Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Federico Fellini

Fellini cumple cien años

Vie, 01/24/2020

Cuando hay una suerte de pacto entre la vida y la creación resulta difícil comprender cuál de las dos es la que más gana. Y, sin embargo, es esta última la que se agencia la atención, como si a la primera (la vida) fuera ajena a un mínimo de agradecimiento.

Quizá por eso algunos espectadores olvidan que determinada atmósfera y eso que es llamado la poética de cierta imagen, en una puesta en pantalla, sea fruto de las experiencias humanas. No en balde, para indicar la calidad de una película o, al menos el gusto que provoca, muchos optan por decir: esa película tiene vida.

La preocupación parte de los orígenes del Séptimo Arte (cine mudo incluido); pero, sin dudarlo, fue de un interés especial para los neorrealistas italianos.

Gracias a la influencia del realismo poético francés, ninguno de ellos (Roberto Rossellini, Luchino Visconti, Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Giuseppe De Santis, Pietro Germi, Alberto Lattuada, Renato Castellani, Luigi Zampamy, algo de Fellini y el guionista Cesare Zavattini) renunció a buscar esa epopeya del hombre diario que sufrió y amó al mismo tiempo, durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

Los vaivenes existenciales se agravaron por la situación económica y hasta por la decadencia de la moral que sobrevino en los momentos de crisis, como sucedió en la Italia de la posguerra. El Neorrealismo demostró tantas ansias de hacer cine, como asuntos y temáticas se los daba la desesperación y pobreza imperantes.

Cuando mencioné a Federico Fellini (1920-1993) recurrí de pasada y con la mayor de las intenciones a un pronombre indeterminado como algo.

Pero, a decir verdad, si bien no fueron abundantes sus obras neorrealistas (Luces de variedades, en codirección con Alberto Lattuada; Los inútiles, La strada), tuvo mucho más que asomos al movimiento cultural, pues sería el autor de los guiones de Roma ciudad abierta, Sin piedad, El molino del Po, En nombre de la ley, La ciudad se defiende; y colaborador en otros también significativos.

Para sus cuarenta años, de los cuales veinte llevaba creando bajo la influencia además de los comics, el lenguaje radiofónico, la literatura y las artes plásticas, la música y el propio cine, Fellini decidió buscar una puesta en escena más aparatosa y donde lo simbólico repercutiera adrede desde los parlamentos y la confluencia de las imágenes.

Entonces, luego de éxitos de crítica y público y premios  recibidos (León de Plata, Oscar, David de Donatello, Sant Jordi…) por La strada (1954) y Las noches de Cabiria (1957) presentó La dulce vita (1960).

Es esta una obra de varios relatos, fragmentaria, centrada en ambientes nocturnos y diurnos, pero con el común denominador de esos temas que serán constantes en su cinematografía: la ciudad vibrante repleta de concentraciones, la incomunicación, las inquietudes artísticas, las frivolidades extrafílmicas de las estrellas, la búsqueda de la felicidad, el mar y la expansión de la cultura mediterránea.

Ahora, al también director de (1963) y Amarcord (1973) le era innecesario agradarle a todos. Apréciese el tono satírico al tocar la resignación social y la religión, el recurrir a lo onírico y concreto, asimismo el reparo en formas esperpénticas gracias a esa imaginación creadora que deforma y reforma conscientemente la realidad.

Dígase lo que se quiera e incluso, aunque tengamos nuestras películas preferidas del notable artífice del cine, Fellini es un creador que cimenta su universo simbólico sobre el conocimiento de la experiencia cotidiana.

De él pudiera admitirse lo que Albert Camus reconoció a propósito de los volúmenes de Herman Melville: “Como los grandes artistas, él construyó sus símbolos sobre lo concreto, no con la materia de los sueños. El creador de mitos comparte su genio tan solo en la medida en que los inscribe en la espesura de la realidad, no en las nubes fugitivas de la imaginación”.

No obstante, cuán imaginativo es el genio de Fellini, que su cine se ha asociado con el realismo mágico.

Con posterioridad, sufriría el italiano el auge de la televisión y la aparición del video doméstico. De seguro vaciló ante el último invento, si bien sospechaba cuánto cambiarían las películas caseras el concepto de la industria del cine y la manera de apreciarlo.

Había rodado ya la gran producción Casanova (1976) cuando su cine empezó a ser definido como convencional. Se le dijo que no era rentable para el mercado. Pese a ello, con presupuestos más pequeños y sin el favor acostumbrado de la crítica, su sensibilidad creadora continuó exigiéndose.

Con ese tratamiento suyo tan crudo como bello por penetrante, es siempre exponente del despliegue intelectual en abanico: suma a los códigos del cine su conocimiento de las demás manifestaciones artísticas.

Sin embargo, apostó por encontrar riquezas en supuestos pormenores de la existencia; y en el centenario de su nacimiento, el curioso mundano que era Federico Fellini, sigue siendo una de las referencias más notorias de la cultura mundial.

(Tomado de Radio Musical Nacional, 23 de enero de 2020)