Luneta en la memoria

 

Fernando Martínez Heredia

 

 

 

 

 

 

Fernando Martínez Heredia (Yaguajay, 1939). Investigador social e historiador. Premio Nacional de Ciencias Sociales 2006. Director general del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. Entre sus últimos libros publicados están Las ideas y la batalla del Che (2011), A viva voz (2011) e Historias cubanas (2012).
 

Me turba un poco la misión de escribir impresiones, desde mis ideas y mis vivencias de la Revolución cubana, ante el documental Luneta No. 1. Rebeca Chávez continúa con esta entrega una tarea suya muy hermosa y difícil, que ha brindado ya documentos muy valiosos y obras artísticas conmovedoras: la recuperación de la memoria histórica de esa revolución. Pero detrás de esa expresión feliz que les debemos a otros latinoamericanos está la materia misma de un evento que es impar entre los que desquician las vidas de las personas y el orden de las sociedades, y levantan con todo tipo de materiales nuevos y viejos otras realidades, relaciones, instituciones y comprensiones de sí mismos y de una gran parte de lo demás.

La recuperación de las revoluciones confronta –entre otras dificultades– la realidad de que estas no están hechas solamente de jornadas épicas y trabajos sin cuento, de sacrificios y logros, de victorias y derrotas, sino también de silencios y omisiones, de olvidos y ocultamientos. No es fácil condenar cuando se descubren porciones de esas zonas oscuras, en el desván de las revoluciones, porque la formación de ellas ha dependido de uniones de la mezquindad y la grandeza, la maldad y la entrega sin límites a la causa, el oportunismo y las necesidades fundamentales de la propia revolución, la ignorancia y la sabiduría política, el miedo y la militancia revolucionaria. Las resultantes suelen ser muy complicadas, y a los que han vivido los procesos les es fácil perder la capacidad de juzgarlas. Se vuelve entonces natural convivir con ellas, y la mayoría de los participantes se torna incapaz de recuperar esos hechos, conflictos, desgarramientos y verdades históricas.

Liudmila V. Patrulina  y Nelson Ramírez

Luneta No. 1 penetra sin temor en algunas de esas zonas oscuras de nuestra Revolución. Solamente al verlo comprendí el acierto de reunir en sus cuatro entrevistas a dos revolucionarios pertenecientes a la generación de los iniciadores –tan larga que va desde Fidel Castro, Alfredo Guevara y Guillermo Jiménez hasta los nacidos a mediados de los años cuarenta–, a una pareja que hoy tiene poco más de cuarenta años y a otra pareja de veinteañeros. Los artistas plásticos cubanos Nelson Ramírez y Liudmila Patrulina nacieron en Berlín y Moscú respectivamente, y se unieron en los años en que desaparecían la URSS y los demás regímenes del llamado socialismo europeo. Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco –la pareja más joven– son periodistas sagaces y críticos literarios con una obra que ya es más que una promesa. El conjunto brinda una diversidad muy notable, en cuanto a las aproximaciones y los medios con que cuentan respecto a los temas que unifican el material, y en cuanto a los sujetos mismos que nos hablan desde allí.

Desde el grado de libertad que me han dado, comentaré solamente algunos de los asuntos y las aristas que ofrecen las exposiciones y los expositores, sin atender mucho a un orden que no me parece relevante.

Alfredo Guevara, con su lucidez envidiable, aborda una cuestión central: la Revolución no es un monolito, lograr y mantener la unidad ha sido y es una tarea muy dura y a veces angustiosa. Enseguida aparece otro tema del mismo calibre: la historia de la Revolución no es una sucesión de victorias en el curso de la marcha hacia el futuro luminoso. Establecidos ambos se puede tratar de entender, pasar de objeto a sujeto y buscar comprensiones que nos den estatura y capacidad para enfrentarnos a la más difícil de todas las creaciones.

Con verdad y sin acrimonia, Alfredo y Guillermo Jiménez exponen hechos y criterios sobre la primera etapa del poder revolucionario –la que va de 1959 a inicios de los años setenta–, y en sus palabras vuelve a ser cierto lo que entonces sucedía y ocupaba a todos, y después fue sepultado entre el olvido y la retórica vacía: en el seno de la Revolución existían ideas y posiciones muy diferentes, de personas, grupos y organizaciones que tenían propósitos y actuaciones distintos. He tenido la gran suerte de vivir todo el proceso, desde las filas de los revolucionarios, y la memoria remota me permite recordar un gran número de sucesos, situaciones y conflictos que corroboran lo que ellos dicen. Pero intentaré solamente dejar planteados algunas nociones y ciertos planos de la cuestión.

La Revolución que triunfó en 1959 no estaba destinada necesariamente a alcanzar la grandeza y la trascendencia que ha tenido. Frente a sí tenía opciones diferentes, duros condicionamientos y enemigos muy fuertes. Para triunfar del todo, tuvo que ser una revolución socialista de liberación nacional. Contaba a su favor con las personas y los instrumentos que formó la insurrección, con la violenta radicalidad de los hechos mismos –en enero de 1959 se consumó la destrucción de los aparatos militar, represivo y político del Estado burgués–, con la esperanza y la conciencia popular de que era posible intentarlo todo, convertidas en entusiasmo y decisión, con el enorme acumulado histórico de revolución y contrarrevolución que poseía el país, con un proyecto de destruir los poderes del imperialismo y las clases dominantes que tenía la vanguardia política de la insurrección, y con el liderazgo del más grande de los cubanos del siglo XX. Pero aun así era probable que no formulara bien o en los tiempos requeridos sus hechos y sus objetivos, que cometiera errores estratégicos y tácticos demasiado graves, que sus enemigos lograran estrangularla en sus primeros tiempos, o que ella misma se suicidara –incluso después de establecida– por el predominio de los aspectos negativos que contiene dentro de sí todo proceso social.

Esa es la materia real de la época, que sería apasionante para el estudioso y podría cautivar a los jóvenes cubanos de hoy, si la conocieran. Y podríamos seguir. ¿Cómo fue posible que la Revolución lo fuera realmente, triunfara y se consolidara? ¿Cuáles serían las enumeraciones de rasgos, y sus diferencias y conflictos, de momentos ulteriores que se seleccionaran? Pero no es este el lugar para intentos de dar respuesta a esas preguntas pertinentes.

Está claro que los llamados sistema socialista y movimiento comunista internacional, y su ideología teorizada, no estaban aptos para promover y conducir una revolución socialista cuando surgió la cubana. Pero enseguida que triunfó en toda la línea contra la geopolítica que la condenaba a ser dependencia norteamericana, Cuba se vio precisada a buscar armas y relaciones económicas con soberanía, y solo las encontró con la Unión Soviética, que estaba en un especial momento de revisión interna e iniciativas internacionales. Al declararse abiertamente socialista, pareció que Cuba podría ser un «país socialista» más, pero esa fue la fuente de errores políticos y conflictos en el campo de la Revolución que en algunos momentos llegaron a ser muy serios; y de algo peor: la tendencia a imitar las instituciones, relaciones, ideas y métodos de aquel socialismo, que ha mostrado resistencia a las campañas revolucionarias para erradicarlas, y dura hasta hoy.

Lo cierto es que durante la primera etapa de la Revolución en el poder predominó el socialismo cubano, y no el de procedencia soviética. Ese es uno de los rasgos fundamentales del periodo y –a mi juicio– fue un hecho histórico decisivo para que la Revolución no se desnaturalizara, creara su identidad propia y singular, se profundizara y arraigara hasta ser capaz de resistir pruebas tremendas en etapas posteriores. Pero se disminuye el valor permanente de aquella realidad, y el provecho que podríamos sacarle, cuando se oculta la historia concreta y se le sustituye por vaciedades como el elogio de la unidad en abstracto, repetido hasta el cansancio. Dice bien Alfredo: un día habrá que hacer la historia de la alianza de las organizaciones; muchos cuadros impregnaron con una carga dogmática a la Revolución; Fidel quiso salvarse de la URSS y fue una gran batalla, que finalmente perdió. Y dice bien Guillermo: el Partido Socialista Popular intentó predominar, pero Fidel se fue por encima de todos, hasta de la ideología; la unidad revolucionaria se tejió con hilos muy firmes, pero hilos al fin.

Guillermo Jiménez

Las dos parejas entrevistadas nos llaman con mucha fuerza a todos, pese a la tranquila prosa que utilizan. Aunque sus vidas estuvieron muy ligadas al campo del socialismo europeo, y fueron impresionados de jovencitos por la perestroika, Nelson y Liudmila saben ver que hace cincuenta años las dos superpotencias pulsearon y se entendieron, sin hacer mucho caso a la pequeña nación que una quería destruir y la otra ayudar. Esta solo pudo hacer prevalecer sus derechos mediante una valentía sin límites al borde del abismo y un apego poco cuerdo a sus principios. La exposición de los jóvenes plásticos se ancla en José Martí, para ofrecer una visión no narrativa de su patria. «El arte puede coexistir con la revolución –dicen– sin ser propaganda».

Elizabeth y Carlos andan en busca del tiempo escondido. Hablan de Lunes de Revolución, el semanario que los más jóvenes leíamos con entusiasmo y deseos de conocer. PM les parece un detonante que forzó a la dirección revolucionaria a tratar los problemas de los intelectuales, y piensan que la famosa frase de Palabras… resulta ambigua, porque no deja claro qué estaría dentro de la Revolución y qué no lo estaría. Opinan que Heberto Padilla conocía la horrorosa historia de los procesos de Moscú y tuvo la intención de que todos creyeran que él «confesaba» bajo el terror. Entienden que es muy reducido lo que les llega a los jóvenes de aquel gigantesco y complejo proceso, pero analizan, hacen preguntas y alcanzan certezas. Elizabeth afirma: «hay distintas revoluciones dentro de una gran revolución».

Ahora sé por qué me turbaba esta misión. Yo era un jovencito cuando acababan de asesinar a los jóvenes de Humboldt 7, a 400 kilómetros de nosotros, y decidimos que había que hacer algo esa misma noche. Imagínense lo que sería para mí el juicio del delator, y Fidel declarando: «Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos». Había vivido el difícil y espinoso camino de la unidad. No oí hablar de PM en 1961, pero recuerdo cuando acordamos los del ICAIC y los de Filosofía una posición conjunta ante el libro de poemas de Padilla de 1968, muy revolucionaria y sumamente crítica al mismo tiempo (quizás sea una calificación redundante). Y el dolor de aquella noche de circo en abril de 1971, en medio del mejor Congreso de Educación que habíamos tenido nunca, echado a perder por el sórdido añadido de «y cultura».

Pero no tenemos derecho a las emociones personales los que estuvimos y todavía queremos. Lo importante es que el apoliticismo que fue creciendo desde los años noventa está perdiendo terreno a ojos vista. Se vuelve a desplegar el interés por la historia de la cultura en la Revolución, por la historia misma del proceso revolucionario y por la política dirigida por ideales, es decir, contra el sucio capitalismo que quiere volver disfrazado de futuro inevitable y a favor de una sociedad cubana de justicia, libertad y bienestar repartido entre todos, una sociedad socialista. Nos toca entonces ayudar al rescate de la memoria completa, sin exclusiones, distorsiones, escamoteos ni mentiras. Nos toca ser honestos y compartir, sin sermones ni autoritarismos, porque quizás estamos entrando en una etapa decisiva y es necesario que sobre todo los jóvenes asuman iniciativas y aprendan a actuar, y apoderarse de los legados propios es una escuela maravillosa para esos empeños difíciles.

Bienvenido sea este trabajo que nos brindan los seis entrevistados y Rebeca Chávez y su equipo. Bienvenida sea esta luneta en la memoria.