Vampiros
en La Habana:
de la pantalla a la literatura
Está
equivocado quien imagine que el libro Vampiros en La Habana,
de Juan Padrón (Carlos Rojas, Matanzas, 1947), publicado por la
Casa Editorial Abril y presentado en la XVI Feria Internacional
del Libro, es la reproducción en historietas de ese ya clásico largometraje
del cine cubano de animación para adultos realizado en 1985, por
el propio Padrón. Otro tanto ocurre al que piensa que se trata solo
de la «novelización» del divertido argumento de la película, ubicado
en nuestra capital en los años treinta, a donde van a parar vampiros
de todo el mundo en un enfrentamiento por obtener la fórmula del
Vampisol, el antisolar que les permitirá, ¡finalmente!, vivir a
plena luz del día.
Juan
Padrón estructura esta primera novela en cinco capítulos, un delicioso
epílogo y una suerte de anexo que explica, derroche imaginativo
por medio, la historia del dialecto «Zarapunker», con bibliografía
y todo. Los tres primeros podrían devenir lo que en el argot del
cine contemporáneo se conoce como «precuela», pues recrean una sucesión
de hechos anteriores a los de esa «película de culto» que parten
desde las andanzas de los vampiros en las cordilleras de los Cárpatos
—aludidas algunas en la sintética narración como prólogo del filme—
y que culminan en el fiasco de la primera prueba del milagroso brebaje,
calificado como «el fatídico Día de la Cagazón de los von Drácula»
por el autor, con su inveterado humor, extensivo hasta los mismísimos
nombres de los personajes. Las peripecias conducen al inventor y
a Pepito, rodeados por la tropa de «pasmati», el fiel Bruno y el
sanguinario perro Adolf, a seleccionar, por inexplicables razones,
a La Habana para su destierro y confinamiento en una casona cercana
al mar, provista de un buen sótano para la forzosa siesta prolongada
durante todo el día.
Desde
este momento, el libro narra las andanzas del niño a quien, ignorante
de su condición, le repugnan los mangos y otras frutas tropicales,
hasta que se aclimata, ¡y de qué manera!, secundado por su amigo
Negro. Ya en el año 1929 son unos muchachones que, sin dejar de
disfrutar sus primeras escaramuzas sentimentales, no dudan en dar
la cara ante los desmanes de la policía machadista. Con el cuarto
capítulo se inician las conocidas aventuras, venturas y desventuras
del trompetista Joseph, que tanto disfrutan los espectadores de
la delirante película una y otra vez, sin dejar de reírse por las
ocurrencias de un guión condimentado con chispeantes diálogos e
hilarantes situaciones.
Padrón cuenta que la idea de la novela
fue del editor Jorge Oliver, quien le incitó a escribirla, todo
un reto para el cineasta, acostumbrado a los guiones de sus animados
que no son literatura sino imágenes y diálogos, para ser realizados
luego mediante dibujos. Inicialmente, pensó en una suerte de «cuentorieta»,
al estilo de Luis Lorenzo, con el texto mezclado con dibujos, pero
llegó a entusiasmarse tanto con el proceso de escritura, que consagró
no pocas madrugadas a la redacción de capítulos completos. Al mismo
tiempo, concibió un conjunto de viñetas en blanco y negro, muy dramáticas,
según él. Esta cuidada edición, a cargo de Lilian Sabina Roque,
incluye hasta una retozona silueta de un vampiro que abre sus alas
sobre el número de las páginas.
El libro permitió
a Padrón retomar un período histórico, el de los años treinta, del
que vive permanentemente enamorado. Si en la serie de su emblemático
Elpidio Valdés, la investigación preliminar en museos y documentos
originó un libro sobre el armamento de la época, tanto en esa magistral
sátira del cine de horror que es Vampiros en La Habana, como
en la novela homónima, se respira el rigor en el tratamiento de
esa etapa por medio de las descripciones de la ropa, el ambiente,
los tranvías, los carros, etcétera.
La
experiencia divirtió en grado superlativo a un creador dotado de
una considerable dosis de humor
negro, que comunicara a sus numerosas tiras humorísticas, protagonizadas
por verdugos y vampiros, primero en las páginas de «El sable» —suplemento humorístico del diario Juventud Rebelde—,
allá por 1967; muchos años después, a los chistes de la serie de
animación Filminutos; y ahora, a esta primera incursión en
la literatura. Le seguirá una anunciada segunda parte: El Vampiring
Comando, en la que Pepe luchará no solo en la Segunda Guerra
Civil Española, sino que quizás la trompetica que tanto molesta
a los vecinos habaneros en sus serenatas nocturnas, resonará en
medio de las trincheras de la Segunda Guerra Mundial, a donde va
a parar.
Estamos seguros que no habrá que esperar demasiado para
leerla ante el éxito obtenido entre los lectores, que devoran con
fruición esta criollísima traslación a nuestro ámbito, de lo que
Juan Padrón considera como unas criaturas que le daban siempre gracia
en vez de miedo: «Son unos pobres infelices que tienen que huirle
al sol, no pueden oler ajo y, por demás, duermen en un ataúd».