Por Roberto Medina
Verde, verde, la más reciente película del cineasta cubano Enrique Pineda Barnet, sostiene un interesante diálogo intertextual con otras obras de arte. De ese modo expansiona su universo sígnico. En primerísimo término, a manera de prólogo y de contexto al tema fílmico, con las pinturas contemporáneas de la extraordinaria artista cubana Rocío García, gustosa de centrarse en los recovecos del alma homoerótica asentada en cuerpos de masculinidad exuberante. Por desgracia, estos cuadros mostrados en demasía, llegan a producir cierto agotamiento.

Escena del filme Verde verde, de Enriqe Pineda Barnet
A mi juicio, hubiese tenido mayor impacto el haber partido de ellos con más libertad, recreando con soltura las escenas de esos mismos cuadros en vitales acercamientos directos a las intrigas y lances de ese mundo peculiar en el cual transcurren durante algunas horas las vidas de las personas en un bar de ambiente proclive al juego, a las pasiones amorosas, a la ira y a la violencia; y no a mostrarlas como aquí ocurre, tan a distancia y a resguardo, bajo la mirada de un voyeurenel personaje del marinero encarnado por el actor Héctor Noas.
De haber desarrollado la cinta con esas intrigas subterráneas, potenciadas aflorando aquí y allá, aun en medio de esa peculiar observación, muy probablemente hubiera contribuido a lograr una menor dependencia visual hacia la presencia directa de los cuadros de esta pintora –cosa de la que se resiente–, al ser asumidos en cambio como el sustrato inmediato para la composición original de las escenas. Eso le hubiera conferido desde mi punto de vista, una marcada autonomía a esta parte del filme, y serviría aun más de inquietante antesala preparatoria, para lo cual fue concebido por el director, con una ganancia en la acentuación de las tensiones dramáticas que luego sobrevendrán.
Otra de las obras de arte referenciadas es la escultura renacentista del David de Miguel Ángel. El desnudo de esa monumental figura emplazada públicamente desde su creación, ha sobrecogido por su vigor corporal y su fortaleza sicológica. Es expresión de actitud de un hombre sereno, seguro de sí mismo, aun cuando está a punto de enfrentarse a un dramático desafío.
¿Qué función sígnica cumple? La de ser un punto axial para la mirada del observador atento, de servir de un modelo de conducta serena y equilibrada a seguir, al proponer pistas para afiliarlo a la figura sosegada del enfermero, mostrado como un personaje pasional pero reflexivo, de mayores valores personales frente a su torturado partenaire y antagonista, el joven invitado al apartamento (Carlos Miguel Caballero).
Sirve el David de figura mediadora. Por eso la escala reducida de su imagen contribuye, al componer los encuadres, a acercarlo a las proporciones naturales. El David resulta fotográficamente enmarcado entre los dos personajes en las escenas del hangar portuario convertido en apartamento, espacio donde transcurre el nudo de los principales acontecimientos. Es la propuesta sutil de usarlo como una escala referencial para medir los valores contrastados de esos dos personajes tan diferentes. De paso, sirve de referencia tangencial por omisión al jerarquizado y muy estimado dominio estético ejercido durante siglos por el desnudo femenino, en marcado detrimento a la temática y tratamiento del desnudo masculino.
La referida actitud más equilibrada del personaje del enfermero, la cual puntea hacia el modelo del David, se refuerza mediante la presencia del símbolo chino del yin y el yang, lo masculino y lo femenino, tatuado en uno de sus brazos, signo de armonía y de la dualidad constitutiva del ser, del equilibrio de la tensión entre dos fuerzas opuestas, alternantes. Esa idea de lo dual está asentada también desde antiguo en la cultura occidental, como dos lados opuestos formantes de un ser andrógino originario, escindido posteriormente en el transcurso de la historia, aspecto retomado por Sigmund Freud en sus teorías sicoanalíticas sobre la libido y la presencia de dos lados, uno masculino y otro femenino en los momentos más tempranos de la vida individual humana, cuando la sociedad todavía no ha marcado en el individuo las construcciones diferenciadas de los géneros, con independencia de la pertenencia a uno y otro sexo genitalmente.
Habrá quienes alcancen a ver también una alusión intertextual al cuadro El Narciso del pintor italiano Caravaggio,pero advierto, aparece violentando el propósito intencional de ese artista del éxtasis, alcanzado en la contemplación de la belleza de su imagen ante la charca que le sirve de espejo. Lo interesante es cómo esa imagen pictórica no es su doble sino su doble inverso, por la propiedad modificadora del reflejo, con cierta carga de vanidad y homoerotismo en la ambivalencia sicológica de su complacencia en la imagen de sí mismo.

Escena del filme Verde verde, de Enriqe Pineda Barnet
En Verde, verde opera en cambio una deconstrucción del trasfondo de esa imagen en los momentos finales ante el charco de agua en el piso, durante la simbólica huida del personaje visitante, al que el agua le devuelve una imagen especular terrible, tras haberse producido un irreversible desajuste de auto-reconocimiento entre la imagen mental de su ‘yo’, construida en su psique, y el ser real reflejado, con una carga semántica adicional de las implicaciones de las ideas de Lacan sobre la quiebra de las correspondencias sicológicas entre el sujeto y su imagen refleja.
De la transparencia de las aguas de la charca que devuelven la límpida imagen del rostro y del cuerpo de Narciso en Caravaggio, se ha pasado en Verde, verdea las aguas de un charco en el suelo que le devuelven la imagen agrietada y ensangrentada de su rostro, aquella reveladora de lo agreste y profundo de sí por tantos años ocultado a sí mismo y a los demás.
En las nuevas circunstancias, el resultado de toda esta experiencia de sucesos relatados en los que está envuelto, es el haberse quebrado ante sus propios ojos la imagen ideal forjada de sí mismo. Desde ese momento no cabe escapatoria ni refugio posible. Como en Macbeth de William Shakespeare, ya no habrá retorno. Después de rebasado un umbral, nada podrá limpiarlo, y le perseguirá definitivamente la carga de desesperación dramática que porta en su interioridad síquica. Resultado del arrebato por no asumir su homosexualidad, es el estallido y desmoronamiento definitivo de su antes orgullosa imagen interior, la cual, construida con sumo esfuerzo, era un subterfugio homoerótico enmascarado en una virilidad imaginaria con la cual se identificaba, aparentemente complacido.
Este personaje invitado al hangar va pasando de un estado inicialmente autocontenido a un angustioso desencadenamiento de la neurosis provocada por el esfuerzo de sofocar su reprimida homosexualidad, preferencia sexual anunciada en el filme en sus fracasados y repelidos contactos heterosexuales, en el rechazo de la mujer provocadora, abalanzada sobre él en el bar, deseosa de ser correspondida sexualmente.
Al efecto, conviene contrastar esa relación femenina con sus relaciones con ‘la dama seductora’, presente en el bar y en la casa del marinero. Con su presencia callada, contemplándolo, ‘la dama’ no está destinada a ejercer una función sonsacadora ni represora en Verde, verde; por el contrario, es consecuente con las apetencias, temores y anhelos más profundos, es una aparición en el fondo sobrecogedora para él, encargada de observarlo e invitarlo calladamente, en un secreto que solo sabe este personaje. Ha sido tratada esta figura con una visualidad encargada de resaltar su dignidad seductora y sensual, encarnada por nuestra afamada Farah María, quien desde sus inicios de cantante ha sabido cautivar al moverse en escena con el soberbio encanto de una gacela. Ahora devenida actriz, interpreta el papel con la cuidada sobriedad asignada por el director.
En la contraposición de los dos personajes acude otro dato. El enfermero aparece retratado junto a ‘la dama’ vestida de un color claro ¿Qué significa esto? Que la autoconciencia no es privativa de un individuo, aunque se manifieste en cada uno de ellos como singularidad. Es una propiedad o cualidad de todos los seres humanos. En unos se manifiesta como afirmación de la correspondencia entre su ‘yo’ interno y su ‘yo’ manifestado exteriormente. Ese es el caso de las personas equilibradas. No importa si se trata de las personas con una u otra orientación sexual. Se trata de la armonía alcanzada en el equilibrio compensado de las fuerzas que pulsan las pasiones y la razón en la construcción de la imagen de sí mismo. El otro caso es su opuesto, cuando la inarmonía responde al torturante estado, propio de los seres acentuadamente desequilibrados, que no se afanan en desentrañar sus contradicciones y alcanzar la paz consigo mismo, la cual conlleva alcanzar el estado de equilibrio.
Esas relaciones, de equilibrio o desequilibrio psíquico interior, aparecen codificadas en Verde, verdea través del uso simbólico del color en el vestuario de los dos personajes principales, a partir de la contraposición entre el valor claro y el oscuro, en el contraste de la luz y las sombras. De ese modo al lado de la claridad, se ordenan los valores elevados, la nobleza de alma; y al revés, del lado de los colores oscuros, se encuentran asociados la confusión, los tormentos de la mente y del alma, las fuerzas de lo destructivo.
El color claro es predominante en Héctor, el oscuro en Carlos Miguel, en una caracterización precisa desde una perspectiva sólida de la dirección de Arte. ‘La dama seductora’ asume como autoconciencia el color identificatorio del personaje asociado: claro, en la antigua fotografía junto al marinero, en expresión de relaciones armónicas entre ellos; vestida por el contrario de oscuro, en sus apariciones relacionadas con el personaje atormentado.
A ese enfrentamiento de las sombras y la luz se suma a nivel conceptual la contrapuesta asociación simbólica de la figura equilibrada del ‘justo’, aquel no es “capaz de hacer daño”, a diferencia de la figura del personaje atormentado por sus fantasmas interiores, quien desde el lado oscuro es capaz de llevar a cabo acciones nocivas, destructoras del otro con terribles consecuencias para sí.
En esa contraposición, el justo sale ganando pues no es acosado por fantasmas. Satisfecho de sí mismo, es expresión de armonía, complacencia y satisfacción de aquellos que se acercan a él para curar sus heridas. El camino dramático de su adversario es caer definitivamente sometido al mandato irrefrenable de sus deseos sexuales; por eso ‘la dama’ se encarga de entregarle las manos de aquel encargado de su simbólica posesión, ese ‘otro’ reclamado por sus ocultos deseos, a cuyos pies recibirá como castigo, de manera convulsa, angustiosa y con laceraciones, lo que debió ser entrega satisfecha y armoniosa a las inevitables trampas del deseo.













