Luneta No. 1 o ¿Qué es la Revolución?

 

Jaime Gómez Triana

Jaime Gómez Triana (La Habana, 1978). Crítico e investigador teatral. Sus textos han aparecido en revistas de México, Colombia, Ecuador, Estados Unidos y Cuba. En 2002 publicó Víctor Varela: teatro y obstáculo, a partir de su experiencia de trabajo junto al reconocido director cubano.
 

No sé lo que te habrán contado,
pero es casi seguro que no te lo contaron como fue.
ABELARDO ESTORINO, La casa vieja

 

En 2012 estamos celebrando el centenario de ese gran escritor cubano que es Virgilio Piñera. Recordado por su teatro, por su narrativa y por su poesía, Piñera es también, ha sido entre nosotros, el que dijo: «tengo miedo». En la transcripción que se conoce de la intervención de Virgilio Piñera durante las reuniones de 1961 en la Biblioteca Nacional, la frase no aparece de esta manera; sin embargo, el imaginario la ha conservado así o con ligeras variantes, siendo el testimonio de una peculiar paradoja. El que se levantó de su silla, y dijo «tengo miedo», fue el más valiente. La anécdota ha ido y ha venido, a partir de ella ha corrido la tinta, sin que aún se haya publicado en Cuba, fíjense que digo en Cuba, una transcripción definitiva de aquellas otras intervenciones que condujeron a las Palabras a los Intelectuales de Fidel.

Recuerdo la frase de Piñera porque a cien años de su nacimiento acaba de aparecer –como parte del volumen que le dedica la colección Órbita, de la UNEAC– su diálogo con el líder de la Revolución en aquellas reuniones. Han pasado cincuenta años de aquel intercambio y aún hoy, incluso después de publicado, sigue levantando opiniones contrapuestas. No podría ser de otro modo, la historia no es el devenir de sucesos en blanco y negro, es la acción efectiva –pude escribir afectiva– de los seres humanos. Más allá de los datos, de las evidencias, hay sentimientos, puntos de vista, razones; hay, también, silencios. Y por supuesto que a la altura del siglo XXI nadie pondría en duda que las palabras de Piñera en aquella reunión fueron tan importantes como las del propio Fidel. Sin que le temblara la voz, el autor de Electra Garrigó planteó el problema central, la preocupación de todos. Fidel lo entendió de inmediato y es por eso que en su respuesta insiste en la necesidad de que todos, fueran o no revolucionarios, se incorporen a las nuevas tareas. Mucho se ha escrito también acerca de la trascendencia de las palabras de Fidel, su intervención echó las bases de una política cultural que se ha ido actualizando, pero que se sostiene aún sobre los puntos fundamentales de aquel diálogo imprescindible, de aquella negociación, entre creación artística y política.

Se intentaba entonces confrontar razones, acorralar fantasmas e ir incluso más allá de las anécdotas. Se trataba de ir más allá de PM. Hoy sabemos mucho más sobre los resortes que desataron la polémica entorno a la exhibición de PM, poco a poco se han ido develando los argumentos que sustentaban las posiciones de los grupos en contienda. Ha pasado el tiempo y los sucesos se han hecho más transparentes. Los propios protagonistas de entonces acabaron por ocupar el lugar que escogieron, cada cual en línea con sus verdaderos intereses. Obviamente de nada serviría imaginar lo que habría sucedido si otro hubiera sido el desenlace de aquella batalla. ¿Acaso sería posible viajar al pasado y despojar una acción particular de su contexto o sustituirla por un gesto contrario? La historia y las nuevas generaciones juzgan, pero el verdadero juicio necesita afincarse en un análisis profundo.

Alfredo Guevara

Cada época tiene sus demandas y en todas ellas el pasado juega su papel. Somos lo que recordamos y la memoria –que lo digan los cineastas– edita, ajusta, selecciona. Espectadores y protagonistas a un mismo tiempo, somos memoria y convivio, somos también nuestra época. Y claro, el tiempo de la Revolución es la Revolución misma y los que hemos vivido, quiero insistir, los que vivimos este tiempo, somos también la Revolución. Querámoslo o no, somos la Revolución, no digo sus hijos o sus padres, digo la Revolución. Negando o afirmando, nadie ha estado al margen de la gran transformación que trajo al país el 1ro de enero de 1959. ¿Qué ha sido, qué es la Revolución para los cubanos?, esa es, quizás, la pregunta que anima el más reciente documental de la cineasta Rebeca Chávez.

Centrado en los aspectos que tienen que ver fundamentalmente con la cultura, con la política cultural, pero no solo con ella, Luneta No. 1 se plantea como una singular indagación en el imaginario de hombres y mujeres de diversas generaciones que han vivido el proceso revolucionario. Cuatro entrevistas vertebran este ensayo audiovisual, que articula memoria y mirada. Los protagonistas de la historia se miran a sí mismos y al hacerlo miran a su país, a la cultura cubana, al pasado vivido o recuperado. La directora va más allá. Al filmar a sus entrevistados, al seleccionar las imágenes con que complementa sus respuestas, Rebeca Chávez logra poner sobre la mesa un cúmulo infinito de preguntas que obligan al espectador a pensarse a sí mismo en relación con su contexto, a quebrantar falsas seguridades, a proponer argumentos propios.

No se trata de ilustrar suficientemente sobre un tema, de develar claves ocultas, de hacer «el espectáculo». La obra rehúye del didactismo y propone un análisis dialéctico del devenir a partir del contrapunteo entre las certidumbres e incertidumbres de los propios entrevistados. Alfredo Guevara, uno de los protagonistas de este documental, explica el mecanismo usado por la directora cuando nos dice: «La verdad es Rashomon». Por su parte, pensando acaso en los más jóvenes, la directora ha dejado claro en una entrevista que le fue realizada a propósito de su película Ciudad en rojo, lo que considero también es su punto de vista en esta obra: «Siempre me sorprende –dice Rebeca– cuando la gente habla de la Revolución como algo que ya pasó, como una gripe que le dio: la Revolución está pasando todavía, y tiene que seguir pasando con el sello de cada momento».(1)

Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

Creo, sin embargo, que la clave del documental no está ni en las reflexiones sagaces y controvertibles de Alfredo Guevara, ni en la franqueza perentoria de Guillermo Jiménez, y mucho menos en la viveza cándida de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco. Rebeca Chávez sabe que algunas de las respuestas más certeras al diálogo entre cultura y política están en el arte mismo que desde Cuba y sobre Cuba se hace. Verdaderamente rotundas resultan en pantalla las imágenes de la obra de Nelson y Liudmila. Contundentes son, asimismo, los argumentos con que estos creadores sustentan las piezas que conforman una de sus muestras más importantes: «para nosotros –nos dicen– Cuba es la Revolución y, antes de la Revolución, Cuba es José Martí». Y claro, el cine es mucho más elocuente y en este caso, ya lo verán, por elocuente, polémico, discutidor, osado. No podría ser de otro modo. Le toca a los creadores en Cuba repetir el gesto de Piñera: debemos interrogar de frente. Las consecuencias de su intervención en 1961 aún pueden ser percibidas; Luneta No. 1 discute a partir de ese punto cero que marca Palabras a los intelectuales, se mueve hacia atrás y hacia delante, profundiza.

Hace unos días, cuando vi el documental, le pregunté a Rebeca si lo había hecho pensando en su generación o en la mía. Al responderme me habló de su equipo, integrado mayoritariamente por jóvenes creadores del audiovisual, de su necesidad de ser arropada por las nuevas generaciones. Ahora sé que la realizadora va incluso más allá; su documental interroga al futuro. Son los cubanos y cubanas por venir quienes deberán responder ¿qué es la Revolución? A ellos tomo prestadas las palabras y adelanto una respuesta: la Revolución es, también, el cine de Rebeca Chávez.

 

 

 

(1) Rosa Miriam Elizalde, «Rebeca Chávez: “Ciudad en rojo” no es un drama histórico», <www.cubadebate.cu>, [1ro de junio de 2012].