Los cien años de Mirta Aguirre

 

 

 

Guillermo Rodríguez Rivera

Guillermo Rodríguez Rivera (Santiago de Cuba, 1943). Poeta, ensayista, novelista. Es profesor titular de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Ha recibido en dos
ocasiones el Premio de la Crítica. Ha publicado una decena de libros. Recientemente publicó la compilación de ensayos De
literatura, de música
, por Ediciones Unión.
 

Primero supe de ella, casi en la infancia, por la antología Cincuenta años de poesía cubana, que Cintio Vitier escogiera para el Ministerio de Educación, en el cincuentenario de la República. Allí había varios textos suyos que me gustaron mucho. ¿Por qué? No me lo pregunté entonces, porque seguramente no podía respondérmelo: estoy reflexionando sobre ello ahora, muchos años después, para tratar de encontrar las cualidades que guiaron esa afinidad.

Tengo varias explicaciones: acaso fuera porque se trataba de una poesía razonadora, y mi imaginación ha tenido siempre el valladar del entendimiento. Aunque a veces me entregara a la efectividad formal de una fórmula estética, siempre la razón le ha puesto sus límites. También, creo ahora, porque esa poesía que meditaba sobre el mundo y pretendía iluminar los oscuros misterios que nos hacen vivir, era una poesía que bajaba la voz para hablarle a los demás, tal vez porque la voz que hablaba en el poema hablaba a la vez con ella misma, se sabía igual a aquellos con los que pretendía dialogar. No casualmente el único libro de poesía de Mirta –exceptuando sus hermosos poemas para niños, que también los adultos podemos disfrutar– se llamaba Presencia interior.

La última razón que encuentro es la misma que me hace admirar a poetas como Federico García Lorca y Nicolás Guillén: porque han conseguido una sabia fusión de tradición y vanguardia, del arte que se acendra por el paso del tiempo, para darle expresión a una cultura hecha, pero que tiene los oídos abiertos para escuchar lo que se está diciendo ahora.

Por los años de su aparición en la vida cubana como poeta, estuvo en Cuba Juan Ramón Jiménez, que venía representando a la república española en guerra. Juan Ramón, que fue uno de esos grandes poetas que en Europa culminaron y quintaesenciaron la poesía simbolista, fue, para la poesía en español, lo que Paul Valery para la que se escribió en francés; lo que la obra de Rainer María Rilke para el alemán y de William Butler Yeats para la tradición anglosajona. Y ese poeta exquisito era un hombre de izquierda. En La Habana compiló –junto a personalidades tan queridas por los cubanos, como la dominicana Camila Henríquez Ureña– la antología La poesía cubana en 1936, que más que una antología, fue una muestra de lo que hacían los poetas cubanos por esos años: allí estaban los poemas de Mirta Aguirre. La suya fue la poesía inclinada a lo social que más le gustó a Juan Ramón Jiménez.

Mi generación conoció a Mirta como profesora porque ella fue, junto a Vicentina Antuña, Camila Henríquez Ureña y Rosario Novoa, de las fundadoras de la Escuela de Letras, porque ha sido Escuela de Letras, Escuela de Letras y de Arte, Facultad de Filología, Facultad de Artes y Letras. Cabría preguntar, como hace Shakespeare en Romeo y Julieta: What’s in a name?, porque esos nombres importan poco: son los probados hijos de la Escuela que fundaron en 1962 Vicentina, Mirta, Camila, Rosario Novoa, Adelaida de Juan, Roberto Fernández Retamar, que tuvo el concurso de muchos profesores e investigadores, cubanos y extranjeros, hasta constituir un claustro de verdadero lujo. Esa Escuela tenía incluso, en su ascendencia, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana.

Mirta Aguirre

Fue un claustro que incluyó, por primera vez en la historia de esa casa de estudios, a profesores comunistas.

Un escritor, un maestro como Juan Marinello había tenido que aspirar, como máxima posibilidad, a ser profesor de la Escuela Normal de La Habana, destinada a formar los educadores de la enseñanza primaria y secundaria: solo después de la Reforma Universitaria consiguió acceder a una cátedra en la Escuela de Letras. Y, aún más, a la condición de rector de la universidad misma.

De Mirta, en aquella antología de 1952, me impactaron especialmente unos rondeles que la autora titulaba «Cantar del mal de amores». Y tanto me impactaron que, años después, cuando escuché a Paco Ibáñez, a Joan Manuel Serrat, cantar los textos de los poetas españoles y, cuando a mi manera, me vinculé a la Nueva Trova y se me ocurrió ser, así fuera clandestinamente, también trovador, y poner música a varios textos de poetas cubanos, entre esos textos estaba ese poema de Mirta Aguirre.

No he querido centrar este artículo en lo anecdótico, pero hay memorias que documentan la jerarquía intelectual que Mirta representaba.

Mirta impartía, en los primeros años de los estudios de letras, una asignatura en dos semestres que ella había llamado Elementos de Composición Literaria. Era, en verdad, una versión modificada y personalizada de lo que habituaba a ser el clásico curso de retórica y poética, presente en muchas universidades. Con un talento y una cultura que eran imprescindibles tener para explicarlas como ella lo hacía, Mirta comenzaba abordando la tropología de lengua española y entregaba, en el semestre siguiente, los principios y las manifestaciones más caracterizadoras de la métrica española.

Mirta quiso, en mis inicios como estudiante de su curso, que yo me convirtiera en su alumno ayudante. Le parecía que yo podía trabajar esa misma asignatura y llegar a impartirla. La vida no quiso que lo hiciera bajo su tutela, por lo menos bajo su tutela directa: a pesar de que nos entendíamos a la larga, teníamos, sobre todo, las diferencias entre la formación partidaria que su tiempo dejó en ella, y mi voluntad de hacer las cosas a mi manera, que de ninguna forma pienso que fuera lo correcto, pero eso lo he ido comprendiendo después. Mirta, sin embargo, tenía buen ojo: unos años después, ya graduado, yo impartí esa misma asignatura. Y no es que la impartiera: era que ya había escrito lo que sería la base de un libro cuya edición inicial se llamó Sobre la historia del tropo poético y la definitiva –si es que tal cosa existe–, La otra imagen.

Cuando le mostré a Mirta una primera versión de lo que sería el libro y le pedí una opinión, la encontré unos días después, me miró, me dedicó una de sus más afiladas sonrisas sardónicas, y me dijo: «Parece que por fin te entró el marxismo».

Tenía razón. Le agradezco a la trágica e inesperadamente desaparecida profesora Zaira Rodríguez, mi participación en aquel casi legendario curso de filosofía marxista que ella impartió allá por los años setenta. A varias personas que atendíamos las inteligentes explicaciones de Zaira, «nos entró» el marxismo culto y antidogmático que ella enseñaba. De ese curso, y claro está, que del talento de Tomás Gutiérrez-Alea, surgió también su Dialéctica del espectador.

En mí incidió una mezcla triple: el curso de marxismo de Zaira y las lecturas que implicaba; los acercamientos a la tropología tal y como la entendía Mirta y, por supuesto, mi abordaje de otros libros que no eran exactamente de su predilección, así como el permanente contacto con el poema, asediado a través de inacabables lecturas.

Mirta se esmeraba en los encuentros diarios con sus estudiantes y esa práctica docente iba alimentando sus enfoques tropológicos y, claro, que los de los muchachos que éramos sus alumnos.

Tenía un concepto que a algunos exquisitos –a la larga y a la corta, poco conocedores del verdadero trabajo del poeta– se les antojaba vulgarizador, pero que podía haber suscrito el mismo Saussure. Creía que el lenguaje era uno solo: lo que varían son sus usos, aunque tampoco hay un valladar infranqueable entre esos usos.

Mirta escribió una conferencia a petición de la secretaría de cultura de la CTC, que se llamó «En torno a la expresión poética» y que resultaba una explicación ideal para un público no especializado, de ciertos procederes esenciales de la poesía. Pero el rigor de las explicaciones para esos «no profesionales de la literatura» no cedía un ápice en rigor conceptual.

Cuando trabajó en la dirección de Extensión Universitaria, Ambrosio Fornet reeditó ese texto y esa sea, tal vez, su última reedición, pero me parece que es un texto que debía estar siempre al alcance de los integrantes de nuestros talleres literarios y, en general, de nuestros jóvenes poetas.

Cuando se estaba conmemorando el tercer centenario del nacimiento de Giambattista Vico, Mirta Aguirre produjo un estudio que resultó un iluminador llamado de atención sobre la trascendencia del trabajo del filósofo italiano para la comprensión de la poesía.

Yo había leído el texto de Mirta que publicó entonces la revista de la Universidad de La Habana pero, poco tiempo después, cuando trabajaba en un modelo de estudio histórico de la tropología, una amiga puso en mis manos un libro del estudioso rumano Tudor Vianu. El libro se llama Los problemas de la metáfora, y en 1971 publicó su traducción al español la excelente editorial universitaria argentina EUDEBA, clausurada unos pocos años después por la dictadura militar de Rafael Videla.

Vianu afirma, como lo hacía Mirta en su artículo publicado dos años antes, que es Vico quien, tras muchos años de intemporal abordaje retórico de la metáfora, inscribe su consideración en la Historia. La metáfora, para ambos estudiosos, está en los mismos orígenes del lenguaje.

Mirta escribió otro extenso ensayo que tituló «Filosofía del lenguaje figurado». Únicamente se mimeografíó y así circuló internamente en la entonces Escuela de Letras, pero me parece que merecería tener una edición con todas las de la ley.

Estoy llamando la atención sobre la necesidad de reeditar algunos textos fundamentales de Mirta Aguirre porque creo que el mejor, casi el único homenaje que puede y debe hacerse a un escritor, es poner en circulación lo mejor de lo que escribió, para que se advierta que ese homenaje no es el legítimo cariño al amigo o al maestro, sino la reafirmación, en sus textos, de valores culturales que tienen plena vigencia y utilidad.

Otra consideración que me parece pertinente: la formación de Mirta Aguirre como estudiosa de la literatura, ocurre en los momentos en que la perspectiva marxista que dominaba entre los comunistas, rechazaba la consideración lingüística de los fenómenos literarios. De alguna manera se reproducía, se mantenía, el enfrentamiento excluyente que signó los puntos de vista del formalista Victor Shclovski y del dirigente comunista Leon Trotsky, allá por 1925, cuando el dirigente comunista Lev Davidovich Trotsky escribiera su libro Literatura y revolución.

Entonces eran los días del gobierno de Lenin y el enfrentamiento era únicamente intelectual. Ya en tiempos del liderazgo de Stalin, la exclusión del formalismo fue adoptada administrativamente por el dogmatismo que marcó al marxismo de ese periodo: se destierra el formalismo de los estudios literarios y se obliga a los formalistas mismos a abandonar (al menos abiertamente) sus investigaciones. Casi todos siguieron investigando en silencio y solo uno de los grandes formalistas, el eminente lingüista y crítico literario Roman Jakobson, abandonó la URSS. El «descubrimiento» europeo del formalismo, desempolvado y actualizado tras la muerte de Stalin, incidirá decisivamente en los estudiosos e investigadores vinculados en Francia a la revista Tel Quel, fundada por Phillip Sollers en la década de los años sesenta.

La inclinación metodológica de Mirta, que deriva hacia la valoración gnoseológica de los procedimientos literarios, se coloca al margen, por ejemplo, de un estudio como Semantique de la metaphore et de la metonymie, de Michel LeGuern, que la editorial Larousse publicara en París, en 1973.

Pero cuando uno estudia el acercamiento gnoseológico de Mirta Aguirre y lo compara con las conclusiones de los estudios apoyados en la semántica estructural, comprende que, por distintos caminos, se ha llegado al mismo lugar o, si se prefiere el refrán, que todos los caminos –al menos los inteligentes– conducen a Roma. Los estudios literarios tienen, cómo no, también sus modas; también opera en ellos el concepto de «lo que se lleva» y «lo que no se lleva».

A los que nos interesamos en la tropología, Mirta nos condujo a enrumbarnos por un camino que nos ha permitido aproximarnos también a los acercamientos lingüísticos al fenómeno, validando así el inexorable nexo entre pensamiento y lenguaje. Esa fue, al menos, mi experiencia.

Mirta, que fue una intelectual múltiple, fue una mujer que tuvo muy presente el cine. Tanto, que ejerció por años la crítica cinematográfica en las páginas del periódico Hoy, el órgano oficial del Partido Socialista Popular. Sería interesante recopilar –y recuperar– esas crónicas en las que meditó en torno a la primera gran escuela de realización cinematográfica aparecida después de la II Guerra Mundial: el neorrealismo italiano.

Me parece importante porque el neorrealismo fue también el punto de partida del cine cubano que se inicia con el triunfo revolucionario de 1959. Los cineastas fundadores del ICAIC –Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez-Alea, Julio García-Espinosa, José Massip–, habían protagonizado un escándalo político en los días de la tiranía batistiana al rodar el filme El Mégano. Dos de ellos, los creadores de las primeras películas que produce el ICAIC, Titón y Julio, habían acudido a Roma a estudiar cinematografía, y allí tuvieron como amigo y maestro a Cesare Zavattini, el gran guionista del neorrealismo y de los grandes filmes de Vittorio de Sica como El limpiabotas, Ladrón de bicicletas, Umberto D y Milagro en Milán.

Junto a Dulce María Loynaz y Gabriela Mistral

El neorrealismo era entonces, al terminar la II Guerra Mundial, la visible manifestación de una izquierda europea en la cinematografía: me parece normal que Mirta Aguirre saludara su existencia y que, ese cine, colocado por su concepción y sus propósitos en las antípodas de las superproducciones hollywoodenses, fuera de especial interés para los jóvenes cineastas cubanos, en los umbrales de entrar al ambicioso proyecto de generar una industria y un arte cinematográficos en una Revolución.

Una parte de la intelectualidad de la época y, en especial, de nuestros cineastas, disintieron a veces de algunas valoraciones de Mirta.

Recuerdo en especial un artículo defendiendo el realismo socialista –nadie nunca escribió otro en Cuba– que ella publicó en la revista Cuba Socialista, en la década de los años sesenta, y que generó el rechazo de varios intelectuales cubanos.

Lo que se rechazaba en el realismo socialista no era propiamente su existencia, porque ella consiguió –cuando acompañaba el talento al autor que adhería a ella– obras de auténtico valor. Estoy pensando en la tetralogía del Don, que es la obra que, esencialmente, le proporciona el Premio Nobel de Literatura a su autor, Mijaíl Sholojov. Pero el realismo socialista fue impuesto, bajo el gobierno de Stalin y el comisariado de Andrei Zdhanov, como la tendencia que obligatoriamente debía asumir todo el arte soviético, lo que resultó en el empobrecimiento del arte y la literatura de la URSS.

Se escribió mucha seudoliteratura a nombre del realismo socialista, lo que lo desacreditó, y ello motivó que algunos destacados intelectuales comunistas en nuestro país –pienso en Carlos Rafael Rodríguez– prefirieran prescindir de la consideración misma de la tendencia. Mirta Aguirre no era alguien con quien necesariamente estuviéramos de acuerdo en un ciento por ciento. Hay quien podría señalarle defectos, tal vez sin recordar que todos los tenemos.

Hay, entre sus alumnos, quienes prefieren olvidar lo que significó Mirta en nuestro podría decirse que «bautismo» literario.

Aunque no olvido los que fueron mis desencuentros con ella, prefiero recordar, ya a más de treinta años de su muerte, todo lo que nos dejó de positivo para nuestro trabajo.

Mirta Aguirre fue siempre alguien que combatió por sus ideas y, para mí, esa es una de sus enseñanzas de primer orden, aunque las suyas no fueran siempre las mías. Dice un viejo proverbio chino que un combatiente con defectos no deja de ser un combatiente; una mosca sin defectos, no es más que una mosca perfecta.

Por ello, me complace recordar a la peleadora Mirta Aguirre, a cien años de su nacimiento.