COLUMNA
Berta Carricarte
Enrique Molina

Enrique Molina: De Tierra brava al parnaso

Mar, 09/07/2021

“Todo por mi arte y por la cultura”. Esta frase pertenece a Enrique Molina en Exit (2011), al desdoblarse en un bolerista gay famoso, que acude a la convocatoria de un fotógrafo extranjero interesado en completar un cuadro gigante de 100 fotos de artistas cubanos, que debía reflejar la angustia inherente al proceso creativo. Su intervención en este corto de Eduardo del Llano demuestra, entre otras cosas, que Molina amaba profundamente su trabajo, de manera que no ponía reparos en actuar en un video de menor difusión. Además, desplegaba el mismo rigor en un papel humorístico que en uno dramático y siempre salía triunfante.

Cuando Molina encarnó a Silvestre Cañizo en Tierra brava ya era estimado y reconocido en toda Cuba, pero obviamente, el impacto masivo de la telenovela contribuyó a que el personaje, construido e interpretado con la espontánea agudeza que caracterizaba al actor se quedara sembrado para siempre en el imaginario popular de la isla. Como había ocurrido antes con Enrique Santiesteban y su alcalde Plutarco Tuero o con el guajiro Melesio Capote que inmortalizó Reynaldo Miravalles. Junto a este último vimos a Molina en Esther en alguna parte (2012). Esta comedia sencilla e intimista que nos entregó al incomparable dueto, habrá que agradecérsela siempre a Gerardo Chijona. Es hermoso que a veces se piense en una historia más modesta que pretenciosa para que se luzcan dos estrellas, dándolo todo a su aire, cuando ya no están para encarnar galanes, pero sin haber dejado de ser caballeros en el corazón de su pueblo. 

Es una suerte que Molina haya tenido una carrera tan larga y prolija, con muy disímiles roles y sin que se notara jamás una sola costura en su labor. Dominaba la televisión, el teatro, el cine y la radio sin sacrificar la naturalidad en su desbordamiento escénico. En lo adelante su profusa obra queda como testimonio de su imbatible capacidad histriónica. Me encanta un personaje en particular que caracterizó con espectacular dominio en varios filmes: el combatiente revolucionario, testarudo, intransigente, homofóbico e irascible, que en el fondo simbolizaba la pérdida de beligerancia de un sujeto modélico ya caduco y estéril. En El cuerno de la abundancia se llamaba Bernardo; en Video de familia, Cristóbal. 

Las veces que me lo tropecé en persona me daba la impresión de que lo veía por primera vez. Lucía tan modesto, tan cercano y tan luminoso al mismo tiempo, que nunca me atreví a acercarme y decirle cuánto lo admiraba. También excusaba mi timidez diciéndome: otro día lo abordo, hay tiempo. Para mí es uno de los más grandes actores que hemos tenido, siempre orgánico, siempre convincente. Su nombre figura en el elenco de grandes cintas como El hombre de Maisinicú, Barrio Cuba y Hello, Hemingway!

Nacido en Bauta el 31 de octubre de 1943, dijo en alguna entrevista que no tenía formación académica. Tras una breve incursión en un grupo de aficionados de Santiago de Cuba, regresa a La Habana en 1970 para hacer televisión. Sus paradigmas en aquella etapa formativa fueron Reynaldo Miravalles, Miguel Navarro y Salvador Wood. Hoy se pasea junto a ellos en el parnaso de nuestras grandes figuras. Ya la historia del audiovisual cubano no se puede contar sin su nombre. La historia de la cultura cubana ya no se puede contar sin él.

(Tomado de Cartelera Cine y Video, nro. 190)