Carmen Castillo: memoria viva de la calle Santa Fe (Primera parte)

 

Manuel Pérez Paredes

 

 

 

 

 

 

Manuel Pérez Paredes (La Habana, 1939). Cineasta y fundador del ICAIC. Guionista y realizador de notables filmes cubanos, entre ellos El hombre de Maisinicú (1973) y Páginas del diario de Mauricio (2006).
 

En diciembre de 2011, mientras se celebraba el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, visitó La Habana la historiadora, escritora, guionista y directora de cine, Carmen Castillo Echeverría (Santiago de Chile, 1945). Entrevistada por el cineasta cubano Manuel Pérez Paredes, Carmen relató para la Videoteca Contracorriente del ICAIC los hitos de su vida, tales como su participación en la lucha revolucionaria en Chile, sus vínculos con la familia Allende, su militancia en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y su relación con el líder de ese Movimiento, Miguel Enríquez. Con una contención que estremece, la autora del libro Un día de octubre en Santiago (1980) narra los acontecimientos del 5 de octubre de 1974, cuando es descubierta por la DINA en la casa de la calle Santa Fe, donde vivían ella y Miguel en la clandestinidad. En el suceso, luego de un cruento y desigual combate, él muere, y Carmen, con seis meses de embarazo, es herida, tomada prisionera y expulsada del país. Como refugiada política en Francia, descubre en la literatura y el cine dos importantes modos de expresarse, contar sus experiencias, emerger como memoria viva de aquella revolución popular y juvenil. Con una obra que rebasa la decena de audiovisuales y varios libros, la cineasta responde a la incitación de su interlocutor para comentar dos de sus más importantes documentales: La flaca Alejandra y Calle Santa Fe. La revista Cine Cubano le ofrece a sus lectores, en este número y el próximo, estos testimonios de Carmen Castillo.

Manuel Pérez Paredes: Carmen, tenemos la posibilidad y, aunque te parezca exagerado, el privilegio, de que estés otra vez en Cuba, después de quince años sin visitar nuestro país, y quisimos aprovechar tu presencia para filmar esta Videoteca. Comenzando, quisiera pedirte que nos recuerdes lo que ha sido tu vida, y la de tu generación, en el Chile de los años sesenta, cuando eras una adolescente, para que podamos situarla en el contexto latinoamericano, desde esa fecha hasta el siglo XXI.

Carmen Castillo: El Chile de los sesenta, desde mi vivencia, era una sociedad provinciana y al mismo tiempo muy abierta. Había pobreza y, sin embargo, circulación posible entre las clases sociales, fundamentalmente para aquellos que tenían acceso a la educación pública, gratuita y de gran calidad. Ese sector amplio y móvil llamado clase media era, en mi juventud, una realidad tangible de una gran riqueza cultural. Mi familia, de origen terrateniente por el lado de mi madre y de profesionales liberales por el lado de mi padre, pertenecía en realidad a una burguesía «bohemia»; eran artistas, inconformistas, irreverentes, que admiraban la cultura europea y la arquitectura de Le Corbusier, sobre todo mi padre. Crecí en ese ambiente, laico, iconoclasta, la puerta de nuestra casa nunca tuvo llave y allí se reunía todo tipo de personajes maravillosos para una adolescente curiosa y tímida.

Sin embargo, a pesar de ese particular ambiente, donde los valores de justicia y libertad eran fundamentales, fue mi propio encuentro con la pobreza, con la miseria, principalmente en el campo, con toda esa estructura casi feudal que teníamos, lo que va a llevarme a dar el primer paso encaminado a trabajar en esos sectores populares. Hablo de ese momento del encuentro con el otro, con la miseria, con el analfabetismo, porque creo que en la vida de cada cual, venga de donde venga, hay un momento en el que la realidad te toca, te golpea, te produce una emoción, en este caso es más bien una indignación. Entonces, decides hacer tu vida, tal vez sin tomar conciencia, sin tener las palabras; pero inicias los primeros pasos de tu vida hacia un lado. Para mí fue un pequeño grupo de teatro que teníamos a los catorce, quince años, con el cual partíamos todos los veranos al campo. El grupo estaba integrado por figuras amigas que llegaron a ser dirigentes políticos de la izquierda.

En ese Chile estaba emergiendo una juventud con ansias enormes de libertad, muy inconforme con su manera de vivir, en cuanto al amor, las fiestas, los amigos, los grupos. Era un Chile transversal, en el que convivías desde que entrabas a la universidad… Recordemos que era un Chile en el que había educación gratuita, y grandes universidades que comenzaban a transmitir un pensamiento latinoamericano. Mis primeros encuentros con Cuba, con la Cuba revolucionaria, se dan en la universidad, con la llegada, por ejemplo, de los venezolanos que procedentes del pedagógico hablaban de las primeras guerrillas posteriores a la historia de la Revolución cubana. En ese mundo de leyenda, de epopeyas, de grandes valores, que surgía de todos los sectores sociales, porque llegaba a la universidad la clase más desfavorecida, había un caldo de encuentro social que en el Chile de hoy no existe.

 

Carmen Castillo

Además, fui muy amiga de Beatriz Allende, desde chiquita… Uno siempre tiene un maestro; entonces, se puede pensar que una mujer como yo accede a la política, al compromiso político, al MIR, enamorada de un hombre tan atrayente y extraordinario como era Miguel Enríquez. Pues no, yo comencé mi vida política gracias a la formación que me entregó Beatriz Allende, en lo que para ella era, absolutamente, el camino a seguir, que era el que abría la Revolución cubana. Esa vivencia de una familia como la de Salvador Allende... ¡cómo me gustaría que los jóvenes de hoy supieran que existen hombres políticos de esa estatura, de esa moral, de ese compromiso con el pueblo! Cuando uno acompañaba a Allende en el tren, durante sus campañas, antes de la elección del sesenta y cuatro, ¡era excepcional! No hay políticos que se jueguen todo por la gente, que no le temen a la gente, que quieren al otro, que establecen relaciones personales, que no mienten, que no están haciendo un juego como actualmente hace la clase política para obtener un salario y ventajas de todo tipo. Él estaba inmerso en un proyecto político que fue la unidad popular, la alianza socialista y comunista. Desde jovencita tuve la posibilidad de vivir cerca de él, de ese motor que era Allende y su amor por el pueblo chileno; sentir, lo que significaba entrar en política, entrar en un proyecto revolucionario, que no era dejar de vivir.

Creo que nuestra generación ha cometido muchos errores, y los jóvenes no logran comprender cómo entramos en esta historia, que dejó muertos, separaciones, dolores; aunque yo digo siempre que era muy alegre, era una vida muy intensa, muchísimo más entretenida y divertida que la de mis amigas, mis compañeras de colegio, que se casaron a los dieciocho o diecinueve años, tuvieron hijos y se sentaron a tejer, en fin; pero había otras mujeres, como Beatriz Allende.

M.P.P.: Hemos llegado a la siguiente encrucijada: en las elecciones de 1964 Allende es derrotado, y en un momento dado, que no recuerdo con precisión si fue en 1965, surge el MIR.

C.C.: Sí, así es.

M.P.P.: Hasta donde alcanzo a tener memoria, el MIR surge –digo yo, usted me hace esa corrección– como una respuesta de un sector de los jóvenes a ese fracaso, o a ese revés electoral. O sea, representa una búsqueda de un sector de la juventud chilena de izquierda que no encuentra, ni en el Partido Comunista ni en el Partido Socialista, el canal por el cual llevar adelante una transición radical de la Democracia Cristiana (DC). Estamos en una América Latina hiperconvulsa, con guerrillas, con movimientos, la invasión norteamericana a Santo Domingo en 1965… ¿Cómo explicas tú, que nos acabas de contar que no empezaste en el MIR, sino vinculada a «la Tati»,(1)… cómo explicas el nacimiento de ese movimiento y la presión de Miguel Enríquez, y de Luciano Cruz?; pero particularmente de Miguel como la figura que lleva adelante esa organización.

C.C.: Recuerdo las grandes avenidas de ese patio, un poco como ese campus británico, que era la facultad donde estudiábamos, y la llegada de Andrés Pascal(2) a mi vida y a la del grupo. Caminando bajo los plátanos me explica la derrota de Allende y su decisión de entrar al MIR. Fue un mes después de la elección, de la derrota… Allí deberíamos haber ganado, pero se manipularon treinta mil votos. Entonces muchos jóvenes se cuestionaron la vía electoral; pues pensábamos que, cada vez, nos iban a seguir robando las elecciones. Teníamos fuerza, apoyo; había una población inmensa que votaba por un proyecto socialista, con la figura de Allende. Ya en ese tiempo yo estaba trabajando para Beatriz Allende, como colaboradora, simpatizante, como parte de la estructura clandestina del ELN boliviano, con su sector –como decíamos hace un instante– del Partido Socialista, y me sentía muy bien interiormente, muy grande, muy honrada, por formar parte de un gran hito en esta cadena, de un frente de retaguardia de la guerrilla boliviana. Y lo asumía con un rigor extraordinario. Imagínate, era un Chile en el que, supuestamente, convenía que no hubiera revolución, porque tenía que ser un país democrático, con gente como Allende en el Senado, que ayudaba a los movimientos revolucionarios. En ese contexto, el nacimiento del MIR nos parecía inadecuado, porque: qué venían a hacer en Chile, a hablar de lucha armada en ese país, cuando en realidad –según lo poco que yo entendía de las estrategias– en ese momento se trataba de que en Bolivia sucediera la gran revolución, y que Chile sirviera pacíficamente de territorio de…

M.P.P.: Retaguardia.

C.C.: Exacto. Entonces, el MIR no fue bien visto en su surgimiento; además, surge no solo de sectores de la juventud, del PS (Partido Socialista) donde está Miguel, o del PC (Partido Comunista) donde está Luciano Cruz, sino también de los trotskistas.

Ese es el MIR, un conglomerado de fuerzas muy diferentes que nace en el año sesenta y cuatro. Para mí, como lo conocí a través de los jóvenes, no de los viejos trotskistas, me parecía un juego; es decir, no veía cómo esta organización iría hacia algún lado. Sin embargo, aunque mantengo mi trabajo en la retaguardia del ELN, me integro por mi vida amorosa al MIR, porque en ese momento vivo con Andrés Pascal. Poco a poco, comienzo a ayudar, a colaborar con el MIR.

 

Manuel Pérez Paredes

Estamos en un periodo en que Eduardo Frei Montalvo es el presidente de la República y ha lanzado la Reforma Agraria, todo el plan americano de la Alianza por el Progreso, hay una movilización social que crece, y el MIR, en muy corto tiempo, comienza a crecer también en el campo y en las universidades. Miguel Enríquez toma entonces la dirección del MIR; gana frente a los viejos del grupo trotskista… Estoy hablando rápido, después los historiadores tienen que ir a verificar todo, pero así llegaba la leyenda, el
relato que algunos tenían… Miguel toma la dirección del MIR, con los jóvenes, en el año sesenta y siete, y ahí comienza una línea muchísimo más radical, más cercana a lo que hoy llamamos la política guevarista, más cercana a esa necesidad de un movimiento que se de alcanzar el poder a través de las armas era todavía, muy claramente, en el sesenta y siete, la línea a seguir.

En el sesenta y nueve me detienen, en Santiago, por estar vinculada a una red del MIR que cae, y al aparecer públicamente como una persona ligada a esta organización, dejo de ser funcional para la guerrilla boliviana. Entonces, entro al MIR por completo, pero siempre con una cierta mirada, como si me preguntara qué están haciendo, como si no los considerara aún muy en serio.

Sin embargo, Manolo, voy a experimentar una suerte de transformación, porque el MIR, en esos años y hasta el año setenta y tres, crece muchísimo, y es una organización que se inserta totalmente en la sociedad; o sea, no hay aparato, ni militar ni clandestino, todos los cuadros están trabajando abiertamente. Entonces, todos nos vamos hacia un sector, y estábamos viviendo realmente con los pobres, los pobres que el MIR llamaba los pobres del campo y la ciudad; ese era el sujeto revolucionario que nos interesaba. Fue tan novedoso que, aún hoy, cuando te encuentras que el proletariado o la clase trabajadora proletaria obrera ya no existe en el sistema neoliberal, está totalmente destruida, el sujeto de cambio ahora es un sujeto precario, un trabajador sin derecho, un cesante, un sin casa, un excluido del mundo capitalista. Evidentemente ya no es el obrero, que está muy disminuido, sino este otro trabajador sin identidad, sin recursos, sin protección. Y nosotros en aquella época hablábamos del poblador sin casa, el campesino sin tierra, el inquilino dominado, como los que tienen la fuerza del cambio. El MIR crece allí, efectivamente, mientras el Partido Comunista tiene la clase trabajadora, tiene los sindicatos, el MIR crece en estos sectores, no solamente estudiantiles sino realmente inserto en este sector de la sociedad, y comenzamos a desarrollar lo que llamábamos la mezcla de formas de lucha, en fin, todo era posible, había que estar abierto a todo, o sea, no renunciamos a la lucha armada, de ninguna manera, pero había que organizar al pueblo para avanzar. Y eso convirtió al MIR en una organización revolucionaria latinoamericana muy diferente a las otras.

En la época de Allende yo trabajo con Beatriz, y estoy a cargo de la llegada de todos los compañeros que vienen por intercambio de secuestro, o de aviones que llegan con muchos otros revolucionarios a Chile en los años setenta; entonces me doy cuenta de hasta qué punto el MIR es una organización leninista, de un leninismo del primer Lenin, nada dogmático, autocrítico, porque, claro, fuimos una organización que tuvo un solo Congreso, no hubo dos Congresos, o sea, eso fue un gran problema, era una organización muy joven: hay que pensar que en 1967 agarró la dirección esa gran amplitud, con aquella línea política, y en el año setenta y tres estábamos clandestinos; a setenta y cuatro murió Miguel; el MIR vivió hasta el ochenta y nueve, pero ya era otro MIR. En fin, éramos muy jóvenes, teníamos muy poco tiempo de vida…

M.P.P.: Eran veinteañeros ¿no?, fundamentalmente.

C.C.: Sí, al comienzo Miguel tiene veinte y muere a los treinta, pero como organización también; el tiempo de vida nuestro no fue muy largo. Y para ese tiempo de vida tan corto, la experiencia acumulada fue extraordinaria, de…, cómo decirte, de extraer de la historia nacional a los Carrera, y no a O´Higgins… En Chile, ¿quiénes son pro-O´Higgins?; son los autoritarios, la línea militar de la dictadura. Quienes estaban con los hermanos Carrera y Luis Manuel Rodríguez, eran los subversivos, los revolucionarios, los irreverentes, los que querían un proyecto más libertario, no autoritario. El MIR insistió siempre en recoger la historia de Chile, que todos en la formación teníamos que leer la historia de Chile, novelas, en fin, había que ser chileno. Segundo, había que ser latinoamericano, o sea, ahí no solo intervenían evidentemente Martí, Fidel, el Che y todo lo que podíamos robarle a la Revolución cubana, a sus líderes, a sus escritos, sino también Mariátegui, quien tenía un pensamiento peruano indigenista, era muy importante para nosotros. El MIR desarrolla en las comunidades mapuches una política muy novedosa, en lengua mapudungun. No llegamos a decir que el indígena era un sujeto de cambio, pero teníamos conciencia de que era un pueblo con una cultura diferente, y no lo podíamos asimilar, en la práctica, igual que a los campesinos sin tierra. Eso fue muy novedoso en esta organización.

 

Tuvimos también una formación internacional, influidos por la corriente que generó la Revolución francesa. Evidentemente, éramos una generación. Eso lo explican muy bien los compañeros de esos sectores populares que entran al MIR a los dieciséis años, como Carlos Liberona, quien en el documental Calle Santa Fe, me dice:

el MIR es básicamente una fuerza popular, de los pobres, de los más pobres. Esa es mi vivencia. O sea, en mi barrio todos hubiéramos sido alcohólicos, no teníamos otra opción más allá de la esquina. La política es la que nos da la dignificación. Y el MIR es nuestra escuela, esa es nuestra universidad. Y no en ese sentido del terrorismo, como dicen todos esos bandidos de la Derecha, sino en el sentido de la dignidad absoluta. Tal vez los sectores de la clase media no vivieron esto como nosotros, porque yo no tenía derecho a la existencia hasta que me organicé.(3)

Carlos llegó a ser un gran intelectual, desgraciadamente acaba de morir. Él dice: ustedes se olvidan de que el MIR éramos nosotros, y que significó para muchos jóvenes y adolescentes la posibilidad de tener una vida.fines del Y esa formación mirista era, fundamentalmente, antiestalinista; o sea, no teníamos ninguna consideración con la Unión Soviética y éramos adversarios terribles de los comunistas. Hoy, que somos amigos, nos reímos entre nosotros porque de verdad éramos bien adversarios, y esa tensión se acentuó enormemente durante la unidad popular.

Pero éramos también sui géneris; hay una anécdota muy significativa: yo soy profesora, de esta generación muy joven, en un Chile que crece, donde se abren las puertas y las universidades empiezan a tener más recursos. Llegábamos a ser profesores desde los veintitrés o veinticuatro años. Estoy en una cátedra de Historia de América Latina contemporánea y organizo talleres; por lo tanto, tengo salario y una vieja citroneta –le decimos así a esos autitos que se desarmaban como solos–, y tengo una vida independiente, estoy separada de Andrés y vivo con mi hija chiquitina. Un día Andrés me dice: «Préstanos la citroneta porque tenemos que hacer un viaje con la dirección del MIR». Estábamos en la época de Eduardo Frei, o sea, como en el año sesenta y nueve, sí, porque Camila estaba chiquita. Después regresaron, con la citroneta destruida completamente, sobre todo las ruedas, y al preguntarle: ¿dónde anduvieron? me respondió: «fuimos a la cordillera de Nahuelbuta para ver si podíamos instalar una guerrilla, pero no hay condiciones geográficas para hacerlo». O sea, fueron ellos mismos a ver el terreno, no lo decidían en un papel ni en un escritorio desde lejos, sino que fueron a ver cómo era esa cordillera y si allí podía haber un destacamento que se quedara tranquilo. En fin, decían a la vuelta que no se podía desarrollar la guerrilla rural en Chile, cuanto más desarrollar una guerrilla urbana, y vamos a comenzar a realizar asaltos de bancos, las famosas expropiaciones, para tener recursos. Sería algo muy romántico, como jóvenes Robin Hood. Entonces, Frei va a decidir la ilegalidad del MIR. Se pasó a la clandestinidad y el Movimiento siguió creciendo, en el campo y en la ciudad, hasta la victoria de Allende.

En la clandestinidad, Miguel Enríquez deja de ser médico, Andrés deja de ser sociólogo, cada uno de ellos abandona su rol social, su oficio, el gaucho Bautista van Schowen deja de ser médico… Miguel y él eran médicos de verdad, es decir, les gustaba la medicina, eran neurólogos, estudiaban mucho… no fue fácil ese paso, pero bueno, estaba inscrito que se hacían expropiaciones para hacer crecer el Partido, etcétera.

Yo me encuentro en una situación curiosa, porque era reconocida como militante y, al mismo tiempo, protegida por una familia, protegida por Laura Allende, la hermana de Salvador Allende, que era una diputada magnífica. Laurita, que se suicidó en La Habana años después, era una mujer que amaba su territorio, muy popular, tenía una autoridad natural; era bellísima, alta, con esos ojos grandes. Se imponía, frente a la policía, en el Congreso. Ella fue a buscarme en la noche que fui detenida o al día siguiente, y luego de una conversación, salí hacia Francia, a hacer un doctorado según decíamos, pero voy a regresar de ese viaje rápidamente, porque han caído otros compañeros, en fin, no decidí qué quería o qué debía, más bien ese fue mi sentimiento.

Ese paso por París significó el inicio de otra relación con mi país, en mi vida, porque voy a encontrarme con Miguel, ya trabajábamos juntos, pero ahora voy a tener un encuentro amoroso, me voy a enamorar, definitivamente y para siempre, y como ya soy una mujer con experiencia, a pesar de la juventud, decido que me quiero quedar con ese hombre. Nunca fui la compañera de Miguel públicamente, lo cual significa una libertad extraordinaria. Vivimos juntos, tenemos casa, pero la relación no es conocida por nadie, ni por mi familia, lo manteníamos en una suerte de secreto protector, que permitió que la historia de amor existiera, yo pienso, porque no tuve que ceder en nada de lo que yo era como ser social: andaba con las niñitas, la mía y la de Miguel, para acá y para allá, pero públicamente yo era profesora, tenía mi grupo de trabajo y amigos, y en el MIR tenía una militancia más bien cerrada, militaba en un círculo de análisis y formación cercano a la Comisión política, o sea, no desempeñaba un rol público tampoco, lo que permitió que pasara un año entre La Moneda y el MIR, al lado de «la Payita»,(4) al lado de «la Tati»…, en ese primer año de la victoria de Allende.

Calle Santa fe

Pero, bueno, me estoy desordenando un poco para decirte que ese MIR que a comienzos de agosto de 1970 decide llamar a votar por Salvador Allende, era un MIR muy particular. Ningún otro grupo revolucionario se atrevía públicamente a cambiar de política y decir: miren, decíamos que las elecciones no, pero ahora estamos viendo que Allende realmente puede ganar, o sea, el pueblo está con Allende y ¿cómo nosotros vamos a ir en contra del pueblo? Llamamos a votar abiertamente por Allende, y los cuadros que teníamos la posibilidad de ponernos en las mesas electorales, trabajamos en las elecciones, al interior de esa institucionalidad. Es extraordinario; significa que esa organización, ese movimiento, estaba en contacto con la realidad del país, no estábamos encerrados entre nosotros o haciéndonos el cuento de que éramos la vanguardia y teníamos la razón. No, ahí resulta que no teníamos razón, que había una real posibilidad de que Allende ganara; por lo tanto, había que estar con el pueblo y con él. Por eso fue muy linda la historia de Miguel Enríquez al lado de Allende, entre el MIR y Salvador Allende, porque entonces se crearon los grupos de lo que Allende llamó su Grupo de Amigos Personales, que eran los militantes del MIR…

M.P.P.: ¿El GAP?

C.C.: El GAP, entre los cuales estaba Luciano Cruz. Y Allende muy hábilmente le dice: bueno, ustedes me vienen a avisar de que hay atentados previstos, que van a matar a Schneider porque teníamos la infiltración en los grupos de extrema derecha y en el ejército. Por lo tanto, ya teníamos información de un atentado posible contra Allende en ese momento, y Allende les pide que sean su guardia personal.

M.P.P.: En esa otra época, del año setenta al setenta y tres, se da una relación, hasta donde yo alcanzo a conocer y recordar, muy peculiar. Tengo entendido que tú trabajaste en La Moneda en ese periodo. O sea, Allende conspira con ustedes, discrepaban y al mismo tiempo había una solidaridad, una identificación enorme; era una relación muy rica, porque era una manera de discrepar y de andar juntos, y a la vez, en mi memoria, ya han pasado cuarenta años, yo tuve la sensación de que el MIR estaba más preocupado que el resto por el peligro del golpe, por lo menos avisaban, estaba más alerta.

C.C.: La política nuestra en ese tiempo fue la de crecer, crecer, crecer, y organizar, organizar; porque ahí sí que se inventaron formas de organización popular, que fueron extraordinariamente innovadoras: los cordones populares, es decir, todo lo que fue el poder popular. Porque tampoco pensábamos que era posible detener solos un golpe de Estado; nunca pensamos que el golpe tendría esa brutalidad, esa barbarie, pero al menos sabíamos que para lograr una confrontación real, el pueblo tenía que estar organizado. En esas organizaciones del poder popular, el MIR tuvo una innovación política extraordinaria, en cuanto a la creación de los cordones populares, la coordinación en las industrias y en la población, y la formación más local del poder popular en cada sector, en las tierras ocupadas…

Nosotros sabemos que en esos años había que ir avanzando rápido, mantener un trabajo de infiltración en los sectores de derecha, aunque no tuvimos acceso a todo, pero era evidente que el golpe venía. No pensamos que con esa brutalidad, y no tuvimos, Manolo, posibilidad de crear un aparato militar al mismo tiempo que hacíamos política; es decir, todos los cuadros del MIR eran públicos, estaban enfrascados haciendo política, creando en las calles. Veníamos a Cuba, recibíamos instrucción, tuvimos una relación con la Revolución cubana muy franca, muy sincera, muy clara; porque la Revolución, imagino, tenía su política respecto a Chile, y a su relación con Allende, con las fuerzas políticas de la Unidad Popular y con nosotros. Como en todo Estado, la política diplomática y las relaciones internacionales de Cuba eran diversas, y en ese contexto el MIR tenía su relación particular con la Revolución cubana. Había, digamos, un interés por parte de la Revolución y el Estado cubanos de saber cómo veíamos las cosas, de recoger la información que teníamos; había discusiones bastante francas, y difíciles a veces, sobre cómo veía la dirección del MIR las cosas y cómo las veía la Revolución cubana, sobre qué había que hacer. En fin, todo estaba germinando, no había reglas ni dogmas, existían preocupaciones sobre cómo íbamos a responder, pero había que inventar, no teníamos una respuesta simplista. Sí sabíamos que venía el golpe, mas no teníamos tiempo para preparar un aparato militar.

Entonces, hay una contradicción, una paradoja. Por otro lado, Allende tampoco quiere, en absoluto, ceder en su utopía. Para los revolucionarios es muy difícil aceptar las derrotas, reconocerlas como tales, decir fracasamos. Por ejemplo, Allende sí fracasa, fracasa todo este esfuerzo, esta esperanza, ese pueblo entero enamorado. Porque hay que verlo, hay que imaginarse una sociedad, les diría a los jóvenes, en estado amoroso. Es como si tú te enamoras de alguien y andas muy excitado; aquí había un país entero en ese estado de intensidad, de creatividad. Por un lado estaban todas estas formas nuevas de organización colectiva, y por el otro lado la batalla campal contra la Derecha. Estábamos ganando de todas maneras, aun electoralmente, pero se nos venía encima la amenaza. ¿Qué hacer? Ahí la discusión entre el Partido Comunista y el MIR fue enorme, porque el Partido aplicaba la institucionalidad, el parlamento, las negociaciones con la Democracia Cristiana. Hoy dicen que el MIR fue culpable del golpe, que el MIR tensionó las relaciones sociales de tal manera que obligó a Allende, digamos, que quemó el proyecto reformista y pacífico de Allende con estas tensiones que el MIR provocaba en el campo, las tomas de tierra, y le dio pretexto a la Derecha para…

Basta leer los archivos de la CIA y del Pentágono para saber que el golpe se decidió poco menos que el día en el que Allende asumió la Presidencia; es decir, fue una cuestión de tiempo, como lo prepararon. Yo creo que muchos analistas, por ejemplo Alan Touraine y otros que estuvieron muy en contra del MIR, hoy dicen que, en definitiva, la política del MIR era más realista que la de Allende y que la del PC en ese momento, más realista, más inserta en la realidad; pero no teníamos, evidentemente, la fuerza para preparar al pueblo y a nosotros mismos respecto a lo que venía.

M.P.P.: Aquí se puede hablar de una tragedia anunciada. Se veía venir, desde afuera lo sentíamos, que el imperialismo no iba a reconocer socialismo ni con guerrilla ni por la vía electoral de Allende. Ya con los papeles que se han publicado, de Kissinger, se sabe muy bien, como tú dices, que estaba planificado, que se empezó a preparar al día siguiente de la toma de posesión de Allende.

C.C.: Y con todas las de la ley de la CIA. Durante tanto tiempo, en los años ochenta, se nos metió en la cabeza que no podíamos hablar tanto de la CIA, del imperialismo americano, al que le echábamos la culpa de todo; que en el fondo había errores nuestros y que había que analizar la situación en el contexto de nuestro país, no todo era el monstruo… Y después te vas a descubrir los archivos americanos y la política imperialista americana, hoy mismo en Irak, o sea, cada vez la realidad te deja knock out, te sorprende.

 

 

(1) Se refiere a Beatriz Allende.
(2) Andrés Pascal Allende, sobrino de Salvador Allende.
(3) Fragmento del documental Calle Santa Fe, de Carmen Castillo, que se insertó en la Videoteca.
(4) Así llamaban a Miria Contreras, la secretaria de Allende.