COLUMNA
Luciano Castillo
Lourdes Prieto

Lourdes Prieto: una sensible pérdida para el cine cubano

Mar, 09/14/2021

Este aciago martes 14 de septiembre, en la misma casa de esa “Habana del Centro, ensueño de sombras”, como llamó a esa zona en un hermoso documental, falleció la cineasta Lourdes Prieto a los 70 años de edad. 

Con la ejecutividad y energía que siempre la caracterizó, amén de una vasta y sólida cultura, ella desempeñó las funciones de asistente de dirección de Pastor Vega en Retrato de Teresa (1979), Amor en campo minado (1987) y En el aire (1988), además de colaborar con Víctor Casaus en Bajo presión (1989). Cuanto cineasta tuvo el privilegio de contar con ella en su equipo de realización reconoció la satisfacción por la entrega de una profesional tan competente.

Lourdes fue promovida en 1991 a directora asistente de Gerardo Chijona en Adorables mentiras, labor que prosiguió ese mismo año al lado de Miguel Torres en Sueño tropical; del argentino Alejandro Saderman en Golpes a mi puerta (1992), coproducida con Venezuela; de Julio García Espinosa en Reina y Rey (1994); de los directores vascos Eneko Olasagasti y Carlos Zabala en Maité (1994); así como de Juan Carlos Tabío en El elefante y la bicicleta (1994) y Lista de espera (2000). En la trayectoria de Lourdes Prieto como directora asistente figura también su aporte al binomio integrado por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío en Guantanamera (1995). Compartió sus funciones con Regino Oliver en el mediometraje En parte de mi alma (2001), realizado por Guillermo Centeno.

El argumento original urdido por Gerardo Chijona y Eduardo del Llano para la cinta Perfecto amor equivocado (2004), dirigida por el primero, partió de una idea de Lourdes Prieto. Ese título cerró su filmografía como directora asistente. Para esa fecha, y tras varios proyectos frustrados, no podía dilatar más su incursión detrás de las cámaras. Demasiados temas y personalidades incitaban su talento y se aproximó a ellos en un estimable conjunto de documentales para los que investigaba hasta la saciedad. Halló aliados entusiastas para producirlos en Víctor Casaus y el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y en Octavio Cortázar y la productora de documentales Hurón Azul de la UNEAC. Con ella codirigió La pequeña Aché (2004), un retrato de Mercedita Valdés. 

Con su especial sensibilidad realizó Para el ojo que mira: Mendive (1993), Bajo la noche lunar (1998), Rumor del tiempo (2000), Conversando con Ruth (2001), Daniel Santos, para gozar La Habana (2004), codirigido con José Galiño; La magia del laberinto (2009), sobre Jaime Sarusky; Ángeles y demonios andan juntos (2013), acerca de la creación de Lesbia Vent Dumois; Oriki para Mendive (2015); Mirtha (2015), en torno a la actriz protagónica de Hasta cierto punto; A mi manera (2017), acercamiento a la promotora cultural Mónica Álvarez; y al 2019 corresponden los dos últimos: Evocación, sobre Saúl Yelín, incansable promotor de nuestro cine y productor, y El guarachero soy yo (2019), sobre la afamada comparsa reglana. Daba gusto colaborar con alguien como Lourdes Prieto, quien se consagraba por completo a cuanto se proponía.

Sobresale entre su obra el excelente largometraje Hay un grupo que dice… (2013), que trasciende la crónica sobre el mítico Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC para abarcar el complejo contexto cultural, político y social en que surgió y dejó una profunda impronta y retrato de toda una época. 

El cáncer nos arrebató a esta creadora inmersa en disímiles proyectos, en especial un libro con la transcripción íntegra de las entrevistas que realizó para ese documental. Cuánto orgullo le proporcionó que fuera elegido para clausurar el 35 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Basta leer esta nota para cerciorarnos de que Lourdes Prieto debe ser recordada como una de las ineludibles pioneras entre las documentalistas cubanas. Llegue nuestras sentidas condolencias a sus familiares allegados y cercanos amigos que lamentamos su desaparición física.