Kaurismäki sonríe ante la contingencia

 

Joel del Río

Joel del Río (La Habana, 1963). Crítico de cine y periodista de la Escuela Internacional de Cine y Televisión y del Centro de Información Cinematográfica del ICAIC. Ha escrito varios libros sobre cine, entre ellos, Los cien caminos del cine cubano (Ediciones ICAIC, 2010), en coautoría con Marta Díaz, y Melodrama, tragedia y euforia: De Griffith a Von Trier (Ediciones ICAIC, 2012).
 

Cualquiera que sea la opinión de mi lector sobre la películas del autor finlandés Aki Kaurismäki, considerado el mejor cineasta de su país de todos los tiempos, no creo que alguien pueda dejar de percibir la singularidad de su estilo lacónico y taciturno, reconocible además por los ambientes monótonos y grises que rodean a personajes desarraigados, alienados y desamparados. Sobre similares coordenadas temáticas y estéticas se encuentra su más reciente película Le Havre (2011), filmada en Francia con actores galos y finlandeses, y estrechamente relacionada con la continuidad del prosaísmo melancólico típico de Kaurismäki, quien ha decidido conservar ciertos matices de sus películas precedentes, además del vínculo con los matices románticos del realismo poético francés, y con los cuentos de hadas de final happily ever after. Sin embargo, a pesar de que Kaurismäki recubre su emotiva trama con una aparente displicencia narrativa y con un distanciamiento típico del teatro brechtiano, estamos en presencia de una auténtica oda a la solidaridad entre los humanos, y a la posibilidad de los milagros, en una cuerda más propia de las acentuaciones melodramáticas a lo Krzysztof Kieślowski, o Lars von Trier, que de la sobriedad a la que Kaurismäki se muestra tan aficionado.

Para tratar de paliar cierto desconocimiento entre la cinefilia cubana respecto a la trascendencia y al alcance de Kaurismäki, es preciso establecer algunas valoraciones preliminares. Junto con las películas del iraní Abbas Kiarostami, de los hermanos Dardenne, del chino Tsai Ming-liang, el francés Robert Guédiguian y el mexicano Fernando Eimbcke, las obras de Kaurismäki dependen de estructuras muy abiertas al contexto, que insisten en retratar personajes marginales, potencian el desencanto, y rinden culto al fragmento y la dispersión, en tanto naturalizan el descentramiento y la alteridad. Las películas más lúcidas del célebre realizador finlandés reciclaron el neorrealismo mixturándolo con la comedia de absurdo, en pos de distanciar al espectador.

Admirador de Jean-Luc Godard, influido por Robert Bresson, Yazuhiro Ozu y Luis Buñuel, Kaurismäki sorprendió al paisaje conformista del cine nórdico cuando en 1984 y 1987, respectivamente, realizó sendas versiones de obras trágicas y sombrías, Crimen y castigo, de Dostoiveski, y la tragedia modernizada de Shakespeare que resultó ser Hamlet vuelve a los negocios. Ambas impusieron un tipo de pastiche posmoderno que apostaba por el ascetismo y la concisión en lugar de por los subterfugios narrativos y los excesos propios del delirio audiovisual posmoderno. De inmediato, aparece la que luego fue bautizada como la Trilogía obrera, con Sombras del paraíso (1987), Ariel (1988) y La chica de la fábrica de fósforos (1990), las cuales abordan vivencias sentimentales, de antihéroes aburridos y taciturnos, con un laconismo –opuesto al melodrama clásico– que reaparece en la paradójica road movie musical Leningrad Cowboys Go America (1989), así como en la irónica I Hired a Contract Killer (1990), con Jean-Pierre Léaud: una presencia que vinculó al director, otra vez, con el cine francés y con la impronta de Godard, y lo embarcó en La vida de Bohemia (1991) aquel melodrama surrealista disfrazado de comedia de época.

Marcel  (André Wilms)

Para entender el itinerario seguido por el autor hasta Le Havre, importa conocer que en 1994 dirigió Toma tu pañuelo, Tatiana, una película prácticamente muda que se afilia al surrealismo, mientras que con Juha (1999) adaptó un clásico de la literatura finlandesa de Juhani Abo, rodó en blanco y negro, prescindió de diálogos y pretendió llegar al espectador como si este filme hubiese sido realizado durante el cine silente. Mucho antes de la alharaca universal ocasionada por la cinta francesa El artista (2011), Kaurismäki le rindió culto a las películas mudas, cuya sencillez minimalista reaparece en 1996 con Nubes pasajeras, comedia de tono ligero sobre la crisis económica y el desempleo, y sus efectos en una pareja que al principio es feliz, luego afronta diversos problemas y al final es feliz otra vez: muy en la vena de las comedias románticas con toque social a lo Frank Capra o Charles Chaplin. Nubes pasajeras resultó la primera entrega de la Trilogía sobre los perdedores, completada en 2002 por Un hombre sin pasado, y dos años después con Luces del atardecer.

Consagrado definitivamente tras la nominación al Oscar y con el premio recibido en el Festival de Cannes por Un hombre sin pasado, el director volvía a develar emociones soterradas de protagonistas en desgracia (un soldador pierde la memoria por un ataque racista), sin lágrimas, masoquismos ni manipulaciones ennoblecedoras, pero dejando traslucir una evidente preferencia por los personajes comunes, pobres, atribulados, derrotados, mas casi nunca vencidos, en una suerte de optimismo hipertrofiado, inexplicable y singularísimo en tiempos signados por el escepticismo y la falta de fe. A propósito del estreno de Nubes pasajeras, y de Un hombre sin pasado, Kaurismäki declaró que su estilo puede catalogarse como un «realismo estilizado» que se complementa con momentos de ilusión a ultranza. En sus películas más recientes se percibe objetividad en cuanto al contenido, y una estilización cada vez más notoria de la escenografía y los sets, de modo que ciertos elementos de verismo terminan sacrificados en el altar de la credibilidad, y el ritmo y la narratividad convencional se inmolan, en pro de una morosidad hierática y desdramatizada.

A lo largo del trayecto descrito, principalmente en las películas más recientes, y hasta Le Havre, Kaurismäki ha demostrado su amor por los lugares, las cosas y las personas que el común de los mortales contemplan con mirada ciega, a la hora de reparar en el heroísmo de lo cotidiano, en las cicatrices, dudas y resignaciones estampados en el mapa aciago de cada rostro alelado por el infortunio. Sin embargo, Kaurismäki se distancia del patetismo trágico, o melodramático, mediante una cierta impasibilidad humorística, rasgo permanente en estos personajes de perdedores que tanto le agradan a este cineasta, que es también guionista, editor y productor. La distancia de la cámara o los planos regularmente estáticos en momentos cruciales de la acción, el movimiento ritual o hierático de los actores, las acciones inmotivadas o absurdas (en Le Havre el protagonista le lee un cuento de Kafka a su esposa enferma de cáncer, y el comisario emprende su encuesta policiaca con una brillante piña en la mano), unidos a la iluminación artificiosa, la abundancia de gags mudos y busterkeatonianos, y al empleo abundante de silencios y elipsis, le confieren un aura brechtiana al cine de Aki Kaurismäki, un autor capaz de crear un estilo replicado por el norteamericano Jim Jarmusch o el japonés Takeshi Kitano.

El distanciado rigor y la gracia propia de los grandes maestros salvan Le Havre del sermón, la sensiblería o la propaganda melosa. Como en otras películas de Kaurismäki, aparece el tema de la segunda oportunidad en relación con personajes que parecen haber perdido toda esperanza, y reaparece el tono romántico del último gran neorrealista europeo. En la película francesa del director finlandés se verifica una improbable mezcla de Umberto D y Milagro en Milán; es como si Ingmar Bergman se aplicara a reconstruir la inocencia de Tiempos modernos. Una pareja casi anciana vive en Le Havre, la ciudad portuaria francesa. Ella enferma de cáncer mientras él se empeña en proteger y poner a salvo de la dura política migratoria francesa a un inmigrante ilegal. Hay un tenaz inspector de policía que sospecha del veterano limpiabotas, pero el adorable vecindario está dispuesto a proteger al pobre viejo, afectado como se encuentra por la enfermedad de la esposa, y empeñado en salvar de la deportación al adolescente africano. Esta ínfima trama podría haber dado lugar, en otras manos, a un thriller moralizante, o a un melodrama sobre un tierno anciano que protege a un niño victimizado y perseguido, si no fuera por la escasez de peripecias físicas, la ausencia de ruidos o música (más allá de algunos discos con cantantes de los años treinta como Cuesta abajo, de Carlos Gardel, que se escucha con el correspondiente scratch de los discos antiguos), así como por el notable regodeo en las locaciones feas y vulgares, contempladas desde el naturalismo, por el tono minimalista de los actores y por ese aire de película francesa de los años treinta, medio estereotipada y de tintes trascendentes.

Marcel e Idrissa (Blondin Miguel)

La emoción y el humor aparecen soterrados, y por ello Kaurismäki se cuenta entre los grandes autores del cine contemporáneo, porque consigue la empatía del espectador (entrenado en su realismo de tragicomedia frugal) sin recurrir a ninguno de los trucos habituales para exaltar el ánimo del respetable público. Aunque aborde un tema tan candente como la inmigración africana en Europa, y exprese sin cortapisas sus críticas al gobierno francés, el finlandés se aleja del panfleto, y prefiere personajes excéntricos más que símbolos de las clases desfavorecidas. Por ese camino, arriba al humor inteligente e irónico, y consigue sin esfuerzos el ambiente ligero de los cuentos de hadas, incluidas la redención final del malvado y la salvación casi milagrosa, y a última hora, de la dama en peligro. Porque al igual que en Un hombre sin pasado, una de sus películas más vistas en Cuba, Kaurismäki se las ingenia en Le Havre para extraer perpetua simpatía de los temas y personajes menos propensos, en apariencia, a tales momentos de absurdo o de sarcasmo. Y así, sonriendo a medias ante los aspectos menos agradables de la vida contemporánea, el cineasta sigue aportando obras maestras a una filmografía que se cuenta entre las más atractivas, sólidas y peculiares del cine europeo.