Maneras de ocupar el Tiempo

 

A cargo de Jacqueline Venet

 
 

Los saltos temporales en la Historia vienen a constatar el archiconocido saber de la no linealidad. Más que un recorrido homogéneo y cansino, triunfa la añoranza de la historia que deglute y reubica cuanto acontecimiento resulte atractivo o imperioso a su antojo. Ni cíclico ni consecutivo, más bien rebotes que rescriben la verdad aceptada, y la mirada. Estas nada nuevas coordenadas de lo instantáneo se amalgaman con la nostalgia. El sujeto, contemporáneo o no, necesita de su pasado, quizás para edificar, desde él, mejor su presente o, sencillamente, para enclaustrarse en lo conocido o retomar la ingenuidad primigenia de lo que un día fue.

Tal vez por ello el ansia de reconstruir, desde miradas muy divergentes, ciertos comienzos, ciertas pequeñas revoluciones cinematográficas. Por un lado, cual Gepetto junto a su más caro invento, aparece la figura de Méliès y con él toda la magia e inocencia que portaba el microuniverso del cinematógrafo. Por otro, la crisis del paso del cine mudo al sonoro desde un melodrama que juega, con las costuras más posmodernas, a delimitar, más que a imponer, fronteras entre el ayer y el hoy de un proceso claramente evocativo por el propio desconocimiento y encanto que porta. Una más emotiva, otra más intelectual, ambas abren y cierran esta sección como lazo que anuda lo moderno con lo primitivo, la escritura de la historia y el cine mediante una sintaxis visual que acoge momentos del devenir del sujeto y de su representación fílmica más que de un proceso lógico-histórico. Encerradas entre estas dos producciones están aquellas creaciones ancladas en la inclemente contemporaneidad. Quizás el primer texto de la sección ya abra el camino propuesto. Dé ciertas claves, como la cinta que refrenda. Después será solo transitar por producciones y juicios más controvertidos, como la propia realidad que intentan desmenuzar. Filmes con altibajos, –¿más bajos que altos?– pero que ambicionan «historiar» la filosofía y el modus operandi de las más crudas problemáticas sociales de hoy, cubanas y universales. La marginalidad, las ansias de una vida mejor que la que se consiguió tener, la supervivencia, la prostitución, la racialidad, el homoerotismo, el repensar lo que fue y ya no es, o qué queda. Si algo vale y aúna estos textos fílmicos, es el deseo de punzar en realidades poco cosmetizantes de una sociedad global que ha perdido la fe.

El héroe clásico, valeroso, trágico por naturaleza, se encuentra con el héroe de estos tiempos, narciso temeroso de su presente y su futuro, igualmente trágico, incapaz de ver la inmortalidad de su acto, quien solo intenta sobrevivir en un espacio y un tiempo que lo destierran.

Se dice que los más jóvenes desdeñan la nostalgia. No saben qué es. Y que los más viejos la ceban y devoran. Muchos de estos jóvenes protagonistas trastocan esa tesis; muchos de estos jóvenes críticos apelan a ella esperando un cine mejor.

Ni génesis ni finitud, solo trazos, o modos de enjuiciar qué pasa con su tiempo. Puede que abriendo los ojos ante la crisis o la pérdida de casi todo, o apelando a la ingenuidad cruda…