Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
El último Vermeer

A la manera de Vermeer

Mar, 08/24/2021

¿Johannes Vermeer (1632-1675)? Es de esos artistas visuales que engloba la esencia cultural de un tiempo y la rebasa. Representante del Barroco por época y estilo, su jerarquía ha tenido que desafiar gustos, olvidos y reconsideración. Desde el siglo xix el consenso general hacia su pintura ha apuntalado sin duda su trascendencia. Esta se le suele atribuir al paso de los años o siglos. Mas, en cuestiones de legitimación de algo o alguien —así la calidad sea irrefutable—, depende de la mirada atenta y acaso honesta de quien registra juicios de valor.

Ese gran artista de retratos individuales y grupales; de atmósferas silenciosas en interiores en que damas enajenadas se advierten sentadas o de pie, a veces plasmadas en una actividad habitual, si bien las más, apresadas primero por la luz —Vermeer es un devoto de la luz, él mismo es un iluminador de lo humano— es asimismo el responsable iconográfico de hombres solitarios que contemplan mapas y pisan ese suelo ajedrezado que recuerda tanto los de Gabriël Metsu y Pieter de Hooch, dos de sus más reconocibles influencias, a quienes llegó a superar.

El neerlandés es maestro de pinturas históricas y moralizantes, de género, de paisajes urbanos. Sin embargo, es El arte de la pintura (1666), ese famoso cuadro que, aclimatado a su dueño y nación, comenzaría luego de la muerte de Vermeer, sin esperarlo, un recorrido por Europa (Austria y Alemania principalmente) hasta llegar a Estados Unidos, la obra que concentra el genio de su autor. Se advierten la precisión de las figuras y vestimentas, el juego de luces y sombras, tan caro al Barroco, las imágenes recurrentes del suelo en cuadrículas, los pliegues embrollados de cortinas y el uso de colores brillantes, el paisaje exterior en la representación de una pintura de fondo, que es también cartografía… Aquí está, además, el conocedor de la óptica de pintura, del acomodo estético realista gracias al dibujo amparado por las ventajas de la cámara oscura que el dueto Penn&Teller examinaron con lujo de detalle en el documental Tim's Vermeer (2013). El arte de la pintura, nombrado igualmente Alegoría de la pintura, nos presenta al artista que se mira a sí mismo como reto provocador para la posteridad.

Resulta irónico que Vermeer, que se desempeñara como experto en pintura, que fuera llamado incluso para aprobar la autenticidad o falsedad de determinadas obras, luego sería víctima de falsificaciones, cuando no de la atribución de sus cuadros a otros autores. Con una historia de vida complejizada por la ética y exigencia del creador, era de esperarse que el cine no soslayara a una figura ya del patrimonio mundial. Es así que desde la surrealista Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929), coescrita entre Buñuel y Dalí, advierte el espectador en la ilustración de un libro La encajera. Un cineasta como Peter Greenaway, tan vehemente por Rembrandt, aborda a Vermeer en Una Z y dos ceros (1985), mientras Jon Jostlo comenta en su largometraje Todos los Vermeers en Nueva York (1990). Por su parte, Peter Webber en el año 2003 realiza su adaptación del libro La joven de la perla (1999), de la escritora estadounidense Tracy Chevalier. El pintor que no llegaría a crear 40 cuadros vuelve a resonar cuando en el 2019 el cineasta Dan Friedkin estrena El último Vermeer, exhibido recientemente en la televisión cubana.

La película de Friedkin se apunta en una lista sugerente en las que están, entre otras, F for Fake (1973), de Orson Welles; Incógnito (John Badham, 1997); los documentales Goya, el secreto de la sombra (David Mauas, 2011), Mi obra maestra (Gastón Duprat, 2018), La firma de los cuatro trazos (Xavier Lavant, 2019)… A diferencia de Incógnito, por ejemplo, en que el falsificador exitoso intenta levantar o emprender su propia poética, El último Vermeer transita por el territorio de la resignación creativa, en que el protagonista decide engañar a compradores de arte nazis y burlarse al mismo tiempo de los mejores conocedores de un pintor de la altura del autor de Cristo y la mujer adúltera y La cena de Emaús, precisamente las dos obras que hicieran famosísimo como falsificador a Han van Meegeren (Guy Pearce). El escritor Jonathan Lopez lo biografió en su libro The man who made Vermeers (2008), el cual es la materia principal de que se han servido los guionistas Mark Fergus, John Orloff y HawkOstby, quienes llamaron a Lopez para que aportase al guion cinematográfico.

La película comienza con un halo de misterio y sorpresa cuando se descubre el supuesto hallazgo de un Vermeer que se traficó con los nazis. Joseph Piller (Claes Bang) investiga a Meegeren en un contexto de ajustes de cuenta recién terminada la Segunda Guerra Mundial. Es preciso distinguir al héroe del traidor. Lo interesante es cómo el falsificador prolonga su dudoso desempeño en relación con la Alemania hitleriana y llega —hay que decirlo— a ser más interesante que Vermeer.

Aunque estén con claridad expresadas las referencias al pintor holandés y un personaje histórico como Meegeren llegue a manifestar sus criterios razonables sobre la Edad de Oro neerlandesa, es él es el verdadero protagonista de esta historia. Es de reconocer que está muy bien logrado el cambio de actitud de Piller cuando descubre la maestría del acusado. El soldado amigo, accesible a las diferencias de caracteres e interpretado porRolandMøller, merecería un párrafo aparte. Aunque es Guy Pearce quien hechiza hasta convencer al más exigente de los espectadores.

Sobre la ética y frustración del creador, la sobrevaloración yfalta de rigor de algunos peritos en maestros del arte, sobre la justicia y tomas de decisiones de antaño que en el presente pudieran cuestionarse se arma este drama que pudo ser más entretenido quizá en visualidad porque, desde el punto de vista del conflicto, levanta por cabeza solo en el momento del juicio. El antes y el después son frágiles, a veces lentos, pero sin ellos no se pudiera tratar de un largometraje en honor a la verdad de referencias y exposición amenas. Mas, por encima de todo, cuanto uno pudiera agradecer es la ambivalencia que aún produce un pícaro de la talla de Han van Meegeren.