Largo viaje hacia la noche

Bi Gan: mientras baja, sube

Mar, 23/02/2021 - 08:20

En el nuevo filme del realizador chino Bi Gan, Largo viaje hacia la noche (2018), toda una simbología asociada a la narrativa del viaje propone una experiencia sensorial que trasciende la existencialidad misma del protagonista, para sumergirse en su mundo onírico. De esta manera, el motivo de la búsqueda, como epicentro del argumento, simula un pasaje laberíntico donde las fronteras entre la ensoñación y el recuerdo se tornan difusas.

En ese propósito, la película emprende una inmersión en las complejidades y sutilezas de la psicología humana que es también un viaje por la desolación del sujeto, sus penurias existenciales y fracasos emotivos; la búsqueda de la mujer amada no es otra cosa que la necesidad interior de recuperar la poesía de la vida mientras exorciza los recuerdos trágicos de la pérdida familiar, la muerte del amigo, las desavenencias que condujeron al asesinato del adversario mafioso, etcétera; sucesos evocados que aparecen como parte del entramado de un pasado convulso.

El punto de vista intenta la mesura, a ratos subyugante, pero maculada por no pocos excesos de onirismo, a veces con tendencia a ligeros extravíos poéticos. Asoman como rémoras en el discurso verbal que no lastran, sin embargo, la lucidez creativa con que Bi Gan enhebra su interés de incursionar en el interior de la psicología humana como una experiencia alucinante de la vida. Es aquí donde el discurso visual consigue sus mayores registros estéticos. Desde la planificación milimétrica de cada encuadre se conjura la solidez de un ejercicio estilístico que hace posible la trascendencia del acto evocador más allá de lo fictivo.

Cuando Lou Hong-wu, el protagonista, entra al cine para ver una película y se coloca los espejuelos 3D, Bi Gan quiere que el espectador haga lo mismo, pues todo lo que sigue, minuciosamente planificado en un largo plano secuencia sin cortes, forma parte de ese ensayo inmersivo del personaje donde cada parada imprime más surrealismo a la narrativa del viaje. La experiencia de la búsqueda y el rencuentro con la mujer amada indica la reconciliación del personaje con su pasado, el restablecimiento del equilibrio en la naturaleza psicológica y moral del héroe.

Sin embargo, en tanto sucede desde la perspectiva de la ensoñación —en algún momento dice: “Pero los recuerdos combinan verdades y mentiras que aparecen y se desvanecen ante los ojos”— me temo que lo que nos ha mostrado el realizador es un sujeto atormentado en sus extravíos existenciales, un tipo que intenta el descenso al inferum del alma con la esperanza de recuperar la felicidad perdida. “Vivir en el pasado sí que da miedo”, comenta el personaje de la peluquera, uno de los más deliciosos de este filme, y en ese solo bocadillo queda resumido todo.

Lo peor de la cinta es el endeble entramado poético con el cual se sustentan determinados diálogos. En su argumento es posible advertir las confluencias intertextuales de los relatos maravillosos, pero desentona cierta ligereza narrativa, camuflada con el barniz de la poesía. La salva, no obstante, el portento estilístico desde el que se empina con acierto. Aun cuando la crítica más ortodoxa insista en las recurrencias autorales al cine de Wong-KarWai en lo que respecta a lo específico cinematográfico —los cromatismos ocres del cuadro, las simbologías que adensan el sentido del discurso visual, etcétera—, no hay dudas de que en su corta carrera como realizador, Bi Gan sigue sorprendiendo en materia de calidad estética.

(Tomado de Cartelera Cine y Video, no. 182)

(Foto tomada de ABC)