Clemencia

El momento del procedimiento

Mié, 09/15/2021

La caminata interior por un corredor de la muerte y el acto de detenerse frente a la camilla donde ocurren ejecuciones sucesivas revelan más de la alcaide Bernadine Williams (Alfred Woodard) en Clemencia (Chinonye Chukwu, 2019) ―filme exhibido recientemente en La séptima puerta― que si se hubiera optado por su propia confesión desde la voz en off. Una experiencia profesional tan dura, en la que ética y compasión parecen desentenderse, se expresa a las claras en la contención de una mujer que toma decisiones para que otros se vayan sin posible retorno. Los contrastes entre su rostro y el contexto “justiciero” de clausura no pueden ser más sugerentes.

Bernadine, en rigor, toma decisiones a instancias de mandos superiores, quienes se rigen por hacer valer leyes sin cuestionar todo un proceso que ha venido siguiéndose hasta llegar a quitarle la vida a alguien. Quien llega para ser tendido en la camilla no tendrá ya posibilidad de levantarse. Todo se termina ahí. Pocas veces confluyen varias profesiones (clínico ejecutor, cura, policías y otros representantes de la ley) para acelerar la caída literal de una persona. ¿Qué diferencia las inyecciones por pena de muerte de lo que pasa en un paredón? El acomodo estético para liquidar al ser humano tiene el denominador común de la violencia.

Merecido o no, se violenta al cuerpo de manera directa y regularizada. Lo que uno como espectador cree saber sobre esta forma de morir se queda por debajo de la explicación del procedimiento que, con frialdad —es su “maldito buen trabajo”—, la protagonista le hace saber al recluso Anthony Woods (Aldis Hodge). Ese derecho a saber cómo lo matarán es de una compostura tan sospechosa por inclemente que cuesta tomar partido por él o ella. En principio, es pendular lo que se siente como el cambio entre atmósferas (la carcelaria y la doméstica), las cuales se alternan durante el transcurso simultáneo y cronológico del relato.

Pero Chukwu enriquece su relato cinematográfico no solo con lo que descansa en apariencia detrás la cámara. Aquí no hace falta mostrar lo que viven los confinados en las prisiones norteamericanas. Nada de peleas y luchas de poder internas. Al fin y al cabo, las relaciones de poder que intervienen emergen en grados mayores o generalizados: las de lo reglamentario en nombre de las leyes contra el preso. La cineasta no busca demonizar a la jefa de prisión y menos victimizar a un inocente. Se trata más bien de enseñar la macabra puesta en práctica de un procedimiento representativo de la “legalidad” del sistema penitenciario, el cual muestra fallas pero debe cumplirse. Para implicar al espectador no se recurre a una banda sonora sensiblera ni mucho menos. Hay inclinaciones insistentes en el silencio y sonidos ambientes y, cuando el primero se rompe, lo que los personajes conversan es fundamental.

Las conversaciones son claves para comprender la toma de decisiones. No es que sea imprescindible que en el propio guion se explicite la necesidad de un cambio en las conductas habituales. “Quiero que estemos completos de nuevo”, le dice Bernadine a su esposo. Se afectan las emociones por la profesión y de ello sí hay que hablar. El día a día laboral perturba el temperamento de algunos personajes. Así se introduce y acelera un conflicto que de ético pasa a ser político y cultural. Es por ello que, más que continuar con las ejecuciones, resulta inevitable la individualización de aquel.

¿Por qué tiene que ser la privación de la vida el paso definitivo para sacar a alguien de la sociedad? Que unos casos cobren más importancia que otros se debe al compromiso de cómo una sociedad asume lo justo y la (im)posibilidad del perdón. ¿Insistir con la defunción en la cárcel no representa acaso la estimulación de la que ocurre fuera de sus muros? ¿El crimen emancipado se paga en realidad con la muerte legalizada? Léautaud decía: “Cualquiera que tenga el gusto de matar, no veo de qué pueda quejarse si lo matan”. Mas lo de Woods es diferente.

En la escena de la visita de la exesposa, el guion corre el riesgo de incurrir no tanto en lo melodramático como en la variante horrenda de la consigna. Tal vez por desazón o resentimiento, la siguiente confesión preocupa: “Pero cuando yo muera, solo seré un recuerdo para un puñado de personas. Pero cuando mueras, tu nombre vivirá toda la vida”. Woods la mira atónito. Yo me espanto. Spike Lee hubiera desgraciado esta plática. Sin embargo, la directora lo resuelve muy bien, aunque con recelo para uno.

Basada en hechos reales, la mayor osadía de Clemencia es ser muy sobria ante un destino tan terrible.