El amor en los tiempos del cólera se filmó en Macondo

Como se inician la gran mayoría de las crónicas: era un día cualquiera, nada especial. Estaba de vacaciones en la ciudad de Cartagena de Indias, conocida por sus edificaciones españolas que datan del siglo xvii, y se me terminaban los días para devolverme a Bogotá, donde resido. Soy cartagenero, pero el haber elegido el cine como mi estilo de vida me obliga a vivir en la capital del país, dado que todo lo relacionado con el séptimo arte colombiano generalmente nace, vive y muere allí. Todo, menos lo que comenzó en ese día cualquiera que, al mismo tiempo, era nada especial.

Un amigo me llamó a mi teléfono móvil con el propósito de que ingresara a un equipo para el cual él estaba trabajando. Según me comentaba, era una tarea apropiada para un cineasta como yo. Pero me especificó que los detalles me los darían al arribar al hotel donde el grupo estaba alojado. Algo me decía que sería un trabajo más, de un día cualquiera y nada especial. Me entrevisté con un personaje de rasgos latinos, pero con una mirada que delataba su procedencia extranjera. Era una mirada ingenua y que confiaba a ciegas en la palabra de cualquiera que le prometiera algo sin que le temblara la voz. No buscaba saber mucho de mí, simplemente asegurarse que estaba apto para el trabajo que aún yo desconocía. Me llevó a su habitación en el hotel, para darme las primeras instrucciones. Al abrirse la puerta, lo primero que vi fue un pequeño computador portátil rodeado de millares de hojas sobre una mesa, y otras pegadas a las paredes con fotografías de muchos sitios de Cartagena. Hasta ese instante no solo desconocía mi futuro trabajo, sino que tampoco sabía para quién iba a trabajar. Confiaba en el criterio de mi amigo. Sin embargo, el sosiego no me llegó hasta que conocí al que sería mi jefe: un hombre de baja estatura pero con el mal genio de un gigante. Fácilmente podía estar colaborando para una empresa terrorista que tenía estudiada hasta las ratoneras de mi ciudad. Para rematar, este señor, con pelo nevado y acento australiano, me extendió su mano y se presentó bajo el nombre de «Wolf» («Lobo» bien podía ser su código entre agentes encubiertos).

El escritor Gabriel García Márquez.Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar cuando Wolf me señaló un libro, del cual no me había percatado que yacía junto al computador (El amor en los tiempos del cólera) Love in the Time of Cholera, de Gabriel García Márquez y me preguntó:

–¿Lo conoces?

–Claro, lo he leído un par de veces –respondí sin dudarlo.

Wolf tomó el libro, que tenía marcas con papeles de colores en casi todas las páginas, y me fue explicando el porqué de cada una de las imágenes pegadas a la pared, que no eran más que semblanzas de los distintos espacios que el célebre autor del libro describía en la historia. En ese momento me percaté de que acababa de ser contratado para trabajar en el Departamento de Arte de la versión cinematográfica del que, entre sus libros, es el favorito del premio Nobel de Literatura colombiano. Tras esa noticia, intenté disimular mi sonrisa todo lo que pude, pero fue tan evidente que Wolf y el extranjero de rasgos latinos, me preguntaron casi en coro:

–¿Qué?

A lo cual respondí sin chistar:

–Bienvenidos a Macondo.

Seguramente usted, como lector, pensó lo mismo que mis interlocutores, creyendo que lo decía como una manera bonita, tropical y autóctona de saludarlos. Pero no. No, no, no. Lo decía porque aún desconocían lo que era realizar una película en Macondo.

Macondo los saluda

Muchos de esos sitios registrados por la cámara fotográfica de Wolf solamente habían sido tomados por fuera y para que el director del filme diera su visto bueno, necesitaba saber qué escondían en su interior. He aquí dónde surgió el primer choque de «Mentalidad de País Desarrollado» versus «Mentalidad Macondo».

Las personas encargadas del departamento de locaciones, escribieron numerosas cartas para pedir permiso a los dueños, con todas las formalidades del caso y con los márgenes que exigen las normas internacionales para este tipo de documentos. Las firmaron con trazos grandilocuentes y las metieron en sobres estilizados. Al ser recibidas estas cartas, se les prometió respuesta en tres días hábiles, con lo que los encargados de este departamento pidieron paciencia por una tripleta de días. Pero en el universo de Macondo, las matemáticas funcionan de otra manera: 1 + 1 en un país desarrollado es igual a 2, en Macondo es igual a «depende». Pasaron tres, seis, doce días y la respuesta era la misma: «Llame mañana».

Entonces, siguiendo la fórmula matemática de Macondo ¿cuál fue el «depende» que funcionó en este caso? La respuesta estaba en Salvatore Basile, un actor italiano que, años atrás, se enamoró no solo de Cartagena de Indias sino de una mujer que luego se convirtió en su esposa. Este era un personaje de casi tres metros de altura, una barriga infructuosamente controlada por una dieta de su esposa y un extraño acento que combinaba el de la región caribe colombiana con el de su natal Italia. Un personaje digno para estrella del cine y por eso mismo era conocido por todas las personas de la ciudad.

Salvo, como lo llamamos sus amigos, llevó a Wolf y a los del departamento de locaciones a cada uno de los sitios requeridos, sin citas previas, sin cartas y sin enfrentarse a obstáculos. Es simple: en Macondo, la mejor carta de presentación es tener de tu lado a alguien de la farándula local. Muchas puertas se abren a cambio de una foto o un autógrafo. ¿Irracional o mágico? La respuesta es «sí» a cualquiera de las dos opciones, pero funciona a la perfección.

En el momento que noventa por ciento de las locaciones estaban escogidas, el director decidió mudarse a Cartagena de Indias por el tiempo que durara la película. Trajo detrás un equipo técnico que creció a la misma velocidad de una bola de nieve al caer por una montaña empinada. De las cinco personas que conformábamos el equipo técnico inicial, nos convertimos en poco más de quinientas.

La película era una ciudadela en sí misma, en la que para saber cómo se llamaba tu vecino tenías que leer el carné de identificación que colgaba alrededor de su cuello. Era tal la cantidad de gente, que con facilidad se hubieran podido organizar partidos de fútbol entre departamentos (algo así como Fotografía vs. Arte, Actores vs. Sonido), con banca de suplentes, equipo B, porristas y hasta aguateros. En ese instante también conocí la alineación titular de un equipo lleno de estrellas: Ron Harwood en el guión (Oscar al Mejor Guión por El pianista); Affonso Beato como director de fotografía (Todo sobre mi madre); Wolf Kroeger en el diseño de producción (El último de los mohicanos); todos liderados por el director británico Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral), a quien los macondianos bautizaron con el sobrenombre de «Harry Potter», por las gafas que lucía, y por una extraña semejanza con el personaje –en sus años maduros–, aunque también por una directa referencia a su última película dirigida antes de arribar a Cartagena de Indias (Harry Potter y el cáliz de fuego).

Un auténtico dream team. Ahora, este equipo de galácticos, ¿estaba listo para jugar en el estadio de Macondo?

Por un lado, trajeron su propia magia. Por ejemplo, recordemos un sitio muy conocido del libro, el burdel de Lotario Thugut. La locación escogida fue un hermoso tercer piso con una gran vista del sector histórico, con mucho espacio y un ventanal en el techo por donde entraban toneladas de luz. Desde que fue visto el lugar, se le consideró ideal:

¡Es perfecto! Lo único sería poner un bar en esa esquina, llenar esto de mesas, todas las paredes tendrán un hermoso mural primitivista, quitaremos todas la conexiones eléctricas, y pintaremos el sitio de tal forma que parezca que estuviera envejecido.

Si traducimos las anteriores palabras a un español cotidiano, es como si hubieran visto a una hermosa supermodelo y hubieran exclamado:

¡Es perfecta! Lo único sería cambiarle el color del cabello, le añadiremos dos tallas a su busto, terminaremos de tornear su cintura como nunca lo podría lograr un gimnasio y la vestiremos con prendas de alta costura.

Y por más exagerado que suenen los anteriores parlamentos, lo lograron tal cual como fue dicho. En la transformación a un burdel, me refiero. El espacio lo poblaron con carpinteros, con una de las muralistas primitivistas más reconocidas de Colombia y una sudafricana cuya labor consistió en envejecer el sitio en apariencia, con la sola ayuda de una brocha gorda. Luego de terminado, de lo único que estoy seguro es de que no parecía un set de cine: era más real que la realidad. Se sintió en la locación el olor, la sensación de mujeres provocativas y de hombres lujuriosos.

No fue el único momento que vi brotar esa magia. Si consideraban que una locación necesitaba tres inmensas palmeras –por decoración o para tapar señales de modernidad como postes de luz–, en el sitio señalado aparecía ese trío y unas cuantas más de repuesto aguardaban a un lado, por si las escogidas no funcionaban. Si requerían carruajes de finales de 1800, estos llegaban a escena, de algún lugar de Colombia, de todas las formas, colores y sabores. Por definirlo en pocas palabras: jugaban a ser Dios.

Cuando algunos escenarios ya habían sido terminados y estaban listos para el rodaje, llegaron a Cartagena de Indias los actores, encabezados por los dos protagonistas. Para el papel de Florentino Ariza, fue escogido el español Javier Bardem, quien se convirtió en una estrella mundial gracias a su papel de Ramón Sampedro en Mar adentro. Para ser sinceros, esta elección no me gustó nada. Nadie puede negar el talento histriónico de Bardem frente a una cámara. Pero él es una persona de una presencia arrolladora, un carisma legible por el más insensible y con un físico capaz de llevar a sus sábanas a cualquier mujer. En otras palabras: lo opuesto al Florentino Ariza descrito por García Márquez en el libro.

Para el personaje de la mujer que Florentino perseguiría por cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días, Fermina Daza, se escogió a la italiana Giovanna Mezzogiorno muy conocida en las tierras del Viejo Mundo por su papel en el filme El último beso. Ella era una mujer delgada de ojos claros penetrantes, tez blanca y según su registro de nacimiento tenía más de treinta años; no obstante, a simple vista, pocos le ponían más de veintiuno. En otras palabras: muy distinta a la Fermina Daza con rasgos latinos descrita por el novelista.

Sin embargo, lo que demostraron con los primeros ensayos es por qué eran y son considerados estrellas del séptimo arte. Bardem, luego de un cuidadoso estudio de imágenes con personajes comunes y corrientes de la época, se mutó en un hombre insípido y escuálido con una poderosa personalidad: era Florentino Ariza. En sus tiempos libres se convertía en Javier Bardem. Me recordó su alto nivel camaleónico, evidenciado en el filme Los lunes al sol, del gran Fernando León de Aranoa.

Giovanna Mezzogiorno no tenía los ojos almendrados de Fermina Daza, pero logró impregnar con sus ojos claros la sensación de sofisticación y testarudez clásicos del personaje. Era extraño, porque ella es una mujer menuda, que en una discoteca confundirías con una «amiga de la amiga de la amiga». Pero cuando Fermina brotaba en ella, había obligatoriamente que dar un paso atrás, porque en ese instante era poseída por el Primer Mandamiento Femenino, que el personaje siempre ostentó con dignidad: «Nunca aceptarás estar equivocada.» Su cuerpo era manejado como un títere por Fermina y los ojos masculinos eran atraídos sin pudor hacia esa mujer imposible que todos deseaban conquistar.

Su rango de estrellas no impidió que fueran recibidos al estilo de Macondo. Por lo menos, Giovanna Mezzogiorno sé que no lo olvidará.

Para su estancia en Cartagena escogió un bello apartamento de la zona histórica, de esos que han salido en todas las revistas de decoración. Pero ese sitio tenía una particularidad única que surgía con precisión a las tres de la mañana: un gruñido, acompañado de un constante golpeteo, dentro de un closet. Corrijo: en algún lugar del closet, porque cuando ella lo abrió seguía el gruñido, seguía el aleteo, pero estaba vacío. Lo que la obligó a correr despavorida del lugar. Al día siguiente, desarmaron el guardarropa en su totalidad y encontraron detrás... una pareja de lechuzas. Habían hallado un hueco, que seguro desconocía el arquitecto del edificio, y así terminaron detrás del closet, donde la actriz de la película las escuchó mientras se manifestaban su amor animal. Las lechuzas luego fueron bautizadas con los nombres de Florentino y Fermina.

Luces, cámara... Macondo

Con los sets iniciales listos para el rodaje y los actores entrenados con un coach vocal para tener un inglés con acento del Caribe colombiano, se realizó un festejo en un conocido bar de la ciudad. Como en esta ocasión no era obligatorio para nadie llevar foto con nombre colgando del cuello, no podría decir siquiera que la gran mayoría de las personas que vi en esa celebración trabajaban en la película. Asumo que sí, pero en Macondo no tiene nada de extraño que muchos lograran inmiscuirse en la confusión para conocer de cerca a aquellos que eran nombrados, una y otra vez, en todos los medios de comunicación locales.

Desde ese instante en adelante, la ciudad entera se convirtió en un gran estudio de filmación, con distintos sets separados por unas cuantas cuadras. La Plaza de la Independencia, donde está ubicada la gobernación del departamento de Bolívar, se convirtió en un mercado público de antaño; la Escuela de Bellas Artes, en una de bachillerato para alojar a América Vicuña y carros antiguos, que hoy día solo se usan como un bello transporte de recién casados (razón por la cual todos los que planearon matrimonio en esa época tuvieron que buscar un plan B). Hasta fue transformado un inexpresivo remolcador comercial en una fastuosa réplica de un barco impulsado por vapor del siglo xix. Mientras en un lado de la ciudad estaba un escenario poblado por actores y extras, en otro lugar distinto, se preparaba el set siguiente en que después entrarían el director y su corte de guerreros. Pero ahora que los actores habían llegado, en Macondo había surgido un peculiar interés.

Muchos de los objetos que componían las escenas, como mesas, escaparates, escritorios y lámparas, entre otras cosas, fueron alquilados en las propias casas de los cartageneros. Lo curioso es que cada abuelito que se desprendía por unos días de aquel objeto que lo acompañaba por varias décadas, exigía lo siguiente: «Quiero que mi escritorio sea el de Florentino.» Mientras las abuelitas interrogaban con tono policiaco imperativo: «¿Este escaparate va a ser el de Fermina?» Lo que ganarían por el alquiler solventaría muchas de las deudas que tenían, pero el dinero no era lo importante. Ellos maniobraban, con la destreza de un manager hollywoodense, la carrera hacia el estrellato mundial de sus escritorios o escaparates.

Y así se inició el proceso más notorio de esta producción con presupuesto de cincuenta millones de dólares, una cantidad mediana para un filme de tales proporciones. Aunque si lo traducimos a un entorno latinoamericano, con ese dinero se rodarían unas cincuenta películas con todas las comodidades del caso.

Por eso, el lujo de habilitar trailers para los actores principales era casi surreal y en la tierra de Macondo tocó resolverse acondicionando containers, los cuales son usados normalmente para transportar mercancía en los buques de carga. Les instalaron aire acondicionado, un espejo, una silla y... ¡Listo! Un «trailer macondiano».

Luego de extenuantes horas de rodaje, los actores demostraban que el realismo mágico se había apoderado de ellos, al organizar fiestas sin igual. Recuerdo mucho la de Javier Bardem. La invitación decía que era obligatorio ir vestidos de la manera en que lo haríamos para ir a la playa. Cualquier desobediencia al código de etiqueta, implicaría una «sorpresa». No quise ser el sorprendido, pero lo fui al ver una estela de arena que salía de la entrada de la casa donde había sido convidado. Indicaba el trazo a seguir hacia un interior que había sido tapizado en su totalidad con arena de playa, mientras imágenes acuáticas eran proyectadas en las paredes y música tropical se apoderaba del silencio. Los invitados departían en sillas playeras, jugaban con pelotas inflables, tomaban cócteles servidos en cocos y, lo mejor de todo: las mujeres bailaban luciendo sensuales bikinis.

Ahora, voy a responder una pregunta que me han hecho desde diversos ángulos y que seguro tú, estimado lector, también la tienes: ¿Es cierto que ese tipo de fiestas está llena de orgías y cosas así desquiciadas? Lo respondo con una palabra: ¡ojalá! Hubiera sido mi sueño hecho realidad. Y después de una noche así, me hubiera suicidado. Pero no por otra razón distinta a que esta se convertía en una meta insuperable para mi vida y me hubiera frustrado de ahí en adelante. ¿Orgía con famosas? Confirmaría que Dios escucha mis plegarias. Pero no. Lástima que no. Fue una fiesta común y corriente. Tan común y tan corriente como aquellas que tienen alcohol sin límites, comida tipo gourmet y estrellas mundiales del cine. Bueno, más o menos común y corriente. Aunque... común y corriente para Macondo.
Responderé a otra pregunta clásica que suele seguir a la anterior: ¿Qué tal los actores, estrellas o estrellados? También tiene una respuesta sencilla: son personas comunes y corrientes que fueron a realizar su trabajo, que en ese caso es el de hacerse pasar por otra persona. Tienen sus días geniales y otros en los que, con una mirada, destrozan a cualquiera. Tan amables como nosotros al encontrar parqueo en hora pico o tan energúmenos como cuando nos enteramos que nuestra pareja nos ha puesto los cuernos. Son hechos con el mismo material que nosotros, provienen de la misma fábrica.

Aunque si deseas un ejemplo, con quien más tiempo tuve para departir fue con Héctor Elizondo, visto recientemente en la película Los diarios de la Princesa, y quien en este filme personificó a Don Leo. Me pareció un hombre sincero. Sincero de corazón. A todo extranjero se le pregunta lo mismo de siempre para romper el hielo: «¿Te ha gustado la ciudad? ¿Qué tal la comida? ¿Qué tal las mujeres?» Y por un simple sentido de supervivencia a no meterse en discusiones bizantinas, suelen responder así:

1. Claro, es de las más bellas que he visitado. 2. Deliciosa, me encantó el (inserte aquí un plato típico). 3. Sin duda, las más hermosas del mundo.

En cambio, las respuestas de Elizondo fueron así:

2. El sector histórico es bello. Pero la ciudad es muy desorganizada para mi gusto. 2. Tiene mucha sal y especies, ¿no te parece? 3. Muy curvilíneas, ¡me encantan! Pero amo más a mi esposa, no te equivoques.
El rodaje transcurrió como el resto de los rodajes. Se repetían las tomas hasta llegar a la ideal. El público buscaba cualquier rincón para ver a los actores, incluso ofreciéndose a trabajar gratis como extras. El director se emocionaba como un niño ante cualquier detalle de la imagen. Y por tres meses se repitió esto una y otra vez.

Fin de rodaje

Portada de la edición cubana (1986), de la novela “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez.El proceso de preproducción y la producción sufrieron varios tropiezos. Por una parte, la naturaleza no colaboraba en lo más mínimo al llover en los momentos más inesperados. ¿Ya te dije que filmaban en Macondo? A las nueve de la mañana había un sol radiante, incluso hasta asfixiante. A las nueve y un minuto desaparecía y las nubes en un santiamén se convertían en una amenaza grisácea. A las nueve y un minuto y treinta y tres segundos caía en la ciudad una lluvia tropical, acompañada de escandalosos truenos.

Por el lado humano, muchas personas desfallecieron en el intento de rodar la película. Renunciaban a mitad de camino porque creían que en algún momento todo colapsaría. Eran videntes del Primer Mundo, porque los de Macondo ya sabían, que pese a ser un lugar inundado por contradicciones (por ejemplo, el dólar baja, pero el precio de la gasolina solo sube), a fin de cuentas todo se resuelve haciendo el proceso mucho más divertido. Es de aquellas experiencias que marcan.

Tan es así, que cuando se declaró el fin del rodaje de El amor en los tiempos del cólera con otra fiesta para el equipo de la película y para aquellos que se supieron colar, todos buscaban afanosamente un souvenir. A unos les bastaba un abrazo, ya no de aquellos ídolos inalcanzables, sino de los que se habían convertido en sus amigos. Otros tomaban fotos prohibidas de los escenarios con sus teléfonos móviles. Un grupo más material buscaba algo más tangible, como un pedazo cualquiera del «Nueva Fidelidad», el buque a vapor en el cual Florentino y Fermina consumaron su amor. Mientras los últimos, más afortunados, no dejaron que desarmaran la escenografía de sus casas. Todos se desvivían por la búsqueda de un recuerdo, como si pensaran que lo acontecido no se pudiera repetir. Es más que obvio que sucederá muchas veces más, si no, no sería Macondo.

¿Y ahora...?

Con esta crónica, antes que saciar la curiosidad sobre cómo se realizó la versión cinematográfica de El amor en los tiempos del cólera, surge una respuesta a otra pregunta reiterada: ¿Va a ser una buena película? Nadie lo sabe. Solo cuando se haya visto el filme completo y editado. El resto es pura especulación y ocurre así con todos los filmes. Pero si especulamos, preferiría hacerlo con alguien que conoce de cabo a rabo la historia: el propio Gabriel García Márquez.

Tuve el placer de que él leyera un guión para largometraje que escribí, el cual a su vez será mi opera prima. Le gustó tanto que me otorgó una beca para asistir a un curso dictado por Fernando León de Aranoa (aquel que dirigió a Javier Bardem en Los lunes al sol) y por él mismo, en la Escuela de San Antonio de los Baños, en Cuba. En los días de ese taller, aproveché para mostrarle detalles del rodaje de El amor en los tiempos del cólera a través de fotografías. Para ese momento, día tras día, había recibido llamadas de los productores de la película pidiendo consejos y aclarando dudas que tenían acerca de la historia. Curiosamente, no había visto ninguna imagen del rodaje, con lo que todo era una sorpresa. Abrí mi computador portátil y empecé mostrándole una imagen de Javier Bardem, en su personificación de Florentino. García Márquez sonrió primero para sí mismo y luego dijo, para todos los que nos rodeaban, señalando la pantalla con la misma emoción de un niño: «¡Florentino! ¡Qué buen Florentino!» Luego hundí una tecla y apareció Giovanna Mezzogiorno. Esta vez se adelantó Mercedes, la esposa de García Márquez, para decir: «Linda. ¡Qué hermosa es esa mujer!»

–Es distinta –luego de una pausa, el escritor continuó–. Pero mejor que mi Fermina. ¡Hey! Esta debería ser la italiana de tu película –me dijo García Márquez mientras me miraba tan seguro como el hierro. Y no dudo que pueda tener toda la razón, pero mi presupuesto de filme independiente no se acerca en lo más mínimo al de aquella superproducción. Eso sí, si por casualidad llegase a interesarse en el papel, confirmaría que Dios escuchó mi segunda plegaria. Después seguí con Benjamin Bratt quien representó al antagonista, el Doctor Juvenal Urbino.

–¿Cómo se llama él? –me preguntó.

–Benjamin Bratt. Es un actor estadounidense de descendencia...

–No –me interrumpió–. Se llama Juvenal. Esa es su mirada.

Por último, le mostré varias imágenes de los escenarios recreados y casi como si estuviéramos en un concurso de televisión, él los adivinaba uno a uno. Acertó en todos, para al terminar decir lo siguiente:

Lo que todos tenemos en la cabeza, es distinto. Mi Florentino es diferente al tuyo. Mi Fermina no es igual a la de Mercedes. Y así. Yo lo escribí de una manera, pero cada lector lo asume como le da la gana. Ahora, esta manera del director de la película de ver la historia me gusta bastante. Nunca pensé que captaran las atmósferas tan bien. Me gusta, me gusta bastante.

Y así, estimado lector, terminó mi historia macondiana en la versión cinematográfica de El amor en los tiempos del cólera. Ahora empieza una nueva historia pero como fanático del libro, quien espera con ansiedad su estreno en la Navidad de este año 2007. Ojalá saliera antes. Así confirmaría que Dios escuchó mi tercera plegaria.

Juan Pablo Bustamante Restrepo
(Cartagena de Indias, Colombia, 1978), director y guionista. Se graduó como Maestro en Artes Visuales, con énfasis audiovisual, de la Universidad Javeriana de Bogotá, donde escribió y dirigió dos de sus cortometrajes más reconocidos: Alma de Guerrero y Cartagena de Indias: una historia de cinco elementos, un documental que hasta la fecha ha vendido más de veinticinco mil copias. Participó en el equipo del Departamento de Arte de la versión cinematográfica de El amor en los tiempos del cólera, que estuvo a cargo del inglés Mike Newell. A comienzos de 2008 dirigirá su primer largometraje llamado Lecciones para un trío, su opera prima.