Cine Cubano, organicidad y combate

 

Fernando Martínez Heredia

Fernando Martínez Heredia (Yaguajay, 1939). Investigador social e historiador. Premio Nacional de Ciencias Sociales 2006. Director general del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. Entre sus últimos libros publicados están Las ideas y la batalla del Che (2011), A viva voz (2011) e Historias cubanas (2012).
 

¿Cómo presentar la revista Cine Cubano? Le comentaba a Pablo Pacheco, uno de los más grandes promotores culturales que ha dado esta época cubana, que no resulta posible pasarle revista a un producto como este, una monumental entrega trimestral que, en media docena de secciones, presenta los trabajos de más de cuarenta autores. Están aquí los nombres de una buena parte de los más destacados intelectuales y artistas, y una alta proporción de jóvenes, muy esperanzadora por sus asuntos, su calidad, rigor intelectual y dominio de la escritura. Los trabajos desarrollan un enorme número de temas de nuestro cine y de los que lo hacen, y también algo del cine que hacen otros, desde todas las aproximaciones posibles y con un nivel muy alto de profundización, de diversidad y debate de ideas, exposición de sensibilidades, concepciones y sugerencias. Y tienen tanta calidad formal que resulta desafiante en el medio actual. El diseño interior y el emplane de esta publicación conjugan una belleza y una eficiencia excepcionales, y eso potencia la revista como hecho cultural.

Por último, pero no menos importante, este número es un elemento muy logrado dentro de una cadena que responde a un proyecto, una estrategia, un contenido y una forma, unos objetivos; es decir, expresa una organicidad y un combate, dos rasgos definitorios de las revistas realmente trascendentes. Las que, al mismo tiempo que se leen con naturalidad, saben reunir el abordaje muy logrado de su circunstancia y un valor permanente.

Este número 184 debería presentarse solo, como lo hará en entrevistas personales con sus lectores; pero debo pasar, es de rigor, por el trance de tratar de hacerlo esta tarde aquí, sin caer del todo en las trampas de ser omiso e injusto. Ruíz de Alarcón decía: «Al amigo, pienso yo que han de pedirse / las cosas grandes y dificultosas». Sin embargo, Pacheco es en el fondo generoso, y me ha dado franquicia para presentarlo sin pretender pasarle revista al número, limitándome a algunos comentarios libremente escogidos, que no pretenden seleccionar, sino ilustrar.

Ante todo, José Massip. Su Premio es el reconocimiento de una vida entera entregada al cine, a la revolución socialista y a las ideas de liberación. El joven Pepe encontró a Carlos Marx en Harvard, en 1948, y se hizo de una brújula para toda la vida. Esto me ha hecho recordar que Manuel Piñeiro se encontró a Marx en la Universidad de Columbia, en 1954, y se hizo marxista para siempre. Massip supo ser consecuente, cuando era tan difícil, riesgoso y mal visto. Al triunfo de la Revolución fue uno de los fundadores del ICAIC con Alfredo Guevara, Julio García-Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea –sus compañeros de El Mégano– y otros cineastas. Les leeré un texto de Pepe de 1970, acerca del significado de aquel hecho:

El nacimiento de nuestro cine tuvo lugar en marzo de 1959, dos años antes de que Fidel calificara públicamente de socialista a una revolución que ya lo era de hecho, en virtud del enlace íntimo de dos praxis parejamente poderosas y decisivas: la de la historia y la de la revolución misma. El nacimiento se produjo en forma de una ley revolucionaria que en su espíritu, en su letra y en sus acciones constituyó un fenómeno socialista clavado en el espinazo de una infraes tructura todavía configurada por un capitalismo atrasado y mediatizado. Comprender que el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos se erigía en reflejo presente de un futuro socialista, cuando para la vasta mayoría todavía ese futuro no se presentaba como la única perspectiva posible de la lucha consecuente contra el subdesarrollo secular; comprender que la nueva institución revolucionaria se erigía como cabeza de puente de la ideología socialista en aquel ámbito cultural y como cabeza de puente de la socialización industrial en aquel ámbito económico, es comenzar a comprender la violenta lucha ideológica suscitada por el ICAIC desde su llegada a este mundo.(1)

Aquel escrito es un ejemplo más, entre tantos, de la permanente actitud de ejercicio del pensamiento de José Massip. Ella se ha valido de una capacidad y de una sensibilidad extraordinarias para aprender e inquirir, y de una sólida formación teórica. En su filmografía se conjugan la imaginación y la creación cinematográfica con el manejo seguro del intelecto y la ideología. De su copiosa obra documental me limitaré a recordar Historia de un ballet, basada en la Suite yoruba de Ramiro Guerra –una «epopeya de la creación artística», como la califica Roberto Valera–, que ganó la Paloma de Oro en Leipzig en medio de la apuesta mortal que fue la Crisis de Octubre. Madina-Boe, de 1968, es un gran paso de avance del arte cubano, retado por una experiencia y unos valores que ya se habían ganado un lugar principal en la Revolución: los del internacionalismo. Ante sus compañeros cubanos, los combatientes guineanos «trabajan» el armamento, dándole en el ritual la importancia que le toca a cada tipo de arma según su potencia, antes de salir todos a atacar el cuartel portugués. Madina-Boe también nos ayudó a los jóvenes que tratábamos de ser intelectuales revolucionarios, en la búsqueda de una concepción del mundo que fuera realmente nuestra.

Páginas del diario de José Martí, un filme experimental, muy audaz y difícil, de búsquedas y rupturas, como le era necesario a Massip para expresar en una obra de arte el encuentro del Apóstol con la gente y con la naturaleza de su país, el acto final de su dramática vida, la pasión y la muerte concientes del que está forzando el nacimiento de un pueblo. Un filme que fuera digno del descubrimiento que Martí hace del cine en aquel manojo de páginas, donde es posible ver juntos la justicia revolucionaria y la bárbara valentía del reo, la grandeza de la causa y la sangre y el fango cotidianos, y en la frase final de la escena, ver al ser humano que apenas comienza a recorrer el camino que lo llevará a la gloria: «al fondo del gentío –escribe Martí–, un hombre pela una caña». Claro que tenía que ser como lo sintiera y lo plasmara el creador, no como lo esperara ver un burócrata. Había que ser muy pequeño para ver en ese filme irrespeto o supuestas desviaciones, o para suponer que se está defendiendo a la gente del daño que puede hacerle la obra de arte. Al pueblo, que es siempre tan complejo y tan profundo.

Presentación del no. 184 de la revista Cine Cubano. Foto: Paco Bou

Pepe ha estado toda la vida enamorado de la teoría, y recuerdo siempre el ardor con que me ha hablado en defensa del marxismo en los recesos de las reuniones. Pero es mérito grande el suyo: no haberse dejado dominar por la simplificación, la soberbia, la obediencia, los esquemas y el dogma, como otros, que se convirtieron en frutos secos. Graziella Pogolotti lo dice muy bien: «Algunos, entregados al empeño por transformar, no se detienen mucho en la necesidad de entender. Pepe consideraba que ambas cosas debían andar aparejadas». Y su hermano Enrique Pineda, que fue el primer maestro voluntario, el de El Cilantro, lo alaba: «Y para colmo, cuando una vez me atuve al principio de voluntariedad y no acepté agruparme a tu partido, no me abandonaste y fuiste capaz de escribirme: “respeto tus decisiones”…»

Está claro que José Massip es un artista, un pensador y un ser humano descollante, y un revolucionario ejemplar. Al cabo de medio siglo, él mismo nos da la clave para entender cómo tantas potencialidades suyas se han realizado: «Por lo tanto, lo que lo une todo, lo amalgama, a mi vida como poeta, como editor de la revista de Nuestro Tiempo, como cineasta, como profesor, como escritor… es la experiencia de la Revolución». «La escuela del documental en el ICAIC fue imprescindible para el nuevo cine latinoamericano, fue una escuela de poetas, de investigadores, de pensadores. Recuerdo que teníamos una discusión semanal, religiosamente».

Massip, la revista Cine Cubano y el ICAIC encontraron su sentido y su fuerza en la unión buscada y la organicidad lograda en saber que formaban parte de la fuerza del pueblo desatada por la Revolución y en la necesidad inabarcable de apoderarse de toda la belleza y de todas las capacidades, de que las artes fueran goces y armas al mismo tiempo, de asumir la modernidad a la vez que quitarle su sentido burgués, de ser voceros del pueblo y prefiguradores de su futuro. Y al mismo tiempo, en saber ser artistas, intelectuales y técnicos celosos defensores de la autonomía de su trabajo, sus sensibilidades, sus criterios estéticos y políticos, como única vía de lograr una realización fructífera de sus vidas en la Revolución, y de las funciones de su tipo de labores dentro de ella. Es decir, una de las maneras de unir la militancia y la libertad, para que ambas valgan la pena, avancen y participen en los cambios colosales de las personas y de la sociedad.

Cuando aquel logro se plasmaba, otros grupos de cubanas y cubanos también bregaban por conquistas análogas en otros campos. Formé parte de uno de esos grupos, el del Departamento de Filosofía de la Universidad y la revista Pensamiento Crítico. Muy pronto se establecieron relaciones muy estrechas entre nosotros y los del ICAIC, que llegaron a ser una hermandad en medio de tantos trabajos, afanes, proyectos y conflictos en el seno de la Revolución. Intercambiamos mucho, colaboramos, hicimos tareas juntos, y nos unimos en enfrentamientos. En el fondo de la memoria de mi juventud, entre tantos recuerdos, están las sesiones en el séptimo piso del ICAIC y la amistad para siempre con Alfredo, los debates acerca de cuestiones candentes de la actualidad cultural, la crítica de cine en la televisión, el pensamiento tan fuerte de Titón, un documental de Cortázar sobre Babalú Ayé, Walter Benjamin en la revista Cine Cubano. El poema que publica Retamar en este número me trae a los que ya no están. Saul Yelín, que me llama para que almorcemos con un guionista, y yo me quede con él para una larga conversación bilateral, porque el guionista quiere preguntarme acerca de la esclavitud en el Caribe. Se llama Franco Solinas, y la película será, finalmente, Quemada.

Al final de la década de los sesenta, en aquel julio tremendo de 1970, publicamos un número de Pensamiento Crítico dedicado al cine cubano, que contenía escritos o entrevistas, de 20 miembros del ICAIC y de otros intelectuales. Las palabras de Massip, que leí al inicio, forman parte del texto de 12 cuartillas que nos entregó. (2) Ahora quisiera leerles fragmentos del editorial de ese número 42 de nuestra revista, porque evalúan el significado y la trascendencia del cine cubano, y porque dan idea de la conciencia de la cultura y lo político que compartíamos entonces:

no estaba inscrito en ningún libro de historia del futuro que el movimiento cinematográfico cubano se convirtiera en lo que es, ello se debe a una política cultural específica que ha sabido hacer válidas las proposiciones revolucionarias en el terreno asignado […] Es imprescindible establecer que, para todos los planos de la vida, la revolución es imaginación militante. Uno de los lastres más crueles del dogmatismo ha sido, precisamente, el hábito pernicioso de vincular la militancia a la rutina, para traicionarla mejor. Ello «justificaba» la hipersensibilidad liberal ante todo intento de organización y planeamiento.

Después de celebrar lo logrado en la filmografía de aquella primera década, decíamos del ICAIC:

De otra parte, el carácter mismo de su objeto de trabajo, el cine, cuya significación para la revolución había sido advertida ya por Lenin, ha permitido potenciar de un modo extraordinario la significación social de sus logros. Esto ha operado en el plano de la selección de películas para su exhibición en nuestro país, en la labor de divulgación y discusión que incluye el trabajo de la cinemateca, de la editora, del servicio de traducciones y de la revista Cine Cubano, y, sobre todo, en la inducción sobre otras formas de artes como la plástica –singularmente el cartel– y más recientemente la música […] en ambos casos estrechamente vinculadas con la política de dirección de la actividad cinematográfica.

Media vida después, cuando las cosas son tan de otro modo, Cine Cubano es una demostración palpable del desarrollo y la riqueza descomunal que ha alcanzado la cultura cubana. Propone asuntos, problemas, juicios y belleza formal a grados muy altos de complejidad y calidad, porque solo así se pueden satisfacer las necesidades y las expectativas de las cubanas y los cubanos de hoy, y nos ratifica que las tareas valiosas no se pueden medir por lo que parece posible.

Me hace muy feliz haber fracasado en el intento de apuntar algunos comentarios sobre los trabajos de este número, para estimular al futuro lector. He revisado cada uno de los 29 textos que aparecen después del dossier, en las secciones de «Ensayo y pensamiento», «De película», «A través del tiempo», «Variaciones» y «Noticiero ICAIC». No sería posible, o llevaría horas, aludir a la densidad de los contenidos, la profesionalidad y la coherencia del conjunto, los hallazgos que he hecho de numerosas informaciones y de criterios muy valiosos, y en unos u otros, las tesis, la originalidad, el ingenio, la erudición, el coraje intelectual, los logros formales. Componen un equipo formidable los famosos y los nacidos en los años ochenta, los cineastas, los críticos, los que pertenecen a diversos campos de la cultura y las disciplinas sociales. Pero al confesar mi imposibilidad de reseñarlos, quiero añadir que le agradezco a Pacheco haberme obligado a hacer algo que me gusta tanto.

Este número 184, y el complejo cultural que constituye la revista Cine Cubano, configuran uno de los aportes tan relevantes que brinda el cine organizado y conciente de Cuba a la cultura y a la manera de vivir que creamos y defendemos. Nos ayuda mucho a avanzar y a sentir optimismo esta Cine Cubano, hija distinguida de un país que es tan superior a sus circunstancias.

 

(1) Pensamiento Crítico, n. 42, La Habana, julio de 1970, pp. 57-58.
(2) El texto de José Massip formaba parte de la sección «Los directores hablan». Junto a la de Pepe, publicamos las respuestas de Santiago Álvarez, Jorge Fraga, Julio García-Espinosa, Manuel Pérez Paredes, Enrique Pineda Barnet, Humberto Solás y Pastor Vega. El número se iniciaba con tres textos de Alfredo Guevara, reunidos bajo el título «Un cine de combate».