El retiro

Mientras exista vida

Mié, 09/15/2021

En El retiro (2020), la ópera prima del argentino Ricardo Díaz Iacoponi, el personaje protagonista se enfrenta a la disyuntiva de asumir o rechazar los nuevos desafíos que surgen al final de su vida, pero, sobre todo, la posibilidad de construir un futuro, alejado de toda sensación de acabamiento. La mirada del filme disecciona los conflictos del adulto mayor, sus vacíos existenciales más acuciantes y los modos en que el sujeto opera sus estrategias de resistencia al cambio.

Rodolfo (Luis Brandoni), un médico obstetra, ha dedicado poco más de cincuenta años a ejercer su labor con el reconocimiento de pacientes y colegas. La llegada de la jubilación implica un parteaguas en su vida personal, pues requiere de un proceso de adaptación para el que no parece sentirse preparado. Ante la incertidumbre, el camino del ostracismo contra cualquier tentativa que perturbe su rutina será el refugio desde el cual rumiar recuerdos del pasado, atemperar la soledad con las vivencias de un matrimonio cercenado por la pérdida de su única mujer, a la que con puntualidad británica lleva flores a su tumba. 

Sin embargo, el imprevisto de cuidar al hijo de su doméstica será el detonante para entender las causas de sus carencias, pues en este punto las tensiones con su hija, de la que vive separado hace muchos años, entran a colación en el discurso a la manera de un mesurado ajuste de cuentas. 

El acto conciliatorio, en el segmento final de la película, no solo atiende a la necesidad de estrechar los vínculos paterno-filiales, sino también a la posibilidad de solventar los obstáculos que impiden asumir una nueva actitud ante la vida. Al menos, de un modo más digno, sobre todo cuando queda abierta una puerta, desde la óptica del espectador, para entender que Rodolfo, en algún instante, aceptará el acompañamiento de un nuevo amor.

Notable: el guion a cuatro manos (con Daniel Cúparo y Castets, sobre una versión original del propio director y Juan Pablo Domenech), que cuida la dosificación de los ítems que enhebran el desarrollo argumental con una carga emotiva dúctil, reparando en la caracterización del protagonista desde el trazado de las acciones. El relato no pierde de vista su propósito de articular una narrativa de aprendizaje, en la cual todo cuanto acontece aporta elementos a la comprensión de la psicología del personaje. 

En este punto se apoya en un recurso muy convencional, sin densidades dramáticas, para desvendar el sustrato ideológico de la película: las diferencias intergeneracionales y posturas diversas de asumir la vida, presentes en los restantes personajes del filme, siempre opuestos a la perspectiva psicológica que moviliza al protagonista. 

De lo anterior, el elemento más notorio —sin embargo, no ausente de inventiva—, es la oposición semántica que favorece el acto reflexivo en torno a una comprensión esperanzadora de la vida, aun cuando se tiene la certeza de que se ha arribado a la etapa final. El personaje de Ignacio (Gabriel Goity) es quizás el catalizador más importante en el aprendizaje de Rodolfo que le permite conciliarse consigo y con el mundo. Su relación con el hijo de la criada es también un móvil para retomar sus responsabilidades paternales, en el pasado muy poco ejercitadas con su verdadera hija; es también una lección de vida que coloca remiendos a los errores pasados.

Muy buenas: las actuaciones de Luis Brandoni, Nancy Dupláa, Gabriel Goyti y el pequeño Marcos da Cruz. Luis Brandoni asume, como siempre, el tono justo de un personaje que no exige demasiado, desde el propio inicio del filme, para que le concedamos toda nuestra atención y simpatía. 
Te digo mi nota: un 3, en la escala de 5.

El filme consigue una articulación balanceada en cuanto a ambientación (Darío Ontiveros), dirección de fotografía (Sol Lobatín), edición, montaje (Andrés Tambornino) y dirección de arte (Matías Martínez). Digamos que las correcciones del discurso visual se empeñan en mostrar que todo cuanto vemos, relativo a la composición del cuadro, añade significación a la perspectiva ideológica en que se inscribe la cinta. Pero me sabe muy mal el didactismo con que a ratos se opera en escenas de escasa creatividad narrativa.

Tenemos, por ejemplo, tres momentos: el encuentro de Rodolfo con una antigua paciente a la que asistió años ha en el parto, y con su hija adulta; la de la joven embarazada que sufre de contracciones mientras aguarda su traslado a una institución médica, y finalmente, la conversación entre Rodolfo e Ignacio, cuando este último se encuentra en una cama de hospital, en espera de la muerte.

De las primeras, el guion no encuentra una manera más eficaz de resaltar lo que hasta ese instante había insinuado o mostrado: el sujeto en sus paradojas emocionales y existenciales, cuando el éxito profesional no suple las carencias afectivas en su desempeño familiar; de la última, la voluntad y el gesto esperanzador de aferrarse a la vida con la emoción en tono menor, que no estremece. 

A pesar del buen pie con que se inicia Ricardo Díaz, en adelante le recomendaría atender a los excesos y defectos de mesura.

(Tomado de Cartelera Cine y Video, nro. 190)