Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Parásito

Oportunistas profesionales

Mié, 11/13/2019

Cuando el cabeza de familia del drama surcoreano Parásito (Bong Joon-ho, 2019) les dice a los suyos: “Así que, estamos todos reunidos aquí hoy, para celebrar la reconexión de nuestros teléfonos, y este generoso Wi-Fi”, pareciera que estamos ante la esencia de un largometraje centrado en una de las asociaciones más habituales de la actualidad: la del ser humano con la tecnología. Ello es consecuencia de lo planteado por un film transfamiliar de mayores resonancias éticas que socioculturales.

Más allá de las responsabilidades para con nosotros mismos y con los demás, ¿a qué realmente podemos agarrarnos si de sobrevivir se trata? Es legítimo encontrar tus mañas en cualesquiera circunstancias. Pero, importa que pese la humanidad sobre el utilitarismo. ¿Falsificar y mentir hasta un límite? De hecho, ¿sería justo empezar?

Aunque saber y poder caracterizan a Ki-woo, el joven protagonista, hay instantes en que uno no puede ni cuestionarse su representación, puesto que la efectividad de su conocimiento irrumpe incluso en el examen de su examen cuando la madre de la chica observa su procedimiento como tutor. Recomienda lo que él mismo está aplicando: “El corazón no miente. Un examen es como atravesar una jungla. Si pierdes ese impulso, estás acabada. (…) ¡Rebanar el examen, dominarlo! Eso es todo lo que me importa”.

Parásito alude además a la occidentalización que opera en las familias nucleares más pudientes, donde la llamada “ola coreana” intenta coexistir con la asimilación de los productos estadounidenses. En este sentido, téngase en cuenta cuando la madre de la tutorada le paga a Ki-woo por su primera clase y decide llamarlo señor Kevin. Considérese también que ambos charlan sobre los gustos del niño Da-song en relación con los indios de los westerns norteamericanos. Ki-woo se extraña: “¿indios?” como si sondeara: ¿por qué no cowboys, los protagonistas representativos de las películas del Oeste? Luego pregunta: “¿Tiene una personalidad de chico fanático?” y ella le responde: “Bueno, es excéntrico y se distrae fácilmente. ¡Apenas puede quedarse quieto! Así que el año pasado lo inscribí en “Exploradores Lobatos” con la esperanza de que aprendiera a ser moderado y enfocado. Pero mira. Está aún peor. Ella señala al pequeño indio que, cargado, sigue inquieto. Entonces Ki-woo/Kevin se alía —acaso con astucia emotiva— con la preferencia del niño y certifica que él (Ki-woo/Kevin) es un explorador por naturaleza, lo cual es muy cierto.

Un punto y aparte merecerían sus apreciaciones sobre arte frente a un autorretrato de Da-song, si bien esto también ingresa en la secuencia del halago oportuno en vista del futuro. La ingenuidad instaurada, que consientela mentira progresiva, no deja de tener razón cuando la propia madre de Da-song reconoce ante la supuesta Jessica: “Esta cadena de recomendaciones es la mejor. ¿Cómo debería describirlo? Un cinturón de confianza”. Pura ironía del guion.

Con frecuencia los procesos de instauración requieren soslayar o saltarse algunas etapas de aprendizaje, pues cuanto se precisa es poner en práctica, de urgente manera, lo conocido. No cabe solo acechar sino asechar. De ahí que los cuatro oportunistas pasen de la lisonja a estratagemas harto decisivas como miserables. Al querer y lograr sacar de la casa a la ama de llaves se llega al colmo de la mezquindad. Se anima la trama y el espectador continúa sentado viendo como una familia penetra en otra con una sutileza de los mil demonios.

Cuando uno menos se lo espera, el chantaje hace su entrada. Habrá nuevo giro en la historia. Pero ya no puedo pecar más de spoiler. Solo aseguro que el tono tragicómico, tanto de la trama como del argumento, la hace una obra singular. Y conste que no es lo único memorable en la reciente propuesta de Bong Joon-ho.