Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Luciano Castillo

Luciano Castillo: “No pudiera vivir sin el cine” (Parte II)

Mar, 02/11/2020

Un día me confesaste que amas el cine bélico. Pueden suponerse algunas razones estéticas de tu preferencia. Pero que lo afirmes rápido y sin tiempo para argumentar, tal vez, refleje, por desgracia, una afinidad con lo ofensivo y hasta paradójico, muy ajeno con tu persona. ¿Qué me dices al respecto?

Ese gusto por el cine bélico —no es el único género que prefiero— tiene por motivación que el período de la Segunda Guerra Mundial representa una obsesión para mí, en particular todo lo relativo al Holocausto. No podría recurrir ahora a una explicación racional y rápida, tal vez obedezca a la desmesura de la contienda y cuánto significó en la Historia, sobre todo por los extremos de aberración a los que puede llegar el ser humano hasta perder todo vestigio con su conducta.

La envergadura de los crímenes cometidos es inconmensurable. Siempre habrá alguna página olvidada que descubrir u otra que sea preciso examinar a raíz de investigaciones posteriores. Y año tras año aparecen filmes de ficción y documentales reveladores de zonas oscuras e inexploradas de esa tenebrosa etapa. Cuando todos pensábamos que nada nuevo podría aportarse sobre el Holocausto, un jovencísimo cineasta húngaro, László Nemes, sobrecogió a todos con los horrores descritos magistralmente en El hijo de Saúl.

Mi primer viaje al extranjero, en agosto de 1988, lo hice a la antigua República Democrática Alemana como integrante de una delegación de jóvenes escritores y artistas. Mientras a alguno de sus miembros le interesaba más ir a una discoteca o a un sitio turístico, varios de nosotros insistimos a la guía para que nos incluyera la visita a algún campo de concentración.

Así pudimos corroborar cuánto horror se cometió en los de Buchenwald y Sachsenhausen, pues lo primero que nos exhibieron al llegar fueron sendos documentales con imágenes aterradoras filmadas en el momento que las tropas vencedoras abrieron esos centros de muerte.

Más allá de gustos, ¿qué crees de apreciar solo audiovisuales de un mismo género o una misma temática y aquí, por supuesto, incluyo a nuestros amigos que ven únicamente cine queer?

Siempre insisto en que hay que ver todo tipo de cine —¡y de todos los géneros, épocas y nacionalidades a que podamos tener acceso!—. Limitarse a uno solo puede ser, tal vez, especializarse en su estudio o conocimiento, por llamarlo de algún modo, pero qué restrictivo resulta.

Lo mismo ocurre con la enfebrecida costumbre desperdigada por todas partes de relegar el cine y conceder la preponderancia al visionado de series de interminables temporadas. ¡Generalmente todas son buenas porque compiten unas contra otras! Desde el cine silente existieron las series como relleno en los programas de los cines.

Estoy consciente de cuánta relevancia han llegado a adquirir las series, tanto dramatúrgica como formalmente, sin embargo, en lo personal defiendo tener aún demasiado cine de todos los tiempos pendiente de visionar. Me niego a ver siquiera el capítulo piloto de la serie que más me recomienden en aras de apreciar una película importante, incluso si la he visto antes. He llegado a rendirme, no obstante, y a apreciar algunas miniseries de menos de una decena de capítulos como Heimat, Big Little Lies, Arde Madrid o Chernobyl. La disciplina que me impongo no tolera concederle mayor tiempo.

Pero, ¿tienes tiempo de ver series?

No, y lo afirmo rotundamente. Reconozco su impacto mediático y en la cinefilia de hoy, así como su influencia en el cine, pero el tiempo de que dispongo a diario, después de una larga y a veces agotadora jornada de trabajo, prefiero invertirlo en ver películas de cualquier época (¡si es en blu-ray mucho mejor!), actualizarme sobre el cine contemporáneo e incluso repetir aquellas que en su momento aprecié en una copia deficiente o se estrenaron en Cuba en blanco y negro.

Quien vio en esas condiciones Bonnie y Clyde, de Arthur Penn, y nada menos que Blow Up, de Michelangelo Antonioni, por la significación concedida al tratamiento del color, no las ha visto realmente.

¿Cuánto ha exigido de ti hacer un programa televisivo como De cierta manera, programa andarín y en peligro de desaparecer en no pocas ocasiones de nuestra parrilla de programación?

Ante todo debo realizar un flashback y explicar que me convertí en historiador del cine cubano casi por fuerza al comprobar cuán dispersa estaba toda la información sobre una cinematografía plena de luces y sombras, no solo en el período correspondiente a la primera mitad del siglo XX.

La Cinemateca de Cuba perdió en su trayecto uno de sus objetivos fundacionales para devenir la Cinemateca del ICAIC. El resto de la producción cinematográfica era ignorado a extremos realmente indignantes: lo que no era del ICAIC simplemente estaba condenado a la inexistencia.

No le costó mucho trabajo inocularme su pasión incontenible a mi coterráneo Arturo Agramonte, testigo de primera fila de muchos intentos de hacer cine antes de 1959, etapa preterida durante muchos años por cuestionable decisión de la presidencia del ICAIC, que pretendió partir de cero y borrar toda experiencia precedente que no fuera El Mégano.

Con mucho entusiasmo emprendimos investigaciones sobre los olvidados pioneros del cine cubano, que publicamos poco a poco, pero su destino final era una versión corregida, definitiva —y considerablemente aumentada— de su libro Cronología del cine cubano, publicado por primera vez en 1966 a partir de la información atesorada por él en su archivo.

Al mismo tiempo, como director de la Mediateca André Bazin de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, me percaté de que del cine prerrevolucionario y de varios títulos producidos por el ICAIC en la primera década del nuevo cine cubano promovido por la institución existían pocas copias, unas de ficción y otras, documentales.

Entonces se me ocurrió aprovechar que la existencia en la escuela de un equipo de telecine, no siempre en funcionamiento, y trasladar poco a poco las copias sobrevivientes de la producción anterior a 1959: los fragmentos sobrevivientes de El veneno de un beso, de Ramón Peón; Prófugos y Yo soy el héroe, de Ernesto Caparrós; Rincón criollo, de Raúl Medina; La rumba en televisión, de Evelia Joffre (la primera mujer cubana en dirigir un largometraje); Tres bárbaros en un jeep, de Manuel de la Pedrosa, entre muchos otros. 1

Le siguieron filmes del ICAIC como el largometraje documental Guantánamo, de José Massip; El robo, de Jorge Fraga; Papeles son papeles y Desarraigo, de Fausto Canel; La ausencia, de Alberto Roldán; Tránsito, Un día en el solar y El huésped, dirigidos por Eduardo Manet; y El bautizo, de Roberto Fandiño, por citar algunos.

Más tarde, al interrumpirse esta posibilidad, recurrí al Archivo Fílmico del ICRT, donde con mucha disposición continuaron colaborando en este empeño y logramos hasta digitalizar Tulipa, de Manuel Octavio Gómez, de la que desaparecieron los rollos de sonido y a partir de la excepcional calidad de la imagen obtenida de los negativos, sustituimos la pérdida con el sonido de una vieja copia en DVD, ¡y quedó perfecta!

Transcurrieron ya quince años de aquel momento en que Magda Resik, con quien colaboraba con algunas películas y sus comentarios en su espacio televisivo Espectador crítico, me insistió en que por qué no presentaba un proyecto de programa sobre cine cubano para transmitirlo por la emisora Habana Radio.

Me negué una y otra vez por no disponer de tiempo para escuchar la radio —medio en el que me inicié en la crítica de cine en 1979 en la emisora camagüeyana Radio Cadena Agramonte—, pero su poder de persuasión terminó por convencerme y adapté la estructura de un proyecto de programa que presenté a la televisión y había sido rechazado.

Así surgió De cierta manera en su versión radial, con una hora de duración semanal, el 31 de octubre del 2004. Años más tarde recibí del Canal Educativo la propuesta de transmitir el espacio durante una programación de verano (julio y agosto del 2005), en la que registró bastante éxito con el título original de Hasta cierto punto y, después, al cabo de otro tiempo, finalmente surgió la oportunidad de insertarlo en la llamada parrilla con una frecuencia fija desde el 12 de julio del 2008.

Gracias a la paciente recopilación de copias y la digitalización de muchas, ya estaba en condiciones de conformar el programa que confieso era aquel con el cual tanto soñaba que existiera junto al ya desaparecido amigo Arturo Agramonte. Lleva más de una década de transmisión y, no obstante su horario inadecuado, recibo constantemente comentarios muy laudatorios tanto de los televidentes que escriben o me reconocen en la calle, como de los propios cineastas. La periodista Paquita de Armas, única consagrada al estudio diario de nuestra televisión, lo incluye desde hace varios años en su selección de los espacios de su tipo más destacados.

Para terminar de responder la pregunta: han existido algunos momentos en los que el programa ha estado a punto de desaparecer, ante todo porque soy intransigente con la censura y me he negado a que algunos funcionarios prohíban algún título programado o que se atrevan a cortarlo simplemente porque aparece un brevísimo plano en que canta Celia Cruz o dos hombres y una mujer hacen el amor (Fábula, de Lester Hamlet).

En enero de este año presenté a las más altas instancias una lista que sobrepasa los quince títulos del cine cubano pendiente de estrenarse en la televisión nacional, con el fin de lograr su exhibición en ese medio, porque el público ha podido verlos en las salas de la isla.

¿Cómo recuerdas los años en que dirigiste la Mediateca André Bazin de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños? ¿Qué te aportó este espacio?

Esas dos décadas que trabajé en la Escuela representaron también para mi formación justamente eso: una escuela. Allí no solo pude terminar de organizar (y bautizar) la Mediateca, sino convertirla en un punto de obligada referencia en el país y todo el continente por la vastedad de la colección fílmica atesorada y la bibliografía sobre cine.

Muchos cineastas que la visitaban para impartir talleres o cursos me revelaron que aprovechaban su estancia allí para visionar cronológicamente filmografías íntegras de notorios creadores, por existir copias disponibles.

Ese espacio me proporcionó, además hartarme de ver cuanta película podía, conocer un equipo de trabajo irrepetible desde todo punto de vista, y el sentido de permanencia de quienes trabajábamos en nuestra escuela. Vivía, como siempre, para el cine, no del cine. Fue también un tiempo en que establecí fraternos lazos y pude entrevistar a profesionales como el legendario fotógrafo español Juan Mariné, por apenas citar un ejemplo.

La magia de la atmósfera que se respiraba en esa Finca San Tranquilino, donde se construyó la Escuela, provocaba que no fuera excepcional el coincidir en el bullicioso comedor con Hanna Schygulla, la musa de Fassbinder; el santafecino Fernando Birri; Roberto Perpignani, editor de Welles y de los hermanos Taviani; el guionista francés Jean-Claude Carrière o el célebre sonidista Walter Mürch.

Tampoco sorprendió mucho descubrir la pedantería de Peter Greenaway —quien intentó responder interminablemente mi primera pregunta de por qué filmaba si se jactaba de odiar el cine— en el encuentro sostenido con la comunidad sin decir nada convincente; o la sencillez de grandes figuras del cine, como Steven Spielberg, sentado en algún pasillo con los estudiantes; o el actor británico Ralph Fiennes, quien durante su visita a Cuba prefiriera hospedarse en un modesto apartamento de la Escuela para compartir una botella de ron con los muchachos, y no en un lujoso hotel de La Habana.

¿Qué opinión te merece a la luz de hoy el Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica en Camagüey?

Más de un cuarto de siglo después, ese evento permanece como un espacio único de su tipo en Iberoamérica. Fue una idea de mi coterráneo, el crítico y ensayista Juan Antonio García Borrero ―con quien trabajaba entonces como especialista en Apreciación Cinematográfica en el Centro Provincial del Cine de Camagüey―, que apoyé de inmediato por percatarme de su importancia, junto a Armando Pérez Padrón, entusiasta director de la entidad.

Contra viento y marea (porque no faltaron intentos de obstaculizar su realización por parte de funcionarios del ICAIC) hemos logrado mantenerlo desde las complejas circunstancias del Período Especial hasta la fecha, con la participación de relevantes críticos y cineastas de Cuba y otros países como Francia, México, España o Colombia, a lo largo de veinticinco ediciones.

En la actualidad son invitados a asistir a las sesiones teóricas aquellos que ejercen con mayor asiduidad la crítica, el ensayo o la investigación, ya que este constituye el lugar idóneo para la convergencia. El Taller continúa convirtiendo a Camagüey en la “capital de cine en Cuba” en el transcurso de esos intensos días en los cuales se desarrolla, con gran participación del público local.

Por fortuna, su cinefilia no ha desaparecido como el movimiento de cineclubes existente en la provincia en los años noventa del pasado siglo y que no tuviera comparación en la isla. He recomendado una promoción previa más intensiva que podría incrementar el acceso a las funciones y las actividades programadas por las nuevas generaciones de espectadores.

¿Qué importancia le concedes a la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica?

Como de la Asociación Hermanos Saíz, la Federación Nacional de Cineclubes de Cuba, el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica y el evento audiovisual “El almacén de la imagen”, también integré el núcleo fundacional de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, surgida al calor de los primeros talleres.

La vitalidad de la crítica evidenciada en las discusiones que alentaba, así como los fraternos vínculos establecidos con colegas de otros países participantes en las ediciones del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, incidieron en que corroboráramos que era el momento de reunirnos en una agrupación análoga a la existente en muchos países y de poder formar parte de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI).

Sin embargo, soy del criterio que desde su propio nacimiento la ACPC adolece de una pretendida masividad, por aglutinar tanto a los críticos como a los periodistas promotores del cine. Eso incide negativamente en su funcionamiento, a lo que se añade que muchos miembros no solo no ven cine ni escriben sobre él, sino que tampoco se molestan en asistir a ninguna actividad convocada y se limitan a inscribirse para incorporar la pertenencia a su curriculum y recibir la acreditación para el Festival.

Más desalentadoras no pueden ser las experiencias enfrentadas por Mario Naito —su muy activo presidente por tantos años— y por mí, para insistir a los miembros que escribieran textos con destino al libro Cincuenta años del cine cubano (1959-2008), que publicaría la editorial Letras Cubanas. Idéntica suerte corrió la encuesta convocada por la Cinemateca de Cuba para seleccionar lo mejor de la producción del ICAIC en sus seis décadas de fundada. ¡Y ni hablar de cómo Naito se desgasta para lograr que los críticos intervengan en la votación convocada en los días del Festival!

 

1 Nota del entrevistado: Varios años después, ya como director de la Cinemateca de Cuba, intenté localizar de nuevo las copias en celuloide de varias de estas películas que había digitalizado con el fin de exhibirlas en el importante festival Il Cinema Ritrovato, en Bologna, y casi todas habían sido dadas de baja, por lo que lo único que queda son las copias que me preocupé por salvar a tiempo de que las botaran, solución tan alarmante como frecuente.