrieron semejante camino de iluminación, reforzando la idea de la posibilidad de la reivindicación absoluta sin importar cuán abyecto sea el pasado de quien la experimenta. Para todos existe esa posibilidad, para todos es factible, todos la merecen.

Daniel es un Valjean de veinte años que cumple condena en un centro de reclusión juvenil, por faltas que no necesitan ser aclaradas. La cercanía de los curas que atienden el establecimiento lo hace interesarse por la carrera sacerdotal. Una vez que sale del lugar es enviado a trabajar a un aserradero, destino que, más allá de Saulo y Valjean, lo acerca al oficio de carpintero del mismo Cristo, lo que comienza a justificar el título de la película. Aunque no falta un policía émulo del empecinado comisario Javert, que igualmente lo mira con prejuicioso ojo por su origen carcelario; el mismo que le impide ingresar a un seminario, donde se le deja bien aclarado que no lo aceptarían por haber sido un delincuente en el pasado.

Un deux ex machina tan afortunado como el decisivo robo de la platería del obispo Myriel, acometido por Valjean, pone a Daniel al frente de la parroquia del pueblo, evitándole su ingreso a las filas de los obreros madereros. El joven miente respecto a su condición de cura formado y autorizado, pero tiene la oportunidad de ser más sincero que nunca en cuanto al ejercicio de su verdadera vocación, que no se adquiere en seminarios, abadías, iglesias o conventos, sino que es algo ingénito. Quizás es la más palpable prueba que de la predestinación podamos tener. El joven viola las leyes de los hombres para obedecer las que Dios buriló en su ADN. Desde ese momento deja de pertenecer al mundo humano, a pesar de que no deja de sentir como uno y sigue rompiendo con las reglas célibes, sobrias, ajenas a todo vicio y pecado de la carne. Es también un hijo del hombre y no deja de actuar como tal. Incluso tiene su María Magdalena.

Entonces, como tantos profetas verdaderos, Daniel sufre un destino de falso profeta. Como todo mesías, es condenado al calvario por los que niegan la llegada del mesías, que siempre funcionará mejor como promesa que como presencia cierta. La fe de Daniel, que de tan honesta, verdadera y pura deja de pertenecer a este plano de la existencia, colisiona contra la fe aterrizada, reducida, instrumentalizada, pervertida a justificación, convertida en placebo contra el tedio y el vacío existencial, en meros formulismos. Y el sueño de la fe engendra inquisiciones e inquisidores.

La condición incontrovertible de los hombres santos es la soledad. Es la primera consecuencia de su actitud, de sus principios y su fe, y no por el mezquino beneficio personal. La luz va desnudando de aliados a sus portadores. Daniel queda solo, incomprendido hasta por los que lo han querido y apostado por él desde el principio, pero su influencia se esparce por todos los intersticios espirituales del pueblo y comienza a operar de maneras misteriosas y efectivas. Corpus Christi es muy crítica con la iglesia de las mentiras, pero es fiel defensora de la iglesia de Dios.

(Tomado de Cartelera Cine y Video, nro. 191)