El envés de la trama

 

Francisco López Sacha

Francisco López Sacha (Manzanillo, 1950). Narrador y ensayista. Premio Alejo Carpentier de cuento (2002), con Dorado mundo. Su relato Escuchando a Little Richard, obtuvo el Premio Juan Rulfo (2001). Recientemente publicó Variaciones al arte de la fuga (Ediciones Unión, 2011).
 

No existe fenómeno aislado.
KARL MARX

 

Con verdadero sigilo, casi en puntas de pie, me robo el magnífico título de Antón Arrufat para calificar el más reciente documental de Rebeca Chávez, un prodigio de síntesis y dominio del tiempo, una propuesta audaz en términos de estructura, discurso y valores estéticos. Luneta No.1 nos invita, desde la intimidad y la cercanía del testimonio, a un recorrido en línea circular por los pasajes más sensibles de la política cultural cubana, a una mirada sutil y suficientemente abarcadora de sus quiebras, dificultades y retrocesos, y a una visión inédita, auténtica, explosiva, de la unidad política como fuente de poder y resistencia cultural. En esta evocación polémica que abarca más de cincuenta años sobresale la idea de un país y una revolución en constante movimiento y cambio que ahora mira hacia atrás y descubre de golpe otro pasado.

Se trata, en efecto, de un propósito muy vasto y no muy habitual en el género, conseguido, sin embargo, con los medios más precisos y efectivos: la entrevista personal y su intenso contrapunto con la época. Con verdadera pericia técnica, el documento histórico se interpola al testimonio de primera mano y ambos realizan un tejido de tiempo para mostrarnos, como en secreto, lo que han significado los errores, los aciertos y los hallazgos de la política en la definición de una cultura y en el destino de un pueblo.

Por supuesto, estamos ante un documental de ideas que propone una reflexión, un análisis, a través de los recursos y el lenguaje del cine. Un documental que sugiere ante todo y no impone de manera evidente un punto de vista. Un registro visual y sonoro que se resiste a la manipulación y sigue las pautas del arte para enfrentar en su complejidad concepciones opuestas a lo largo de medio siglo de experiencias culturales y políticas adversas. Un filme, en suma, que prefiere documentar la unidad y las desavenencias por medio de entrevistas, más bien conversaciones, que emergen del pasado y que lo juzgan desde la más absoluta contemporaneidad. Ese encuentro con el tiempo unifica en un mismo sentido a personalidades diversas, los convierte a todos en protagonistas y testigos, y al documental, en la expresión de una búsqueda para encontrar un criterio de juicio, o al menos, una aproximación a la verdad.

En ese esfuerzo se mueve el estilo y las sorpresas que nos reserva el filme, cuando vemos imágenes de archivo que sobresalen e intervienen la conversación, cuando la cámara abandona al entrevistado y viaja por la época a través de sus palabras, cuando las fotos, los recuadros de prensa, los fragmentos de cine, se incorporan al diálogo y se articulan con esa búsqueda. En realidad, lo que se nos descubre de improviso es una hermosa sensación de linterna mágica por donde pasan decenas de figuras en fugaces contrastes o detalles iluminadores de una época. En ese engarce con las palabras, el documental también nos muestra escenas históricas como la confesión de Heberto Padilla o el juicio de Marquitos, para revelarnos en breves pinceladas la relación siempre conflictiva y a veces dolorosa entre la vida intelectual, la unidad política y el ejercicio del poder.

En esa confluencia narrativa atisbo también otra novedad: cuatro enfoques diversos a problemas quemantes tratados a la manera de una elipsis o agujero de tiempo, por el que viajan en universos paralelos los conflictos internos de las fuerzas que hicieron la revolución, la práctica muchas veces injusta de una política cultural, los enigmas de un juicio donde estuvo en peligro la unidad de todos, la condición de un líder –remarcada varias veces en las palabras y en la imagen–, y el criterio polémico de los más jóvenes ante las heridas que dejó ese largo proceso inconcluso.

Estos asuntos constituyen la primera línea en el cuerpo visible del documental, mientras viajan por dentro las líneas de sentido, o esa manera de relacionarlo todo dentro de un ámbito histórico que se va reconociendo como único, como estamento superior en ese viaje a la memoria que incluye, además, la conciencia de los límites en el conocimiento de la realidad, el riesgo que supone un proyecto revolucionario, las consecuencias impredecibles de cualquier error y, naturalmente, los bruscos virajes en el tiempo, la caída del socialismo real, el otro instante de peligro salvado y sumido por Fidel. Quizás el sentido poético del documental se encuentre aquí, en ese tramado secreto entre las múltiples historias de vida y sus enormes consecuencias en la Historia.

Estamos ante el envés de la trama, en el cauce interior de algunos de los problemas no resueltos en la cultura y en la historia de Cuba. Esta mirada aleatoria, que se sirve exclusivamente del contexto para hilar entre sí sucesos aislados en apariencia, implica un conocimiento de causa y un análisis puntual de un universo propio en el que el cine, las ideas y la cultura entran en relaciones visibles y ocultas con la política viviente. Así, Rebeca Chávez dialoga con el pasado para encontrar esos momentos críticos, entra y sale de las conversaciones con el auxilio de la cámara y el montaje, rompe la lógica del tiempo, traza un camino de imágenes y consigue mostrar su concepto particular del testimonio, de la objetividad, hasta encontrar un espacio común, un enlace profundo y verdadero entre las crisis que hemos superado y todo lo que nos falta por hacer.

De ahí que Luneta No. 1 nos ponga de testigos, porque lo merecemos, de observaciones críticas que muestran ante todo el coraje de admitir los errores, el valor para modificar un punto de vista, la honestidad para decir lo que se piensa o el desenfado para expresar una verdad. La imagen de un Alfredo Guevara tomado entre luces, como individuo, dirigente y artista, redobla los propósitos de la cinta para colocarnos ante nuevas interrogantes derivadas de las sucesivas rupturas con las viejas ideas dogmáticas. Cuando el entrevistado se pregunta, con cierta perplejidad, por qué sigue siendo marxista, por qué desdeña y no cree ya en algunos dictados de Lenin, no puedo menos que preguntarme si el dirigente cultural cubano ha dejado de creer en el socialismo en un solo país, en el centralismo democrático, o en la idea carismática de un partido único. El documental nos coloca ante observaciones como estas que reafirman, ante todo, la madurez alcanzada hoy y tal vez la derrota definitiva de los dogmas y las prevenciones que tanto daño hicieron a la unidad de los revolucionarios.

Aquí radica el corazón de la tarea, la relación sutil, la mezcla en apariencia fortuita entre políticos y artistas. Bajo ese principio, podemos sentir como propias las cálidas observaciones de Guillermo Jiménez, su recuento preciso y doloroso, la imagen de Julio Antonio Mella en las palabras de Alfredo Guevara y en el retrato de Cabrera Moreno, las incisivas valoraciones de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal, o ese mar movible y azul ideado por Nelson y Liudmila que atraviesa la Plaza, Absolut Revolution que repercute en cualquier rincón del mundo.

La apertura de Luneta No. 1 va más allá de estas apreciaciones. El solo hecho de respetar y subrayar las opiniones de los entrevistados, en esa urdimbre o correlato secreto, de colocar la cámara como soporte y como narrador, de convocar las imágenes de archivo, las fotos inéditas, las ideas y las alusiones performáticas de un documental de cine que se hace a sí mismo, que amplía o concentra su interés en un radio de acción inmensurable, colocan a esta pieza en otra perspectiva para la realización artística del testimonio. El hallazgo de un camino para mostrarlo todo, para hablar de política sin traicionar al arte, para remover las viejas ideas y constatar nuevas verdades, nos reafirma en el criterio de que este tipo de indagación puede situarnos ante un nuevo comienzo, ante una valoración sin cortapisas de todo aquello que nos une o que nos divide, ante ese inicio sagrado de todo gran camino, como rezan las antiguas palabras.