Cartel de la serie documental

Historias de la música cubana llegan a la sala Santiago Álvarez

26 May, 2019

En estos días de mayo, cuando una parte importante de las noticias culturales gravitan, o debieran gravitar, en torno al Cubadisco y la Bienal de La Habana, el ICAIC se suma a la celebración anual de la diversidad y el arraigo cultural y artístico de la música, mediante la programación en la sala Santiago Álvarez del Multicine Infanta de la serie documental Historias de la música cubana, con dirección general del cineasta español Manuel Gutiérrez Aragón, realizada entre los años 2009 y 2011.

Tal vez interesado en complementar la visión un tanto estrecha de documentales musicales realizados en Cuba en el estilo del famoso, y tendencioso, Buena Vista Social Club, Gutiérrez Aragón propone un largo y pormenorizado viaje por la diversidad rítmica y melódica que caracteriza la historia musical de la Isla, a través de cinco capítulos de cincuenta y dos minutos cada uno, cuatro de ellos dirigidos por realizadores cubanos. Es decir, que para hablar de lo cubano, Gutiérrez Aragón se apoyó en cineastas de la Isla, para no incurrir en errores como los del Buena Vista Social Club, que considera olvidados y preteridos a músicos en activo, y bien reconocidos.

Bajo los designios de Gutiérrez Aragón, Televisión Española y el ICAIC, Arturo Sotto, Pavel Giroud, Rebeca Chávez y Patricia Ramos asumen el difícil reto de actualizar la muy prolongada y célebre tradición del documental sobre música realizado por el ICAIC, a través de títulos paradigmáticos como Nosotros la música, de Rogelio París, o Yo soy del son a la salsa, de Rigoberto López. Todos componen un mural muy preciso y magnífico sobre la música cubana, en tanto sitúan su grandeza más allá de algún género específico.  

Tanto Arturo Sotto en Lo mismo se escribe igual. La fusión de la música en lo cubano, como Pavel Giroud en Manteca, mondongo y bacalao con pan (una mirada al jazz cubano), o Patricia Ramos en su capítulo titulado Ampárame. La religiosidad en la música cubana, y Rebeca Chávez en el suyo, que se nombra Decir con filin, asumieron una visión plural y ecuménica sobre la manifestación artística emblemática de la cultura cubana, lejos de etiquetas de corte turístico o comercial, mientras se desmarcan de la proclamación de algún género como el principal o el más cubano entre todos.

Así,  Sotto relata, en Lo mismo se escribe igual…, cómo la contradanza evoluciona hasta convertirse en otros géneros bailables como el danzón y el son; y Giroud establece, en Manteca, mondongo y bacalao con pan…, la influencia de ida y vuelta entre los ritmos afrocubanos y el jazz norteamericano, a partir de la historia que va de la Orquesta Cubana de Música Moderna hasta la conformación de Irakere, con la referencia obligada a Chano Pozo.

De mucha menos divulgación han gozado los capítulos de Historias de la música cubana dirigidos por las realizadoras, de modo que esta es la ocasión para disfrutar de estas singulares propuestas. Patricia Ramos aborda en Ampárame… la relación intrínseca entre la música cubana y la religiosidad popular, sincrética, desde manifestaciones musicales clásicas o antiguas, hasta lo contemporáneo y salsero. Por su parte, Rebeca Chávez borda las esencias de la canción y el bolero en Decir con filin, compendio audiovisual de las ideas y el arte de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Elena Burke, Omara Portuondo, entre otros.

Los cuatro documentales mencionados nunca contaron, en su día de estreno, con la suficiente promoción o crítica, de modo que se trata de una gran idea de los programadores de la sala Santiago Álvarez, del Multicine Infanta. Es el momento para decir que tal programación de documentales debiera ser de lujo, y mantenerse en el más alto nivel, para estimular el gusto del público cubano por una manifestación audiovisual que en estos momentos, y en muchos países, goza de renovada popularidad y trascendencia.