Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Octavio Cortázar, Enrique Molina y Jorge Perugorría

Documentar la transición

Mar, 01/21/2020

“Y estableciendo una comparación entre la novela y el cuento, yo creo que el documental se aproxima al cuento por su reducción, su contenido…”

Octavio Cortázar

Ante la obra de un cineasta como Octavio Cortázar (1935-2008), centrada sobre todo en el documental, el espectador pudiera preguntarse: ¿Es necesario remarcar un estilo cuando la curiosidad autoral se abre a tantos temas y puntos de vistas? ¿En qué consiste el sello de este documentalista? Por encima de la representación de un retazo real, ¿cuál es su visión particular? ¿Cuánto influye en la narración y en la puesta en pantalla de un registro mudable?

La organización y estructura de textos y entrevistas determina en líneas generales un tipo de documental propio de la época de realización, pues Cortázar asevera cuánto cuesta adquirir otra mentalidad según lo pide el proceso revolucionario. De ahí que desde Por primera vez (1968) hasta Con la memoria en el futuro (2006) asistamos al testimonio de la cubanía en evolución y al mismo tiempo a variaciones de la misma.

Pareciera seguir Cortázar la máxima de Michael Rabiger cuando recuerda: “En el documental hay un exceso de verosimilitud y una escasez de significados subyacentes que son interesantes. Mostrar algo no es suficiente, también debemos lograr que se muestre su importancia”.

Es verdad que al revisar su obra advertimos materiales que parecen deberse a su época y hasta quedarse en ella como el clásico Por primera vez e incluso su largometraje El brigadista (1977). Pero el folclore delata reincidencias de sensibilidades y actitudes que motivan al espectador a volver sobre las imágenes captadas de un pasado que está más enraizado de cuanto se sospecha. De lo contrario, ¿por qué sentimos que en documentales como Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú (1969), En un fin de curso (1971), Con las mujeres cubanas (1974), En un examen de ingreso (1975), Cuando pican los peces (1988) se nos enuncia inquietudes que aún son las de hoy?

Hay otras preocupaciones éticas y estéticas de Cortázar por asuntos muy delimitados en apariencia como cuando se interesa, por ejemplo, por la historia de Europa en España 36 y Berlín 1973 o más cercanos como Sobre un primer combate (1972), Cantos de Nuestra América (1978), Al sur del Maniadero (1970), Varadero 70, e incluso en los más biográficos, caso de En guayabero mamá... (me quieren dar) (1987) y Soy como soy (2003).

En principio, lo suyo es implicar al espectador con esos redescubrimientos de lo existente que merecen ser compartidos, ya que lo singular de un acontecimiento o una persona puede engrandecer quiénes somos y cuanto aspiramos ser. ¿Qué conocemos de nosotros mismos en tanto cubanos?, nos parece preguntar Octavio Cortázar en cada uno de sus audiovisuales. ¿Puede rastrearse el cambio de un país sin reparar en sus habitantes? Por eso él y su equipo no pueden quedarse en La Habana y marchan Al sur del Maniadero (1970) para compartir la riqueza vivencial, la sabiduría del hombre de campo, ese que ya le había enseñado en Por primera vez que el cine es espectáculo de feria y un deshacedor de fronteras genéricas y clasistas.

No por gusto, el clásico y multipremiado Por primera vez es el documental preferido del director de la Cinemateca de Cuba, Luciano Castillo, y de un crítico mucho más joven como Rubens Riol, quien tuvo a bien convenir que, en efecto:

Ese cortometraje fundacional de Octavio Cortázar, que observa las reacciones de una comunidad rural ante la llegada del Cine Móvil del ICAIC y las peripecias de un simpático Charles Chaplin, pues —aunque sea un material precoz en nuestra cinematografía y bastante ingenuo en sí mismo— captó con precisión el impulso revolucionario de erradicar la ignorancia, el atraso tecnológico y la virginidad del otro cultural (ese grupo de campesinos y niños, confinados a la oscuridad y a la periferia por el fatalismo geográfico). Allí, no solo vemos guiños al cine dentro del cine —recordemos los fragmentos de Tiempos modernos (1936) —, sino la resonancia simbólica de ese título, que habla de una sociedad nueva que hace alardes del triunfo y promueve el cambio. Me interesa esta obra porque es también un homenaje a la invención de los Hermanos Lumière, guarda parentesco con esa pieza ulterior que es Cinema Paradiso (1990) y constituye un antecedente de los preceptos éticos y estéticos de TV Serrana.

En relación con Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú, su segundo documental, se establecen contraposiciones atendibles sobre la relaciones entre religión y actitudes político-sociales como culturales. No obstante, el director quiere asentar su opinión, pues acompaña con textos algunas de las imágenes que nos presenta en pantalla y se lee lo siguiente: “Esto es resultado de tres siglos de esclavitud negra, cuatro siglos de incultura colonial blanca, 58 años de subdesarrollo económico, más de un millón de analfabetos en 1958”.

Luego apreciamos a una mujer arrodillada y en un montaje paralelo niños que practican educación física. El contraste emotivo entre el dolor de los pagadores y la sonrisa de los niños pudiera justificarse por la disposición epocal en franco compromiso con un proceso que sospechó de la religión y la negó. ¿Cuál es la intención de presentar a estos niños? ¿Acaso es una representación de la prole secularizada que necesita el país? Es muy radical la toma de postura en el documental.

En una entrevista al crítico peruano Isaac León Frías le comenta Cortázar a propósito del material en cuestión: “Hay todavía una serie de reminiscencias que perduran, superviven de la anterior estructura. Y estoy reflejando, a través del documental, el tránsito, la evolución que está teniendo efecto en mi pueblo, cómo este se va quitando esa cadena secular y va creando un tipo de hombre más integral y positivo”.

Sin embargo, a cincuenta años de haberse filmado Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro… toda clase de cubanos sigue yendo al Rincón para pagar promesas y venerar a San Lázaro-Babalú. ¡Qué distinta la perspectiva en La última rumba de Papá Montero (1992)!

No quiere desatenderse el director de testimoniar el período de transición que se vive en Cuba, el vínculo de la ciudad con el campo y viceversa, tampoco de la religión, el matrimonio, la ascensión de la mujeres en la vida laboral y los procesos culturales que identifican y nutren la nación como la música, la pintura, la fotografía, la danza y los bailes populares. Todo está inserto en la temática general que es la Revolución y, por lo general, bajo la corriente del realismo socialista.

Por reparar mucho en Por primera vez uno pudiera menospreciar Don Café (1996) y un clásico de nuestra documentalística como Hablando del punto cubano (1972); asimismo pudiéramos soslayar Una mirada amistosa (1987), reconocimiento sobre las fotografías del estadounidense Sumner W. Matesson en diferentes provincias cubanas. Se me figura uno de los más interesantes de Cortázar por la figura biografiada. Tal parece que el fotógrafo norteamericano representa para Cuba lo que el Greco para la pintura española o Ang Lee para la cinematografía norteamericana.

No es una ironía. El testimonio visual de Matesson es impresionante por abarcador. Casi que la voz en off de José Antonio Rodríguez nos sobra al final cuando se recontextualizan las imágenes con pioneros cubanos. Los sujetos captados son otros para la década del ochenta del pasado siglo. Las edificaciones dejan ver el paso del tiempo y las desatenciones del hombre porque, ciertamente, parecerá que solo importa vivir en un nuevo país.

Promociones de vocación o presentaciones de aptitudes para oficios, cuando no exámenes de figuras históricas son constantes en los audiovisuales de Cortázar. Sobresalen la técnica del reportaje y el género de la crónica en documentales expositivos e interactivos que se abren al contexto donde sus protagonistas interactúan. A la función de orientar un saber no se limita cuando de amenizar con humor el contenido se trata.

Sucede que en su logro de ser todo el tiempo didáctico, no consigue siempre el encanto que emana de algunos de sus trabajos. Lo que sí reina en la obra de Octavio Cortázar es esa voluntad aventurera, cuando no épica, que supuso (y supone) no ya construir un país para vivirlo, sino más bien respaldar, a través de testimonios, un proyecto nacional y el hecho mismo de hacer cine durante muchos años.