Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Fotograma de Esto no es Berlín

Esto es México

Lun, 12/16/2019

Tal vez sea un poco extensa y muy insistente en lo que sus personajes pretenden iniciada su historia: entrar a un club nocturno hasta volverse habituales, como si fueran otros más buscando pertenecer o mejor, simular una pertenencia a un grupo y hablar sobre el deber del artista y cuáles rumbos amerita seguir, defender. Aunque seamos sinceros, ellos entran al principio solo para divertirse. ¿De qué va en verdad Esto no es Berlín, del mexicano Hari Sama (Sin ton ni Sonia, Tiene la tarde ojos, El sueño de Lu…)? ¿Estamos ante una película cuyo superobjetivo consiste en cuestionar al verdadero o al más audaz creador?

Carlos (Xabiani Ponce de León) corresponde a una generación y también a un grupo en el México de 1986. Sabe y quiere aprender más de electrónica para ponerla al servicio de su vocación de artista. Pero cuando cree sentirse identificado o, al menos, motivado por espíritus afines se someterá a una transformación paralela, donde la visibilidad exterior acompañe su sentir individual. Su etapa de crecimiento será peligrosa por excesiva. Tiene diecisiete años y tendrá que sobrevivir al control inmediato, ese que limita pero al mismo tiempo canaliza.

Esto no es Berlín tiene como telón de fondo el espíritu epocal imperante de un país en que muchos de sus habitantes sentían que para aquel entonces el mejor modo de evadirse de los conflictos políticos, sociales y hasta culturales era estar al tanto de aquel 29 de junio en que el seleccionado de fútbol de Argentina, al vencer 3-2 a Alemania Occidental, ganó el campeonato del torneo Copa del Mundo México 1986. No obstante, no se olvide que el 31 de mayo la FIFA motivó la algarabía, pues hacía su sede de Mundial en México. De manera que fue el primer país en disputarse dos Mundiales.

La búsqueda y el reconocimiento del ser humano que es Carlos serán tentados por la supuesta marginalidad que expone el consumo de drogas en el bar de marras y de la mano de su propio tío —sujeto harto influyente para aquel— y el desear y ser deseado por una chica traviesa. Un artista que remeda el arte europeo cada vez que se expone en performances para nada originales.

Hay varios momentos en que el director cuela ideas sobre la situación del arte de entonces, como cuando pone a dialogar a cercanas generaciones y se discute con fuerza y sinceridad; en otros vuelve sobre las intervenciones públicas en las que corre el riesgo de redundar en la osadía creativa de los personajes, pero pasa como en las películas de baile: el espectador espera ser sorprendido por una novedad en la próxima escena.

Lo que sostiene a una película como Esto no es Berlín no es la serie de circunstancias performáticas, de propuestas musicales o de situaciones continuas de la trama —incluidas las del club libérrimo—, sino lo que apremia detrás de su propio título. Es como si el Diego de Fresa y chocolate recordara: “Concesión a las nacionalidades”, pues la película cierra con los dos amigos bien reconciliados y alegres, con gustos y sueños diferentes, pero amigos después de todo, capaces de emocionarse frente a esa multitud múltiple a la que, por fortuna, saben que pertenecen.