El año rojo
Política, sociedad y cultura en 1968

                                                                               «Yo he preferido hablar de cosas imposibles
                                                                                   porque de lo posible se sabe demasiado.»

                                                                                                                     Silvio Rodríguez,
                                                                                    Resumen de noticias (20 de enero, 1970)

Entender las secuencias del período revolucionario como algo más que retroproyecciones del presente, de sus temas recurrentes y hábitos de pensamiento, requiere una historia que rebase tanto los amaneramientos de las hagiografías como los de las teleologías escépticas. Para algunos que no las vivieron, o solo lo hicieron como espectadores distantes, las décadas de los sesenta y los setenta en Cuba se aprecian apenas como anticipaciones de los prodigios o males posteriores, aun los presentes. Esa historia necesaria no se debe confundir con la mera recolección positivista de hechos ni el recuento de testimonios personales, que intentan remplazar el análisis histórico, y que revelan una vasta ineptitud para captar las más elusivas claves de una época, esto es, su conciencia social y su cultura política.

Estas notas no se proponen narrar los avatares y pormenores de aquellos años, ni suministrar municiones a sus apologistas o detractores. Solo intentan analizar su cultura y su conciencia social como partes de una foto mayor –mejor sería decir de una película mayor–: la de nuestra real historia política y social.

Hacia 1968: el proceso político y la cultura socialistas

Al iniciarse 1968, apenas siete años nos separaban del ataque de Playa Girón; cinco de la crisis de los misiles; tres de que Cuba había quedado prácticamente sola en el hemisferio; dos del fin de la guerra civil en el Escambray; y apenas tres meses de la muerte del Che Guevara en Bolivia.

En medio de la situación de mayor aislamiento diplomático y económico de todo el período revolucionario, el país estaba sometido a un asedio triple: la aguda amenaza que representaba la impunidad de Estados Unidos en el clímax de la guerra de Vietnam, el ostracismo del resto de los gobiernos de la región y, por último, aunque no menos importante, las presiones para que la Revolución se alineara ante el conflicto chino-soviético. El desafío de construir un socialismo distinto y distante de los modelos soviético y chino, ponía al máximo el espíritu de defensa de la nación en su camino independiente, la vista fija en el ideal de una sociedad superior.

Aquel encaminamiento en solitario se mantenía sobre la dramática certidumbre de que Cuba sería la primera sociedad en experimentar formas comunistas de organización y convivencia social. Un año antes, en enero de 1967, Fidel había anunciado que en tres pequeños pueblos rurales –San Andrés de Caiguanabo, Banao y Gran Tierra– se empezarían a experimentar formas comunistas de vida y organización social. Aquellas comunidades funcionarían bajo un sistema de máximo bienestar y mínimo uso del mercado y el dinero, que «tiene que ver mucho con la concepción general de la forma en que nosotros queremos edificar el socialismo y de la forma en que nosotros queremos edificar el comunismo».1 Naturalmente, en aquel ensayo de comunismo, el Estado no cedía sus funciones a la sociedad, sino al contrario, las concentraba todas.

Aquella utopía desafiante era algo más que un simple acto de voluntarismo o extremismo jacobinista –como podría juzgarse desde hoy–, era parte de toda una concepción del socialismo, opuesta a la de los manuales soviéticos:

       [...] en un mundo donde muchas ideas reaccionarias ganan fuerza [...] aun bajo supuestas banderas
        revolucionarias, aun esgrimiendo
la terminología marxista-leninista, nosotros nos adentramos enarbolando
        ideas revolucionarias.

San Andrés de Caiguanabo no era así un mero falansterio utópico, sino un argumento en una intensa polémica de ideas y teorías sobre la revolución socialista, en la que se involucraban no solo la vanguardia política y los intelectuales orgánicos, sino numerosos ciudadanos.

En efecto, la democratización del debate teórico, junto a la articulación entre el trabajo intelectual y la praxis social, eran ejes centrales de aquella manera de pensar:

       No sé cuántas veces ustedes se han preguntado cómo en la práctica se puede llegar a una distribución
       comunista de los bienes que el hombre produce. Sobre eso hay muchas teorías, […] y mucha bobería
       (RISAS). Ahora, nosotros tenemos que escribir la nuestra. Esa teoría nuestra no la va a escribir un
       científico, no la va a escribir una élite intelectual […] La cultura dejará de ser cuestión de élite cuando
       pertenezca a todo el pueblo (APLAUSOS PROLONGADOS).2

Los que aplaudían no eran cuadros del gobierno ni militantes del Partido, sino estudiantes, profesores e intelectuales universitarios reunidos en la Escuela de Letras y Arte, en agosto de 1967, quienes a la sazón leían y debatían intensamente en torno a aquellos mismos temas.

Como un producto directo de aquella cultura política predominante, y de la poderosa demanda de un marxismo alternativo al soviético generada por la política revolucionaria de este período, apareció Pensamiento Crítico, en febrero de 1967, con el fin de responder «a la necesidad de información que sobre el desarrollo del pensamiento político y social del tiempo presente tiene hoy la Cuba revolucionaria».3 Se trataba de asimilar, de una manera crítica y provechosa, el llamado marxismo occidental, y aun el pensamiento y las ciencias sociales no marxistas. La vocación de fomentar una cultura socialista no detrás de una cortina de hierro o de una muralla, sino en un intercambio constante con las ideas más avanzadas del pensamiento social, la ciencia y la técnica marcaban el tipo de desarrollo social que la modernidad de la Revolución preconizaba.

No eran un secreto las profundas diferencias entre la línea del socialismo cubano, de un lado, y la soviética y la china, del otro. En su carta del 16 de abril de 1967 a la Tricontinental, el Che Guevara las formularía en términos nada filosóficos:

       [...] también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte
       inviolable del territorio socialista […] Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y
       zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias
       del campo socialista.

 Además del fragmento archicitado de «Crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna», este mensaje se extiende en argumentos particulares contra el divisionismo chino-soviético:

       […] no podemos tomar partido por una u otra forma de manifestar las discrepancias, aun cuando
       coincidamos a veces con algunos planteamientos de una u otra parte […] En el momento de la
       lucha, la forma en que se hacen visibles las actuales diferencias constituye una debilidad; […]
       querer arreglarlas mediante palabras es una ilusión.4

Si los grandes eventos de la épica revolucionaria de la primera mitad de los sesenta evocados antes –Playa Girón, la Crisis de Octubre, la Limpia del Escambray– estaban todavía frescos, los conflictos internos e internacionales que les dieron lugar seguían en alta tensión. En 1966-1968, el terrorismo contra la Revolución desde bases en Florida y el Caribe mantenía una guerra no tan encubierta, con sabotajes, ataques contra embarcaciones y embajadas cubanas, secuestros de naves, etc. Si bien en 1962 John F. Kennedy se había comprometido verbalmente a no invadir la Isla, desde la base naval en Guantánamo se disparaba contra soldados cubanos. Entre todas estas amenazas, la más importante provenía, sin embargo, en la percepción del liderazgo cubano, de la intervención norteamericana en Vietnam. Esta no solo se mantenía impune, sino escalaba peligrosamente, según la estrategia de atrition war del Pentágono, que ponía todo su poderío militar en la balanza –salvo el arma nuclear–, sin que los soviéticos ni los chinos intervinieran, a pesar de sus supuestos compromisos con la defensa de los vietnamitas. En el umbral de 1968, esa percepción identificaba la guerra en el sudeste asiático como una amenaza creciente para la propia Revolución cubana, reforzada por la advertencia de la Unión Soviética de que no volvería a jugarse su propia seguridad en defensa de la Isla, como en 1962.

En esta tensa atmósfera, la firma del acuerdo migratorio de 1966 con Estados Unidos, junto a la promulgación de la Ley de Ajuste Cubano por la administración Johnson, había dado paso al período de mayor flujo migratorio que haya existido nunca entre los dos países, ascendente a doscientas setenta mil personas hasta 1973. Esta política, diseñada por Estados Unidos como alternativa al recurso militar contra la Revolución, encima del efecto acumulado del bloqueo y el aislamiento internacional, agravaba la presión migratoria, y multiplicaba el proceso de división familiar, al extenderse a otros grupos sociales, más allá de la clase alta y media alta. En los términos de la época, los que se iban, lo hacían hacia el campo del enemigo de la nación; la suerte estaba echada para los que se quedaban en la Isla. De esta manera, la politización del proceso migratorio se reproducía, e incluso se reforzaba, en medio de la polarización internacional y nacional prevaleciente.

La soledad del socialismo cubano, en sentido geopolítico e ideológico, respecto a los otros países socialistas, a los gobiernos de América Latina y a la amenaza norteamericana no era, sin embargo, una carrera sin acompañamiento. Hasta 1968, la izquierda de casi todas partes apoyaba de manera generalizada la Revolución cubana. En Europa se le había percibido originalmente como una revolución «sin ideología», que no había llegado al poder liderada por un partido comunista subordinado a Moscú, sino por una guerrilla campesina, que había abierto una vía socialista alternativa a la del estalinismo y los bloques del mundo bipolar. Tanto en los países del Norte, como sobre todo en los del Sur, la extraordinaria fuerza popular de la Revolución cubana, su capacidad de contestar al imperio estadounidense y su encendida prédica revolucionaria influían en la transformación de todo el espectro de la izquierda, al poner en el candelero la posibilidad de «otras Cubas» mediante la lucha armada. En el Tercer Mundo, sobre todo en África, la Revolución cubana era una punta de lanza en la lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo, un aliado político e incluso militar,5 de considerable significación, a pesar de su tamaño.

Naturalmente, todas estas miradas sobre la naturaleza del experimento cubano estaban marcadas por las trayectorias históricas y las culturas políticas de cada región y país. De cierta manera, cada uno de ellos se representaba sus propias Cubas.

Como quiera que fuese, sin embargo, hasta 1968, ese espectro progresista y de izquierda en el mundo contrabalanceaba hasta cierto punto el efecto ideológico y cultural del aislamiento. Si para entrar y salir de Cuba por avión había disponibles prácticamente solo dos conexiones –Ciudad México y Praga–, esto no impedía un flujo cultural e informativo perpetuo y las visitas de miles de simpatizantes de la Revolución.

Renombrados intelectuales y artistas de todo el mundo, desde Jean Paul Sastre y C. Wright Mills, pasando por Graham Greene, Alan Ginsbergh, Julio Cortázar y Gerard Philipe, hasta Hans Magnus Enzensberger, Carlos Fuentes y Josephine Baker, habían visitado la Isla.

Cuando la exposición francesa de arte moderno, el Salón de Mayo, se abrió gratuitamente en La Rampa en julio de 1967, los cubanos comunes y corrientes se enfrentaron por primera vez al op-art, el cinetismo, el objetivismo y otras tendencias artísticas, a los móviles de Alexander Calder, los automóviles triturados del francés César Baldaccini, las obras de Jackson Pollock y Vasarely, junto a las de clásicos como Picasso y Braque, y de casi doscientos artistas de la vanguardia europea, pero también latinoamericana, norteamericana, china y medioriental, sin contar la cubana. Ante miles de esos cubanos, más de cien artistas y escritores pintaron e ilustraron durante horas un gigantesco mural de tela en la fachada del Pabellón Cuba. Raúl Roa captaba el momento con su prosa inconfundible:

       El Salón de Mayo abre sus arbitrarios vergeles –espléndida eclosión de colores, formas, metáforas,
       candores, enigmas, levedades, gravitaciones y sabidurías– coincidiendo significativamente con la
       conmemoración del XIV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, la apertura de la Primera
       Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, el coro exultante de la Canción
       Protesta, el crecimiento de la guerra de guerrillas en la América Latina, la corajuda batalla de la
       población negra norteamericana, la resistencia victoriosa del pueblo vietnamita y los sonados
       triunfos de nuestros deportistas en los juegos panamericanos.6 

Este tipo de contacto con el arte de vanguardia de Occidente no era, sin embargo, un evento aislado. Los mismos cubanos de a pie acudían a ver películas procedentes de una mayor variedad de países que nunca antes –y que ahora–, obras de los más sobresalientes cineastas, no exhibidas en cines de arte, sino en los circuitos comerciales normales. Si más de doscientas de las trescientos ochenta películas que se estrenaron en los cines habaneros en 1960 habían sido norteamericanas, en los años sesenta se pudieron ver no solo numerosos filmes de la Unión Soviética y los países del Este europeo –antes prácticamente desconocidos–, sino de Japón, Italia, Francia, Inglaterra, España, América Latina. En aquellos cines se exhibían las obras de Akira Kurosawa, Agnes Varda, Zoltan Fabri, Michelangelo Antonioni, Tony Richardson, Orson Welles, Kaneto Shindo, Francesco Rosi, Andrzej Wajda, Ingmar Bergman, Milos Forman, Federico Fellini, Pier Paolo Passolini, Miklos Jancso, Gillo Pontecorvo.7 Se hacían largas colas para ver La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea; Las aventuras de Juan Quin Quin (1967), de Julio García-Espinosa; Lucía (1968), de Humberto Solás; Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea; y los documentales dedicados al centenario de la guerra de independencia: La odisea del general José (1968), de Jorge Fraga; Hombres de Mal Tiempo (1968), de Alejandro Saderman; y los referidos a las guerras de liberación en África, como Madina Boe (1968), de José Massip, sobre la independencia de Guinea Bissau. El cine de entonces –que algunos consideran la época de oro– combinaba una fuerte carga ideológica y una estética experimental audaz, evidentes en los documentales de Santiago Álvarez –Now (1965) y sobre todo, LBJ (1968)–, los filmes de Manuel Octavio Gómez, La primera carga al machete (1969), y Pastor Vega, De la guerra americana (1969).

Al margen del acceso masivo a estos eventos espectaculares y a productos de «alta cultura», resulta reveladora la extraordinaria atención que amplios sectores de la población, incluidos los más jóvenes, más allá del mundo intelectual, académico y político, les prestaban a debates sobre asuntos teóricos intrincados en el campo de la política cultural, la estética, la ley del valor, y otras materias igualmente áridas, que en otras partes del mundo hubieran sido consideradas más bien especializadas e impopulares. En 1968, eran recientes las grandes polémicas en el campo de la cultura y el pensamiento, incluida la que protagonizaran varias figuras del liderazgo en torno a la teoría económica de la transición;8 y estaban muy frescas también las duras críticas del Che al realismo socialista, sus irónicas observaciones sobre el gusto de los funcionarios convertido en práctica de la política cultural, y sobre todo su advertencia acerca de los peligros del autoritarismo en nombre del pueblo, expresadas en El socialismo y el hombre en Cuba (1965), el texto más influyente en el debate sobre la teoría y la práctica de la construcción revolucionaria en aquellos años.9

A pesar de la guerra con la contrarrevolución, las amenazas externas, la creciente escasez, la presión migratoria, las demandas sociales aún pendientes, no solo los intelectuales, sino los dirigentes y una gran parte del pueblo, atendían y resonaban con aquellas discusiones, como si en ellas se jugara el destino de la nación. Asimismo, estaban atentos a las luchas sociales, incluso en Estados Unidos, a pesar de los efectos aislantes del bloqueo. Malcolm X, Stokely Carmichael, Angela Davis, Martin Luther King Jr. y los dirigentes de los Panteras Negras eran héroes populares en la Isla.

La trascendencia de aquellos eventos y debates fuera del campo intelectual se explica no solo por la democratización de los accesos a la educación y la cultura, la alfabetización y la creación de una masa activa de lectores y espectadores, sino también por la expansión de la esfera pública y la índole de la cultura política emergente. El debate ideológico, el saber y la atención a las últimas corrientes del arte y el pensamiento conformaban un nuevo canon cívico. Ser revolucionario implicaba participar activamente en los espacios de la cultura, estar al tanto de lo que pasaba en Cuba y en el mundo, «superarse» –verbo en desuso hoy, que significaba estar aprendiendo constantemente, dentro y fuera de las escuelas–. Desde la política hasta la producción agropecuaria, pasando por el arte, el espíritu de experimentación se abonaba en la modernidad revolucionaria y la puesta en obra de sus beneficios para las mayorías. Esta era una revolución en favor de los obreros y los campesinos, de los hombres y mujeres humildes, pero su desarrollo implicaba apropiarse de lo más avanzado del conocimiento, la ciencia, la técnica y la cultura universales.

En paralelo con la fuerza centrípeta generada por el remolino revolucionario, y con la pluralidad de actores e ideas que llegaban todos los días del mundo exterior, también se desplegaba una fuerza centrífuga no menos poderosa.

Aunque totalmente ajena a la lanzada por los chinos en 1966, y diferente por su sentido a la proclamada en el mayo francés de 1968, lo que estaba ocurriendo en Cuba era una revolución cultural. Esa revolución no consistía en una gran operación de bienestar social, sino en una movilización de ciudadanos comprometidos con la transformación de todo lo viejo, empezando por ellos mismos.

El precio de la libertad y la igualdad (“Lucía 196...”, de Humberto Solás).Este es el problema de las protagonistas en Lucía (1968), de Humberto Solás. Arrastradas por la pasión amorosa fuera del claustro del hogar, las Lucías se exponen a la intemperie de la historia, ante vientos que desgarran sus vidas íntimas y arrasan sus idilios, pero al mismo tiempo, las convierten en seres reales, en la medida en que las liberan no solo de sus roles ancestrales, sino de sus propias alienaciones, creencias y valores aprendidos. Al costo de perder todo lo que tienen (salvo en el happy end de la Lucía obrera de los años sesenta), dejan de ser criaturas frágiles para encontrarse a sí mismas en el fondo de la desgracia, y sacar fuerzas para seguir adelante sin el apoyo del varón, frustradas en sus ilusiones, pero reales y actuantes en su conducta vital. Las miradas que las tres mujeres les dirigen al espectador al final de cada cuento reflejan los costos y dolores reales de esa transformación. Leído desde aquel contexto histórico y cultural, el filme de Solás podría arrojar al menos dos lecciones. La primera es que nadie ha dicho que el precio de la libertad y la igualdad sea bajo; la segunda es que no hay que esperar que estas nos lleguen de afuera o de arriba, sino solo de nosotros mismos.

Aquella cultura política también se expresaba, por otra parte, en valores eminentemente austeros, estilos semimilitares y actitudes estoicas, que rechazaban como superfluo y aburguesado todo lo que tuviera un efecto de desvío del patrón riguroso del civismo socialista: «estudio, trabajo, fusil». El llamado a asumir posiciones ideológicamente definidas como parte de aquel patrón abarcaba los medios artísticos y literarios, incluso en los credos estéticos. Así, el debate de entonces sobre la propiedad del uso del lenguaje en la literatura, incluidas las «malas palabras», se desplegaba en un choque de posturas no solamente «artísticas» o «intelectuales», sino ideológicas.10 Esta tensión atraviesa el manifiesto de los poetas de El Caimán Barbudo (1966), en defensa de un discurso poético que se apropiara de todas las palabras, cultas y populares, «buenas» y «malas», con fines creativos.

Este grupo de jóvenes escritores encarnaba una generación que hablaba desde la Revolución, reclamando confundirse con ella, sin el «pecado original»11 de los que escribían sobre el proceso revolucionario, sino como parte suya. Al tiempo que convocaba a una concepción de la poesía social que asimilara todos los temas, incluidos los más íntimos, rechazaba como «mala poesía», la que «se impregna de una metafísica de segunda mano, para situar al hombre fuera de su circunstancia».12 Resulta revelador que los jóvenes «caimanes», claramente opuestos a los cánones del realismo socialista, consideraran necesario hacer explícita su posición ideológica en un manifiesto literario, e identificarse generacionalmente como hijos directos de la Revolución, al tiempo que juzgaban a los «otros», los que se distanciaban y los que pretendían pasar por escritores y artistas revolucionarios sin serlo, como «malos escritores». A reserva de discutir si los aludidos serían reconocidos hoy escritores de mérito o no, la cuestión relevante respecto a la época es que un grupo de jóvenes intelectuales antidogmáticos, que se planteaba la renovación del lenguaje, consideraba proscritos del auténtico canon artístico-literario a esos otros, porque no eran, para decirlo con palabras del Che, «auténticamente revolucionarios» y portaban el «pecado original» de cargar con valores burgueses, lo que a la larga los descalificaba como verdaderos creadores artísticamente legítimos.

El compromiso del intelectual (Ambrosio Fornet y Jack Gelbert, en  “Memorias del subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea).El problema de un personaje como Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea, desde el punto de vista de los nuevos valores, no es su actitud inconforme hacia el antiguo régimen y hacia la Revolución, ni la naturaleza corrosiva de sus disquisiciones sobre los rezagos, alienaciones y prejuicios que perviven en la cultura popular, ni siquiera la sofisticación de sus divagaciones intelectuales, sus gustos refinados y alta cultura, ni desde luego, su clase social, sino su falta de conexión real con esa realidad, su mirada telescópica al margen de los acontecimientos, su desencanto y pasividad carentes de todo compromiso, su manera contemplativa –«metafísica», dirían los «caimanes»– de colocarse ante los problemas, revelada en una lucidez totalmente estéril. En contraste con la exactitud de muchos de sus juicios, su discurso padece un déficit de legitimidad fundamental en los términos de aquella cultura: no toma partido ni hace nada por cambiar el mundo. A lo largo del filme, la condición fantasmal de su vida y actos no hace sino agudizarse; al final, Sergio es solo una voz y unos ojos que miran sin ver ni entender, pues simplemente ha dejado de existir. Es el arquetipo del hombre viejo.

Aunque no tuvo el impacto de público que acogió a Lucía, la obra de Alea –cuya lectura actual correspondería, como es natural, a un entorno sociocultural e ideológico radicalmente diferente– ilustra como en una nuez las contradicciones y modos de representación social propios de aquel momento.

1968: amenazas y radicalismos

1968 no fue bautizado por gusto el Año del Guerrillero Heroico. En rigor, el arco climático de 1968 se abre con la muerte del Che en octubre de 1967. Esa dedicatoria no tenía tanto que ver con el impulso real a la mayoría de los proyectos de liberación nacional en América Latina –Venezuela, Perú, Brasil, Guatemala, Nicaragua, Bolivia–, que a estas alturas habían sido derrotados o estaban en franco repliegue; sino sobre todo con la significación de la muerte del Che para el socialismo cubano. Aquel duelo había sumido a la sociedad entera en una extraña mezcla de dolor, compromiso y fiereza, solo comparable por su dramatismo con el de las pérdidas de la guerra de liberación, pero esta vez sin el júbilo final del triunfo alcanzado. Ningún acontecimiento en la historia del libro en Cuba podría compararse con la edición masiva del Diario del Che en Bolivia,13por su hondo impacto en la conciencia nacional, su lectura generalizada entre los más diferentes grupos sociales, su difusión internacional, casi instantánea, por encima de barreras mercantiles y políticas. Para la mayoría de los cubanos, ser dignos de su ejemplo no se presentaba entonces como una consigna, sino como una condición moral insoslayable, que contribuía a estrechar el nudo entre ideas y conductas, teoría y práctica, ideología comunista y patriotismo, nacionalismo y solidaridad revolucionaria.

En aquel año límite, Cuba experimentaba en toda su gravedad el compromiso entre pensamiento y acción. Junto a los factores ya mencionados –la percepción de creciente amenaza de Estados Unidos y de inconsecuencia soviética, la presión migratoria y sus efectos polarizadores– los efectos acumulados del bloqueo económico y el insuficiente resultado de los grandes planes económicos agravaban la escasez y sus secuelas indeseables. Acompañada solo por intelectuales progresistas y movimientos de izquierda, presionada por las dos grandes potencias socialistas, la necesidad de mantenerse fiel al camino elegido se presentaba en aquella situación altamente crítica, como clave para la aglutinación del consenso revolucionario. Ese consenso incluía como valor político central el principio de la igualdad y la justicia social.

El orden vigente desde la primera mitad de la década ya había alcanzado el control estatal centralizado sobre prácticamente todos los medios de producción y servicios –salvo pequeños talleres de manufactura, bodegas, puestos de frutas, tintorerías y otros–. La política social –instrumento principal de la justicia social–, se dirigía a preservar la igualdad, mediante un orden fuertemente homogeneizador, que repartía derecho al trabajo, salud, educación, acceso cultural y muy baratos servicios públicos, entretenimientos, transporte, gastos de vivienda, según un criterio no simplemente igualitario, sino uniformemente nivelador.

En marzo de 1968 –casi diez años después de iniciada la Revolución y afirmarse como socialista–, se nacionalizarían los pequeños mercados y talleres de manufactura privados –más de dos mil quinientos de estos establecimientos solo en la capital–. Únicamente los taxistas que disponían de sus carros viejos, los médicos graduados antes de 1959 que conservaron sus consultas y todos los pequeños agricultores, ejercerían en lo adelante el trabajo por cuenta propia.

Limitarse a apreciar la Ofensiva Revolucionaria por sus consecuencias negativas en aquellos años, como un mero error de política económica, una decisión excesivamente radical o una expresión de idealismo revolucionario, soslaya el contexto político e ideológico que la originó; tildarla de resabio ortodoxo marxista-leninista, ver en ella una anticipación de los años setenta, o más aún, caracterizarla desde el actual debate sobre política económica como un disparate ostensible, trastoca el análisis histórico. Aquella Ofensiva fue un fenómeno coherente con la cultura política prevaleciente y la circunstancia particular del socialismo cubano. La política igualitarista que desemboca en la Ofensiva ya había hecho gratuitos los servicios de círculos infantiles, suministro de agua, teléfonos públicos, asistencia a eventos deportivos, peaje en el túnel de La Habana; había derogado impuestos y rebajado el costo del transporte público. Sería así el último golpe contra lo que se percibió entonces como rezagos del viejo orden atravesados en el camino escogido hacia el socialismo, en cuya perspectiva tolerar las fuentes de desigualdad se representaba como una debilidad política inadmisible. En lo adelante, el país entero se iría disponiendo para el zafarrancho de combate de la zafra de los Diez Millones, la meta económica por alcanzar.

Si formalmente el Che había podido criticar a la URSS y a China en su Mensaje de 1967, sin comprometer la posición del gobierno cubano, esa discrepancia emergería en la política oficial, de manera especialmente conspicua, en tres singulares momentos de 1968: el proceso contra la Microfracción, la crítica pública de Fidel a los manuales de marxismo-leninismo y la reacción de Cuba ante la invasión soviética a Checoslovaquia.

El detallado informe presentado los días 24-26 de enero por el comandante Raúl Castro ante el pleno del CC del PCC sobre las actividades de conspiración política emprendidas durante cuatro años por una treintena de ex militantes del Partido Socialista Popular, dirigida por Aníbal Escalante, tuvo un formidable impacto en la opinión pública. Resurgía el viejo fantasma del sectarismo, denunciado en marzo de 1962 por el propio Fidel, esta vez bajo la forma de un caballo de Troya pro soviético, dedicado a generar divisionismo en las filas de la dirección revolucionaria,14 en circunstancias especialmente delicadas para el país. Inconformes con el rumbo independiente –y, a sus ojos, aventurero– de la estrategia fidelista, sus objeciones principales no iban tanto dirigidas al modelo económico y sus deficiencias, como a la presencia e influencia de la pequeña burguesía en la dirección política. Para Escalante y los suyos, la línea pequeño-burguesa se había entronizado en la política revolucionaria, mediante el peso decisivo de figuras como Armando Hart (entonces secretario organizador del Partido Comunista de Cuba), Haydée Santamaría, Marcelo Fernández, Raúl Roa, Celia Sánchez, quienes no representaban los intereses de la clase obrera, ausente en el Comité Central, y carente de capacidad para imponer una línea proletaria. La Micro –como se le llamaba popularmente– no constituía una tendencia crítica que se manifestara abiertamente dentro de las filas revolucionarias,15 sino una actividad encubierta, que se ejercía también con aliados dentro del campo socialista, en particular funcionarios o vínculos de los partidos comunistas de la Unión Soviética, Checoslovaquia y la República Democrática Alemana, a quienes se les trasmitía la conveniencia de desencadenar «una presión política y económica por parte de la Unión Soviética que obligase a la Revolución a acercarse a ese país».16 Naturalmente, discrepaban radicalmente de la línea de pensamiento y la estrategia de lucha representadas por el Che Guevara.

El anuncio de que la Unión Soviética reducía sus ventas de petróleo a Cuba en ese mismo mes de enero, parecía otorgarle a la Micro un papel instrumental en el intento de forzar a Cuba por el camino del socialismo y la política soviéticos, al servirle de fuente de legitimación del lado cubano. Aunque no estuviera en su intención, por sus efectos, aquella disidencia pro soviética convergía peligrosamente con la línea estratégica principal de la política de Estados Unidos hacia Cuba, dirigida no tanto al derrocamiento militar encadenado a las operaciones encubiertas, sino a la subversión política. No por casualidad, la posteridad de la Micro la proyectaría, a la larga, como cantera de grupos disidentes inspirados o directamente descendientes de aquel fermento de «viejos sectarios»17 que en su momento apoyaron a Aníbal Escalante en 1967.

 En el mismo discurso donde se anunciaba la Ofensiva Revolucionaria, Fidel arremetía de nuevo, desde la escalinata de la Universidad de La Habana, contra los manuales de marxismo-leninismo soviéticos, a los que calificó de «anacrónicos», por abrir un «enorme abismo» entre «las concepciones generales y la práctica, entre la filosofía y la realidad», y proveer representaciones equivocadas sobre «cómo se debe construir el comunismo». El antimanualismo no se refería a la práctica de usar textos pedagógicos para la enseñanza, sino a una manera de pensar el socialismo, por la cual se suscitaban desavenencias con algunos países que «tienden a mirar como oveja descarriada al pueblo que no siga el caminito trillado».18

Los acontecimientos culturales de ese año muestran la extensión de la superficie de contacto, pero también las zonas de diferenciación fundamentales, alcanzadas con la izquierda intelectual de Europa y Estados Unidos, y también de América Latina. Apenas dos semanas antes del proceso contra la Microfracción, entre el 4 y el 12 de enero, medio millar de artistas, filósofos, literatos y ensayistas, provenientes de setenta países del mundo, se habían reunido en el Congreso Cultural de La Habana. No fue un encuentro de militantes revolucionarios en apoyo a Cuba, sino un foro donde resonaban tendencias intelectuales e ideológicas diversas, dentro del amplio espectro del marxismo y el pensamiento crítico occidentales, incluidas las de los propios cubanos participantes. Como tal, este evento resultaba consistente con las premisas que habían inspirado el Salón de Mayo, no solo en su diversidad, sino en la idea del compromiso político del intelectual, ambas compartidas entonces por los representantes de aquella izquierda occidental y los de la Revolución. En su clausura, Fidel destacaría la coincidencia sobre los principales problemas del imperialismo y la revolución en el mundo por parte de aquel grupo heterogéneo, que sin embargo expresaba «una conciencia universal de lucha» y de justicia. «¿Dónde estaban las vanguardias revolucionarias? –preguntaba Fidel– ¿En qué sector fue donde más profundo impacto tuvo la muerte del Che Guevara? ¡Fue precisamente entre los trabajadores intelectuales!» Alabó «la ponencia de un grupo de sacerdotes católicos» presentes en el evento, que sostenían la armonía entre cristianismo y marxismo en una época en que no se hablaba de teología de la liberación; criticó duramente «el anquilosamiento» del marxismo dogmático negador del auténtico pensamiento marxista, que debía comportarse «como una fuerza revolucionaria y no como una iglesia seudorrevolucionaria». Concluía subrayando la importancia del Congreso para el pueblo cubano, que «ha ido ampliando cada vez más sus conocimientos, su información, sus horizontes revolucionarios».19 

El principio del fin de la luna de miel de aquella izquierda intelectual con Cuba fue la postura cubana ante la invasión soviética a Checoslovaquia, en agosto de 1968. Un grupo importante de ella reaccionaría ante la parte del discurso de Fidel, el 23 de agosto, que apoyaba la invasión del Pacto de Varsovia, pero ignorando su otra dimensión –la crítica al socialismo establecido en el bloque socialista–, así como la reafirmación de la perspectiva de un socialismo tercermundista:

       […] ¿serán enviadas también las divisiones del Pacto de Varsovia a Vietnam si los imperialistas yanquis
       acrecientan su agresión contra ese país y el pueblo de Vietnam solicita esa ayuda? […] ¿se enviarán
       las divisiones del Pacto de Varsovia a Cuba si los imperialistas yanquis atacan a nuestro país, o incluso,
       ante la amenaza de ataque de los imperialistas yanquis a nuestro país, si nuestro país lo solicita?20

A reserva de coincidir o no, entonces y ahora, con la decisión de apoyar aquella intervención soviética, este discurso sorprendente desafiaba a la vez al socialismo real y a los reflejos de la izquierda europea condicionados por el fantasma de Stalin. La Cuba de aquella izquierda, construida a partir de sus traumas, deseos y proyecciones, la de la utopía libertaria, las barbas y los estilos informales, el laboratorio del comunismo puro, chocaría finalmente con las contradicciones, conflictos e impurezas del mundo real.

Carga ideológica y estética experimental ("LBJ", de Santiago Álvarez).La visión cubana sobre el debilitamiento del campo socialista y la amenaza de Estados Unidos se consolidó en aquel verano de 1968, a partir de un contexto internacional transformado de manera muy adversa para la Isla. En efecto, las luchas del movimiento estudiantil en Francia, Alemania, Estados Unidos y, más tarde, México, y del movimiento de derechos civiles en Estados Unidos, que alcanzaban su clímax ese mismo año, se precipitarían en la derrota, e incluso la eliminación física de sus principales líderes. Una representación de esa visión cubana de entonces acerca de estos acontecimientos, se puede encontrar en un filme como LBJ, de Santiago Álvarez, donde los asesinatos de John y Robert Kennedy, así como de Martin Luther King, se perciben como hitos de una conspiración desde el poder, ligada a la continuación de la guerra en Vietnam. Lo mismo ocurriría con el movimiento negro más radical, Malcom X y los Panteras Negras. Con ellos, se cancelaban también las expectativas cubanas de cambio en los países centrales, y de fortalecimiento de los movimientos revolucionarios en todo el mundo.

El síndrome de la fortaleza sitiada afectó la atmósfera de diversidad cultural y contactos con el exterior prevaleciente, que se empezó a resentir en la medida en que se hicieron más rígidas las definiciones adentro y afuera. En consecuencia, se multiplicaron y exacerbaron las prohibiciones. Como es notorio, se recrudeció la proscripción del contacto con los emigrados y la desconfianza en los extranjeros, la música rock y hasta el jazz, supuestamente asociados con la cultura imperialista, lo mismo que las barbas, las melenas y las minifaldas. Identificadas como taras del pasado capitalista, la discriminación y el rechazo ya existentes contra el homosexualismo y la fe religiosa, se profundizaron. Un puritanismo ateo, extraño a la cultura tradicional cubana, llegó a imperar en las estaciones de radio y las escuelas, los periódicos y aun el discurso político.

Un par de semanas antes de ganar Richard Nixon las elecciones en Estados Unidos, en octubre de 1968, se desató la tormenta en torno a los libros premiados en el concurso literario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Una lectura serena de aquellas obras, además del premio de cuentos de la Casa de las Américas de 1967,21 desde el presente no permite justificar ni entender el conflicto que se suscitó entonces. Solo la extrema tensión reinante y el complejo entramado de fuerzas que atravesaban aquella coyuntura, la agravación de la polarización política y la percepción de amenaza a la Revolución, explican que la construcción de estas obras como instrumentos de una peligrosa disidencia en el campo intelectual no solo tuviera lugar, sino resonancia. Aunque la pieza teatral de Antón Arrufat, y el libro de cuentos de Norberto Fuentes, se limitan a abordar conflictos de conciencia y actitudes que corresponden con una representación artística problemática de la épica revolucionaria, y si bien muchos de los poemas de Fuera de juego solo se dedican a ironizar con el socialismo este-europeo la coyuntura política y las actitudes de sus principales actores propiciaron la emergencia del conflicto.22 En medio de aquel escenario adverso y de grandes convocatorias nacionales, el escepticismo amargo de los versos de Padilla, junto a su notorio histrionismo político, conformaban un blanco perfecto para los que, acicateados por el abierto antisovietismo del poeta, lo atacaban en toda la línea, pintando sus poemas como «derrotistas» y construyéndolo como figura «al servicio de la contrarrevolución».

Estas notas no tienen el espacio ni la intención de adentrarse en la intrahistoria de lo que vino a conocerse luego como «el caso Padilla». Como en las tragedias griegas, los antagonistas se necesitaban mutuamente: al margen de sus méritos literarios, el poeta encarnaba de manera caricaturesca las tendencias «pequeño-buguesas» –cuyo poder la Micro había contestado en términos políticos–, y en particular, las «debilidades» del intelectual «pequeño-burgués», a quien el propio Che Guevara había achacado no ser verdaderamente revolucionario. La ineptitud política y el «vedetismo» de intelectuales como Padilla servirían la mesa a los que no eran pro soviéticos de partido, pero sí de cultura y mentalidad. A ella se podrían sentar cuando, a raíz de la zafra de los Diez Millones, la cultura socialista de los sesenta experimentara una profunda resaca, y los vientos de la política real la encaminaran por nuevos rumbos.23

Palabras finales

Librada a sus propias fuerzas, bajo la gravitación de un sistema mundial en tensión negativa, en aquel 1968 la velocidad de la Revolución entraría en una aceleración insólita. El liderazgo cubano y una gran masa de hombres y mujeres revolucionarios se lanzaban detrás de un futuro en el que creían. Resulta imposible entender el arco de apenas nueve meses que subtiende el Congreso Cultural de La Habana y el «caso Padilla», sin tomar en cuenta la densidad de aquellas circunstancias históricas y el tempo de los acontecimientos políticos y culturales que hicieron eclosión aquel año descomunal y contradictorio. En él concurrieron líneas de fuga que se habían ido trenzando en la política, la sociedad y la cultura desde 1959, y aun antes; de él se derivaron dinámicas que transformarían el socialismo cubano en los próximos años, y se estructurarían contradicciones culturales que no lo han abandonado. Aunque la presente es una sociedad muy distinta, algunos de aquellos problemas siguen subyaciendo el debate de ideas en el pensamiento y la cultura.

Aunque vendrían luego otros tiempos, con fuertes notas grises, y hasta negras, para la cultura, la ideología y el pensamiento, estos no serían, sin embargo, homogéneos, sino más bien entreverados con otros colores y tonos. A pesar de los desmanes del Quinquenio Gris, del espectro del realismo socialista que flotó sobre las artes, del dogmatismo instaurado en el pensamiento social, de los calcos este-europeos impresos en los aparatos ideológicos, los estilos de los medios de comunicación y otras instituciones del sistema, el desarrollo social y cultural del socialismo cubano no se estancó. La revolución educacional, el acceso cada vez más amplio al consumo cultural, el continuo aumento del nivel de vida, la movilidad ascendente y el sostenido acceso social igualitario, las expediciones a África y la profundización de una política exterior tercermundista, el fin del aislamiento y la recuperación de los vínculos con América Latina y el Caribe, la inserción económica con el bloque socialista en condiciones ventajosas, el apoyo estatal a la creación artística y literaria, el desarrollo y multiplicación de las instituciones científicas, e incluso parte de la producción artística –como el cine–,24 traerían un nuevo impulso al proyecto socialista, fortalecerían su consenso y ampliarían su base cultural.

De hecho, sin embargo, un año teñido de un color tan abarcador, intenso y dramático como aquel 1968, no volvería a darse después. Nunca más imperaría en toda la sociedad cubana aquel rojo desafiante, sin tregua ni medias tintas, desmesurado, duro, trágico, brillante.

1 Fidel argumentaba frente a «los que piensan que si les damos gratis todos estos servicios ahora a los campesinos, los campesinos se volverán holgazanes». (Véase Discurso Pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, en la inauguración de las obras de San Andrés de Caiguanabo, Pinar Del Río, el 28 de enero de 1967, en http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1967/esp/f280167.)

2 Discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, en la Escuela de Filosofia y Letras (sic) de la Universidad de La Habana, el 4 de agosto de 1967. (Tomado de http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1967/esp/f280167.)

Pensamiento Crítico, no. 1, febrero, 1967.

4 Che Guevara, «Mensaje a la Tricontinental» [16 de abril de 1967], Escritos y discursos, t. 8, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1977.

5 Por ejemplo, la expedición militar cubana al mando de Efigenio Ameijeiras en apoyo al gobierno de Argelia en 1963 y la presencia de tropas al mando del Che Guevara en la guerrilla de liberación del Congo en 1965. (Véase Piero Gleijeses, Misiones en conflicto. La Habana, Washington y África 1959-1976, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2004.)

6 Fragmentos del discurso de Raúl Roa citados por Salvador Bueno, «Salón de Mayo», en Bohemia, 4 de agosto de 1967.

7 En 1968, se exhibieron películas de Glauber Rocha, William Klein, Alain Resnais, Marco Bellochio, Carlos Saura, Clive Donner. (Véase María Eulalia Douglas, La tienda negra: el cine en Cuba, 1897-1990, La Habana, Cinemateca de Cuba, 1996, pp. 306-308.)

Polémicas culturales de los 60, selección e introducción, Graziella Pogolotti, La Habana, Letras Cubanas, 2007; y Ernesto Che Guevara, El gran debate sobre la economía en Cuba 1963-1964, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2004.

9 Me refiero a problemáticas como la del papel de la conciencia en la construcción socialista, el hombre nuevo, la relación masa-vanguardia, la crítica a las concepciones del realismo socialista y a la burocracia, la eliminación de los «rezagos del capitalismo», entre otros. Ninguno de los problemas emergentes en la política económica de la segunda mitad de los sesenta, sin embargo, puede achacarse, en rigor, a la aplicación de las ideas del Che.

10 Rafael Hernández, «Sobre el discurso», Mirar a Cuba, La Habana, Letras Cubanas, 1999.

11 Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba, marzo, 1965, en http://www.pca.org.ar/librosprop/PDF/che-obrasescogidas.

12 «Nos pronunciamos», El Caimán Barbudo, opus 1, abril de 1966, p. 11.

13 Esta primera edición circuló gratuitamente el 1 de julio de 1968.

14 Aunque la mayoría de los encartados no eran militantes del Partido Comunista de Cuba, mantenían estrechos vínculos con dirigentes que habían militado en el Partido Socialista Popular, y se consideraban una especie de «familia», cuyo Don era Aníbal Escalante. Esta red incluía a altos funcionarios de la Academia de Ciencias, los sindicatos, los órganos de prensa, algunos organismos de la administración central y entidades económicas. (Véase «Informe del Comandante Raúl Castro, presidente de la Comisión de las FAR y de Seguridad del Estado del Comité Central, ante la reunión de este organismo del Partido», El Militante Comunista. Suplemento Especial. Reunión del CC del PCC los días 24-25-26 de enero de 1968, Año del Guerrillero Heroico, p. 17.)

15 «[…] no se trataba de simples críticas u opiniones discrepantes, […] ya se empezaban a ver los primeros gérmenes que denotaban actividades conspirativas». (R. Castro, ob. cit., p. 18.)

16 Ibídem, p. 19.

17 Entre los nombres que menciona el Informe de Raúl se encuentran algunos, como el de Ricardo Boffill, surgidos de las mismas filas sectarias que las de otros dirigentes de los grupos disidentes actuales.

18 Fidel Castro Ruz, «Discurso en el acto conmemorativo del XI aniversario de las acciones del 13 de marzo de 1957», 13 de marzo, 1968. (Tomado de http://www.cuba.cu/gobierno/discursos).

19 Fidel Castro Ruz, Discurso pronunciado por el Comandante en la clausura del Congreso Cultural de La Habana, en el Teatro Chaplin, el 12 de enero de 1968. (Tomado de http://www.cuba.cu/gobierno/discursos).
20 Ídem.

21 Fuera de juego, de Heberto Padilla y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, se publicarían con un prólogo de la presidencia de la UNEAC; el premio Casa de cuento, de 1967, Condenados de Condado, de Norberto Fuentes, circularía también a fines de 1968.

22 Apenas un mes antes se había denunciado –en una nota firmada por el canciller Raúl Roa– a un diplomático mexicano que espiaba para la CIA, y que mantenía estrechos vínculos con figuras del mundo artístico e intelectual. (Véase «Nota del MINREX de Cuba» [sobre Humberto Carrillo Colón], Granma, 3 de septiembre de 1968.

23 El «caso Padilla» reemergería en 1971, aunque ya como parte de una configuración de fuerzas y un escenario doméstico e internacional completamente nuevos, que lo potenciarían a una escala superior.

24 El cine cubano de los años setenta y ochenta incluyó filmes sobre asuntos polémicos, como Ustedes tienen la palabra (Manuel Octavio Gómez, 1973), De cierta manera (Sara Gómez,1974), Retrato de Teresa (Pastor Vega, 1979), Cecilia (Humberto Solás, 1981), Techo de vidrio (Sergio Giral, 1982), Lejanía (Jesús Díaz, 1985).

Rafael Hernández (La Habana, 1948), investigador, escritor y analista político. Autor de Mirar a Cuba (1999) y La historia de La Habana (2006). Director de la revista Temas.