Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Sean Connery

El caballero Sean Connery

Lun, 11/02/2020

En el año 2011 ya Sean Connery se había retirado de la escena pública. Ni siquiera volvió a doblar un personaje para un videojuego o una película animada. Dicen que, muy decepcionado, se retiró para descansar de la industria cinematográfica. Unos años antes había presentado su biografía Being Scott (2008), coescrita con Murray Grigor.

Recuerdo que a Connery se le criticó mucho por no querer aparecer en la cuarta parte de Indiana Jones (Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, 2008), de su amigo Steven Spielberg. Los seguidores se lo reprocharon, no entendían su negativa, más porque había trabajado en la malograda La liga extraordinaria (Stephen Norrington, 2003), película que el escocés terminaría a regañadientes y aceleraría su jubilación. 

Salvo Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000), sus últimos trabajos fueron menores. Sin embargo, revelaban al actor de calibre que se había impuesto por su capacidad para asumir cualquier personaje, desde el llamado hombre de acción física hasta el de pensamiento. Algunos no saben que el mejor James Bond de la historia del cine fue una de las primeras propuestas para interpretar a Gandalf en la trilogía El señor de los anillos. Rechazaría el papel por discrepancias con los guionistas y no dudemos que se lamentó. Gandalf es tremendo personaje.

Más allá de las siete ocasiones en que interpretó al agente 007, Connery será harto recordado además por encabezar la llamada trilogía de la imaginación, en cuya primera entrega, Bandidos del tiempo (Terry Gilliam, 1981), interpretó al héroe Agamenón. Pero, sin dudas, con su Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa (1986) la consideración hacia su persona aumentó. Fue llamado en seguida para, entre otras realizaciones, asumir roles de peso en Los intocables (Brian de Palma, 1987), Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989) y La Roca (Michael Bay, 1996), la cual recuerda mucho el estilo de John Woo.

Una de sus últimas incursiones más llamativas para público y crítica fue en el papel del escritor William Forrester en Descubriendo a Forrester. Aquí encarna a un personaje retraído y crepuscular que, no obstante, influye con mucha fuerza en la vocación literaria del joven jugador de baloncesto. Connery retoma la función de mentor, ya presente en otros filmes, pero ahora lo hace desde la cercanía del diálogo estimulante y a ratos irónico. Es una de las películas más bellas sobre la superación personal, teniendo presente el vínculo entre la literatura y la amistad.

Carisma, habilidad camaleónica y sex-appeal lo acompañaron hasta bien entrados los ochenta años. Pocas veces la pantalla grande se engrandeció con la presencia de un actor como él. Una vez se dijo con injusticia que era el mismo en todo lo que hacía. Los que han repasado su larguísimo trayecto para numerosos directores desmentirán este criterio sobre el actor de voz grave, dicción perfecta y hechizante. 

Sean Connery fue muy premiado: Laurel de Oro, Globo de Oro, el Premio Rodolfo Valentino, León de Oro, el BAFTA, el Óscar... Pero el mayor galardón del que se fio fue el haber gozado de una aprobación sin fronteras.