Daniel Céspedes
COLUMNA
Daniel Céspedes
Rosita Fornés

Rosa Soto: “Ya soy parte de esta historia”

Lun, 06/22/2020

Algunos pudieron criticarle que no se retirara en tiempo, cuando su esplendor de vedette había pasado. Acaso se olvidaban que si el brillo puede ser relacionado con la lozanía y hasta con una supuesta ingenuidad de quien empieza en los escenarios, el glamour y, antes la gracia, son atributos de la artista que supo avanzar y destacarse en cuanto no sospechó. 

Rosa (Rosita) Fornés fue una inconforme para bien de ella y quienes la admiraban. Cantó y bailó en escenarios famosos de Cuba y el mundo. Demostró que podía actuar no solo cuando cantaba y bailaba, sino interpretar un guion, estar acorde con la puesta en pantalla, dejarse dirigir. Desde 1939, año en que incursionó por primera vez en el cine (Una aventura peligrosa), gracias a Ramón Peón, hasta Al atardecer (Tomás Piard, 2001), la Fornés, con una carrera imparable, quedaría en la memoria del registro cultural de la nación.

Los premios nacionales de Teatro (2001), Televisión (2003) y Música (2005) avalaron cuanto podía abarcar. No obstante, aún hoy, no siempre se atienden sus incursiones cinematográficas. Aunque, hay que decirlo, las más significativas vendrían mucho después del cincuenta y nueve, cuando tres directores tuvieron el acierto de llamarla para ofrecerle personajes de muy diferentes intereses y proyecciones. Ninguno de los tres quiso congraciarse o hacerle un favor a una personalidad en declive. No era su caso, si bien había actrices para escoger. Simplemente, Rosita Fornés, con experiencia para sacarle provecho, fue clave tanto en Se permuta (Juan Carlos Tabío, 1984) y Plácido (Sergio Giral, 1986), como en Papeles secundarios (Orlando Rojas, 1989).

El público tiende a quedarse con su excelente actuación en Se permuta, filme en clave de comedia en el que ella principia y estimula un conflicto que le sobrevendrá, sin sospecharlo, contraproducente. Con la obra de Tabío, vino a reafirmarse la popularidad, el carisma y la grandeza de una artista imponente. En Plácido lo revalidaría. 

Ahora, en Papeles secundarios, Rosita Fornés dejó (y aún deja) boquiabiertos incluso a intérpretes de métodos, academias e intuición. Su personaje de Rosa Soto recuerda aquello que escribiera el crítico José Alberto Lezcano a propósito del actor talentoso y el legítimo:

De un actor talentoso se dice que sabe sentir lo que hace, pero esa cualidad no es más que el resultado óptimo de saber pensar, ver y escuchar. Esto último se tiene en cuenta con menos frecuencia de lo que merece: el actor legítimo es un oyente agudo, responsable y calificado. Su oído recoge timbres y acentos, inflexiones y ritmos, que se integran a su organismo como una carga casi inconsciente, y afloran en la vida profesional cuando una íntima reacción lo hace acudir a esa caja de resonancias para traducir la agonía del perseguido, la impresencia del moribundo, la tristeza del derrotado, el espíritu burlón o la réplica farsesca. Sus palabras saltan, se equilibran, desarrollan breves encuentros y batallas campales, se alzan y caen para levantarse de nuevo en un concierto orquestado sin demasiados ensayos. [1]

Con Papeles secundarios, Rosita Fornés demuestra que es una actriz legítima. Rufo Caballero confesó una vez, en una de sus clases de apreciación cinematográfica, que la actuación de la Fornés o mejor, su personaje en el largometraje de Rojas, bastaría para hacer todo un libro. No es una exageración, pues Rosa Soto es el centro y el detonante del choque generacional y profesional en un teatro que es, a un tiempo, testimonio de época y extracto de la sociedad. 

Si en Papeles… se aplican de manera despiadada las relaciones de poder en un contexto de “encierro”, que evoca el mundo exterior y contrasta desde el inicio de la trama con este, es debido, en primer lugar, al personaje de la Soto. Luego está cuanto la apuntala en lo estético y en las soluciones que parten del propio guion, la puesta en escena en general, hasta detalles decisivos para la pluralidad de enfrentamientos directos e indirectos, físicos y psicológicos: encuadres fotográficos, variaciones en los tonos lumínicos, vestuarios, banda sonora, la renuncia al plano secuencia para que la tensión, que comprende momentos sutiles como las miradas y diálogos contrapuestos, se cuele en los espacios escenográficos y, montaje mediante, avive las diferentes perspectivas por antagonistas de los papeles principales con respecto a los secundarios. 

Tampoco deben olvidarse los cruzamientos entre literatura y cine que el guion bien aprovecha, los cuales afianzan los careos entre los miembros del grupo teatral.

Valga resaltar un pasaje muy ilustrativo, cuando Mirtha (Luisa Pérez Nieto) ensaya para interpretar a “La santiaguera”, “La jabá”, encarnada por Rosa Soto, le presagia: “Me horroriza el castigo que tendrás que sufrir. Para aspirar a tanto hay que poseer cualidades que te faltan”.

Es un fragmento de Réquiem por Yarini, de Carlos Felipe, que muestra, con anticipación, el destino de la representación de Mirtha. La Soto es consciente de las aptitudes de la actriz, pero no quiere que se salga con la suya. Con diplomacia irónica, le avisa a Mirtha, desde aquel fragmento de la pieza teatral, que no obtendrá cuanto quiere, o sea, el papel deseado. 

Hay muchas escenas para reparar en los cambios de tonos y sus respectivas intenciones, desde parlamentos en los que Rosa, el personaje, es casi la única que se expresa hasta en los diálogos con María (Leonor Arocha). Aunque ricos en alusiones a la vida de la Fornés son esos otros relacionados con la obra cinematográfica, como cuando dialoga con Alejandro en su oficina, acaso uno de los choques en gestos, palabras y otras acciones más vehementes y geniales del largometraje. Recuérdese este segmento:

Rosa: Mientras yo esté aquí la improvisación no pisará este lugar.

Alejandro: Rosa, pero tú sabes que ella puede, la has visto. Aunque solo tiene veinte años es buena actriz.

Rosa: No me hagas parecer reaccionaria. Hace cuarenta años, todo era más difícil y yo supe ganarme un prestigio. Ahora, todo a su tiempo. Aquí yo soy la responsable de cada decisión y si me equivoco no va a ser por un actor.

Acaso pueda el espectador advertir en Rosa Soto una tirana disgustada. No es errónea la apreciación, pues ella, que ha tenido mayores oportunidades que la Norma Desmond de El crespúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), representa la autoridad del teatro-refugio legitimador que, para decirlo con palabras de Fernando Savater, “ayuda a hacer crecer y en este sentido es lo opuesto a la tiranía, porque el propósito de la tiranía es mantener en la perpetua infancia, en la perpetua minoría de edad forzosa a los tiranizados”. [2] 

La dirección del teatro dependerá de sus decisiones. Rosa simboliza el poder legítimo y legitimado, mientras el recién llegado Alejandro (Juan Luis Galiardo) no llega a entender que su poder de mando se subordina a un deber de obediencia. “Yo no soy cualquier cosa”, le dice él a ella, para que más tarde Rosa le conteste: “Te voy a dar un último consejo: no nos van a ayudar ni a ti ni a mí, pero a mí me respetan”. 

Aun cuando por edición le eliminaran escenas o minutos a Rosa Soto que, según Rosita Fornés, eran capitales para entender el sentir y el conflicto de su personaje, ella reconocería, sin embargo, que en efecto su actuación en Papeles secundarios, era (es) su desempeño más importante en el cine. Apreciada la película hoy, a más de treinta años, como el clásico que es desde hace tiempo, personaje y actriz lo confirman. 

Notas:

[1] Lezcano, J. A. 2009: El actor de cine: arte, mito y realidad. Ediciones ICAIC, La Habana, pp. 38-39.

[2] Savater, F. 2000: Los caminos para la libertad. Ética y Educación. Editorial Planeta Mexicana, México, p.78.