La culpa es un personaje femenino¹
(O el AntiCristo de Lars von Trier)

Tal vez el atractivo de AntiCristo (2009) radique, de cara al gran público, en aquello que siempre ha sido atractivo en Von Trier: una factura exquisita, un cine perfectamente realizado, casi de culto, casi envidiable; a lo que se suma (o se inyecta) una alta dosis de violencia física, que la gente no siempre espera ver, pero que sin dudas ansía. La gente ansía ver desplegados en el cine sus más puros instintos (Eros y Thanatos), y Lars von Trier hábilmente los funde en uno solo, y los ofrece a su público en lo que podría sospecharse que es un acto de prostitución comercial, o una especie de holocausto en busca de favoritismo.

En AntiCristo, esa violencia llega al nivel de un exhibicionismo de matriz pornográfica que supera lo ya visto en Dogville o en Bailando en la oscuridad. Y no es que el problema de esta película resida en la violencia mostrada: bien lejos está de mí la intención de censurar la violencia en el cine. Nada más legítimo y natural que un cine que pone en escena lo propiamente humano, y sexo y violencia lo son, tanto como lo es la conjugación de ambos (violencia sexual o sexo violento). Sin embargo, el problema de esta película yace en el discurso que se oculta tras la conjugación de estos instintos, según Freud, esenciales al hombre.

Una lectura en sistema del AntiCristo de Von Trier, que le posibilite completarse en tanto discurso con la ayuda de (o en relación con) obras anteriores del danés, nos permitiría sacar a flote y jugar con el plano connotativo de este filme, además de que un acto lúdico semejante posibilitaría aventurar la hipótesis del visceral machismo que domina la obra. Pero lo más curioso del asunto radica en el hecho de que hablamos de un machismo fracasado, que deja al descubierto su ser machismo, su ser visión y no esencia del mundo, aun cuando pretenda todo lo contrario.

Ese machismo del que hablo, visceral en la obra de Lars von Trier, sale a la luz a través de las formas específicas en que el autor construye sus personajes femeninos. Si tomamos en cuenta Dogville y Bailando en la oscuridad, notamos que, para Von Trier, la figura femenina no puede ser otra cosa que un personaje violentado en la sociedad (algo criticable, aun cuando haya una larga historia que lo respalde). Y en estas producciones, el personaje femenino entendido como ser social e históricamente violentado, se nos revela como descubrimiento. Es como si, a través de estas películas, el autor cayera en la cuenta de la historia femenina real. Al menos, me exijo a mí mismo comprenderlo de esta manera, no sin sentirme tentado a forzar la interpretación hacia el punto en que estas historias femeninas (las de la ficción del danés) se convierten en sublimación de un impulso reprimido punitivo-sadista. De hecho, AntiCristo podría completar el juego semántico en ambos sentidos, y para verlo con claridad solo tendríamos que preguntarnos qué relación podría guardar esta producción de 2009 con aquellas anteriores.

Después de haber proyectado al personaje femenino como ser que padece, AntiCristo vendría a cumplir la necesidad de llevarnos al origen de las cosas, y en ese sentido la simbología es bastante evidente: utilizar el Edén como escenario central de las acciones resulta una metáfora de brocha gorda. Pero el punto está en que ese impulso de rastreo de las causas últimas puede ser una simple indagación, pero puede responder también a una cierta necesidad de autojustificación, de cara al impulso sádico del director para con la mujer.

La posible evidencia de que AntiCristo podría cumplir cualquiera de estas dos funciones en el proceso de pensamiento de Lars von Trier (más que un proceso de pensamiento, podría decirse que es un proceso psicológico) radica en la forma concreta en que el autor construye, en esta película, al protagónico femenino. En AntiCristo, el personaje femenino no es ya(2) quien padece. Por el contrario, es él precisamente quien castiga, quien ejecuta la acción punitiva: es violador y no violado; es carcelero y no reo; es sable y no herida.

Mas el personaje femenino se comporta de esta manera no por puro placer, sino por sufrimiento. Esta mujer sufre un trauma que ha degenerado en neurosis (el tono trascendentalista de la película nos permitiría inferir que Von Trier define al personaje femenino como neurosis del mundo), aunque el comportamiento neurótico de la mujer, que canaliza a través de la acción punitiva sobre el hombre, más que una necesidad de inculpar es un impulso de expiación de la culpa propia. Y aquí viene el título: la culpa es un personaje trascendentalmente femenino; el AntiCristo del Cristo varón es la hembra. Y así, Lars von Trier se funde con una larga tradición cultural que ha colocado a Eva en el origen del pecado, en la causa de la expulsión del Edén y del sudor y el sufrimiento del varón inocente.

Y lo que viene a acentuar la crueldad que padece el hombre frente al comportamiento neurótico de la mujer es el carácter antinómico, contradictorio, de este último. Las connotaciones sexuales del castigo que cae sobre el hombre, su violación, la forma de inculparlo, no persiguen otra cosa que revivir una y otra vez el momento del trauma que produjo la neurosis femenina. Es como si la mujer disfrutara secretamente su trauma (trauma placentero y no doloroso) y, a través del castigo del hombre, se agenciara a sí misma una satisfacción sustitutiva que llegue a cumplir las exigencias de su ello, para lo cual se ve obligada a reconstruir psicológicamente la realidad y colocar al hombre en el espacio de la culpa: de ahí la acción de castigar.

Pero, en tanto el castigo busca, en última instancia, la perpetuación del momento traumático, podemos decir que el conflicto que sufre el aparato psicológico femenino, tal como lo estructura Von Trier, no se produce entre el yo y el ello, con represión del ello (neurosis), sino entre un yo completamente dominado por el ello y la realidad exterior, en la que esta última sale perdedora (psicosis). El resultado es una catástrofe que coloca al hombre como víctima y a la hembra como culpa alevosa y reincidente. El machismo grosero de Lars von Trier (su misoginia, según diría un crítico amigo) consiste precisamente en eso: en construir a la mujer como ser traumatizado(3) por consecuencia de su entrega al desenfreno sexual, lo cual provoca en ella una psicosis cuyo comportamiento asociado consiste en traumatizar al hombre (que aparece como objeto del violento desenfreno sexual femenino) y revivir constantemente su pecado de despreocupación e irresponsabilidad.

Si reconstruyéramos el proceso psíquico de Lars von Trier lógica y no cronológicamente, poniendo en primer lugar AntiCristo y luego las otras dos producciones referidas, es que podríamos descubrir, tanto en Bailando en la oscuridad como en Dogville, la sublimación del impulso punitivo-sadista del director, y no la acusación a una sociedad que destruye a la mujer. En ese sentido, lo hallado en AntiCristo sería la razón que lo conduce a ello.

No obstante, si leemos atentamente la película, podríamos observar cuán fracasado resulta ser el machismo del autor.(4) En tal dirección, la última escena nos ofrece la clave: el hombre logra liberarse y huye, pero, mientras sube una cuesta, aparecen cientos de mujeres que lo persiguen. Esta escena parece decirnos que el hombre será víctima perpetua de la mujer, de su voracidad sexual y de la indolencia que esa voracidad genera; por más que el hombre huya, el ser voraz seguirá sus pasos. Mas también podría decirnos, aun en contra de la voluntad consciente de Von Trier, que esa persecución no es real, sino psíquica y, en tanto tal, efecto de una construcción neurótica.

De esta forma, queda al descubierto el sujeto real de la psicopatología, se ve claramente quién protagoniza un comportamiento en realidad enfermizo. Esta escena nos revela que la construcción del sujeto femenino como ser psicótico no es más que construcción psicológica irreal y, en tanto construcción, neurosis masculina. Es el aparato psíquico del hombre el que muestra un severo conflicto entre su ello y su yo, que ha degenerado en una neurosis que lo lleva a definir a la mujer como sujeto de la psicosis mundial. Es el deseo sexual reprimido en el hombre el que lo lleva a sentirse perseguido por una supuesta voracidad sexual femenina nociva y, con ello, a toda la larga historia de símbolos de maldad esencial con que se ha asociado a la mujer desde los tiempos de Adán.

He ahí un motivo para la vergüenza humana: la justificación trascendentalista del crimen. El hombre cree haber llegado al origen de los males del mundo, algo que justifica con filosofía barata, y se siente en plena disposición de encender una vez más la hoguera. Y lo hace con pleno convencimiento; al colocarse a sí mismo como víctima, se siente absolutamente obligado a ello y lo hace pretendiendo quedar como héroe ante los ojos del mundo.

Con esta película, Von Trier casi nos incita a agarrar la caja de fósforos, porque ya él ha derramado el combustible: he ahí un verdadero malestar para la cultura.

En estas breves líneas he tratado de poner al descubierto la posible neurosis de Lars von Trier manifiesta en su obra, equiparable, posiblemente, a la neurosis del hombre en la Historia: dejo al psicoanálisis la curación de la enfermedad, si es que a estas alturas la tuviera.

1 En latín, culpa-ae (género femenino); en español, culpa (femenino); en francés, faute (femenino); en alemán, schuld (femenino); en italiano… ¿Seguimos?
2 Cronológicamente hablando, AntiCristo es posterior a las dos cintas referidas. Pero lógicamente hablando, podríamos reconstruir el proceso psicológico o de pensamiento del autor colocando AntiCristo en el punto inicial.

3 De ahí la utilización de Laschia ch´io pianga, canción del sufrimiento, como «fondo musical» del momento del trauma.

4 Podríamos decir que el fracaso de este tipo de visión del mundo (totalizante) consiste en su incapacidad para asentarse ya en el consciente, ya en el inconsciente colectivo, como esencia trascendental del mundo. Sigue siendo, por más que se esfuerce, solo visión particular.

Rolando Mesa (La Habana, 1982), graduado de Historia del Arte y profesor de Estética y Teoría de la Cultura, en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.