De París al mundo

 

Frank Padrón

Frank Padrón (Pinar del Río, 1958). Filólogo, ensayista, narrador, poeta, crítico de arte y comunicador audiovisual. Recientemente publicó Co-cine. El discurso culinario en la pantalla grande (Ediciones ICAIC, 2011), finalista en el prestigioso certamen francés Gourmand Award Books, y Con la buena voluntad del tiempo (Ediciones Unión, 2012).
 

Con el del Nuevo Cine Latinoamericano de todos los diciembres, el Festival de Cine Francés en Cuba, que en este 2012 celebró su 15 aniversario, constituye el evento más esperado y concurrido entre los cinéfilos. Entre nosotros, la «edad de las ilusiones» se insertó en medio de un excelente momento para la producción gala: más de 270 películas, 200 millones de espectadores en Francia y amplios reconocimientos internacionales, incluyendo cinco premios Oscar para The Artist.

Intentemos, entonces, una panorámica de un evento que -fuera por arribar a la importante fecha, por la buena salud de la cinematografía que lo respalda o por mero azar– resultó cualitativamente superior en comparación con ediciones anteriores.

Obra de artista(s)

Como era de esperar, la obra de Michel Hazanavicius descorrió las cortinas del Festival de Cine Francés en La Habana, en 2012.

El Hollywood de 1927 contempla temeroso el arribo del cine sonoro, con gran peligro para los triunfadores del silente, quienes ven amenazados sus éxitos de hasta ahora; así le ocurre al personaje principal de The Artist, Georges Valentin, cuando su joven colega, Peppy Miller –que empezó como extra a su lado–, lo reemplaza en el suceso.

Si bien es cierto que buena parte de la victoria que constituye la sonada recepción de la película estriba en el método asumido por el director (en una época en que todo el mundo apuesta por las más avanzadas tecnologías, el hombre se aparece con esta vuelta al cine mudo), no lo es menos que sin la exquisitez conseguida poco hubiera logrado The Artist –obra de artista donde los hubo–. La re-significación de los códigos principales de aquella etapa del cine y esa estética –donde reinan la gestualidad como principal recurso expresivo, la música que ocupa toda la banda sonora y protagoniza no solo la ambientación sino la principal voz narrativo-dramática, la fotografía en blanco y negro que sugiere y sintetiza, los intertítulos imprescindibles para aclarar detalles donde no lo consiguen otros– es, sin lugar a dudas, el principal y rotundo mérito del filme, que constantemente alude, mediante sutiles señas, al gran conflicto del personaje central: la llegada aplastante del cine hablado.

Concertada como un homenaje tanto hacia esos actores (de los cuales el protagonista es más que un símbolo, desde su apellido, Valentin, que alude a uno de los galanes emblemáticos), como hacia el cine todo, con sus cuotas repartidas de maravilla y desgarramiento, una insuperable reconstrucción epocal y excelentes actuaciones (Jean Dujardin y Berenice Bejo son los campeones de un equipo no menos virtuoso que incluye a Jammes Cromwell, Penélope Ann Miller, Malcolm McDowell y hasta a ese perrito que también merece reverencias), The Artist es, ni más ni menos, una obra de arte.

La fuente de las mujeres

La música: una fuente con diversos flujos

La fuente de las mujeres –coproducida entre Francia, Bélgica, Italia y Marruecos– es la más reciente obra del singular cineasta de origen rumano Radu Mihaileanu (El tren de la vida, Concierto…), y se/ nos ubica en una aldea rural del Medio Oriente donde las mujeres, siguiendo la tradición, deben ir a buscar agua a un encrespado y peligroso camino en la montaña. Esto provoca caídas que hacen perder sus criaturas a las embarazadas; de modo que a Leila, una de las de pensamiento más avanzado, se le ocurre organizar una «huelga de amor»: no consentirán a sus esposos en las relaciones sexuales hasta que no las ayuden en tan arriesgada búsqueda.

Fiel a un estilo que se ha ido imponiendo, Mihaileanu elige un tono difícil a la hora de desarrollar el relato: el transitar por una cuerda floja que se desdoble entre el humor y la gravedad. Y debe admitirse que en ello radica el mérito inicial de esta fuente, que lo es también de personajes que trascienden el pintoresquismo para erigirse en recios caracteres (la propia Leila, quien tiene que arrostrar su condición de «extranjera»; la amargada y tradicionalista suegra; el marido, profesor de una sensibilidad y delicadeza que aventaja las –generalmente ausentes– de sus coetáneos, o el «alma» –pudiera decirse– del dramatis personae: la sin par Rifle Viejo), así como de rubros que «sazonan» espléndidamente el texto fílmico. Me refiero a la peculiar y rica música, intradiegética, verdadero paratexto que, a través de las interpretaciones de las mujeres, basadas en ritmos locales, va comentando los sucesos y reforzando el dramatismo del sujet; al vestuario, otro eficaz colaborador de la ambientación y la ubicación espacial; y a los desempeños, claro está, de excelentes actrices que dan vida a los ya vigorosos personajes (Leila Bekhti, Hafsia Hertzi, Zinedine Soualem…).

La guerra de los botones es la más reciente labor del coordinador general del Festival francés, el realizador Christophe Barratier (El coro), quien declaró entre nosotros que el suyo no se trata exactamente de un remake de aquel popular filme realizado en 1962 por Yves Robert, sino que parte directamente de la novela escrita por Louis Pergaud en 1912.

Como ya lo ha demostrado en filmes anteriores, el director sabe cómo manejar el melodrama evitando, por lo general, los excesos. En este caso, niños simpáticos, protagónicos, en pugna; el nazismo como fantasma que gravita en un contexto rural que, fuera de ello, sería casi paradisíaco; hermosos pasajes y acción constituyen la fórmula más eficaz para lograr una comunicación segura, como demostró el amplio público que asistió a la premier, con la presencia de Barratier.

Esta vez, la gran mancha de La guerra… es la partitura creada por Philippe Rombi, no solo excesivamente melosa, sino empleada de modo deficiente por su desbordado descriptivismo y ciertos énfasis del todo superfluos. En medio de un festival que privilegió la música (como se ha comentado a propósito de The Artist y La fuente de las mujeres) ello resulta un defecto mucho más visible.

Más para los más pequeños

No fue el simpático filme de Barratier el único destinado a los niños; si se trata de títulos que despiden ese para los adultos, puede citarse el animado Una vida de gato (2010; Francia-Holanda-Suiza-Bélgica). Dirigido por Jean Loup Felicioli y Alain Gagnol, despliega, en 70 bien aprovechados minutos, una divertida parodia del «cine de género»; pues el noir, la aventura y el suspense combinan allí admirablemente con la comedia mediante trazos ágiles y dinámicos que nos invitan a perseguir a Dino, un gato de «doble vida», y a atisbar sus peripecias. El gato comparte aventuras con un peligroso ladrón y con la pequeña hija de una comisaria de policía que ha perdido a su esposo a manos del primero. Secuestro, persecuciones, identidades ocultas, una gigantesca estatua y otros tantos motivos de ese tipo de cine son admirablemente recreados (animados) por los directores, al imitar la iluminación turbia de tales historias, los movimientos de cámara rápidos y atrevidos y el habitual clima de peligro y zozobra, que en los márgenes del humorismo genera una grata combinación.

Un rostro multicultural

Como puede inferirse, el festival se torna cada vez más una plataforma plural desde el punto de vista étnico, cultural y geográfico, reflejo de la producción en la que se inserta y a la cual representa. No se trata solo de la mítica «Ciudad luz» o de sus contornos, sino de todo lo que la influye, la condiciona y se halla en relación con ella.

Por eso tantas de las propuestas de esta edición saltan de París al mundo ancho y nada ajeno, aunque, por supuesto, incluyen a aquel de algún modo.

En este grupo se inserta el célebre realizador finlandés Aki Kaurismäki (Un hombre sin pasado, Luces al atardecer…), quien forma parte de la muestra con su reciente película Le Havre (2011).

El escritor bohemio Marcel Marx se gana la vida como limpiabotas y pasa sus días sin sobresaltos, en el puerto francés Le Havre, cuando dos acontecimientos amenazan con alterar bruscamente su existencia: la enfermedad repentina de su esposa y el cruce en su camino de un niño negro inmigrante, perseguido por la policía. Con la austeridad narrativa habitual en su cine, Kaurismäki nos entrega otra historia llena de calidez, humanismo y sensibilidad, latiendo bajo la cáscara de un discurso frío y monótono solo en apariencia. No parece exageración si se dice que el filme resulta un canto embriagador a la solidaridad humana, ajena a fronteras de etnias, razas, estatus socioeconómico o culturas; un canto, en definitiva, a ese amor todopoderoso, capaz de lograr lo más difícil, algo que no por usual pierde eficacia, sobre todo cuando el mensaje llega envuelto en una morfología tan personal y deslumbrante.

La manera en que el finlandés tiende a armar sus personajes (además de los protagónicos, descuellan aquí el inspector de policía o los singulares vecinos), y a tejer nexos entre ellos, es otro de los valores presentes en Le Havre, el cual llega sin dudas a buen puerto por virtudes no menos sobresalientes: una edición milimetrada y casi perfecta; un tratamiento de la cámara atento con igual precisión a interiores y a espacios abiertos, ambos decisivos en la narración; la combinación de la intensidad y la economía de recursos en la fotografía; las actuaciones ajustadas de André Wilms, Kati Outinen, Jean Pierre Darrosuin y Alina Salo.

También Carlos (Francia-Alemania), realizada en 2010 por Olivier Assayas (director de amplia y reconocida trayectoria, con títulos como Rendez-vous, El dorado, Noise, Clean), sale de los límites franceses, para perseguir a ese personaje que ha sido apodado El Chacal, quien constituyó una figura clave del terrorismo internacional en los años setenta y ochenta del pasado siglo, responsable de atentados que causaron no pocas muertes, así como el secuestro de los representantes de la OPEP en Viena, y quien –para concluir– cumple ahora mismo cadena perpetua en Francia por el asesinato de tres personas.

Una vida de gatos

La biopic –resumen en 165 minutos de una miniserie que dura el doble en relación con su versión– detenta, como atractivo inicial, el hecho de referirse a un individuo no solo famoso sino que está «vivo y coleando». Luego Assayas ha seguido la figura con paso firme, dentro de un montaje dinámico y bien armado, que contribuye a una diégesis sin descensos de ritmo, morfológicamente cercana al documental y que presenta un retrato bastante objetivo y analítico del ser humano, más allá del (anti)héroe. Su transición de una postura que se halla, sin dudas, errada en sus métodos, pero que es auténtica en sus convicciones, a un acomodamiento oportunista y aburguesado, que justamente era uno de sus blancos; su ascenso, decadencia y caída a la par de una Historia que le «pasa la cuenta»,y la relación estrecha entre vida privada y pública, lo cual implica también una mirada a quienes rodearon a El Chacal (colegas, compañeras sentimentales, víctimas…).

El actor venezolano Edgar Ramírez, quien ha extendido ya su carrera con cierto éxito a Hollywood (Domino, El ultimátum de Bourne, Che el argentino…), además de actuar en el cine de la región (Punto y raya, Elipsis, Plan B), recibió por su representación del personaje un merecido César (el Oscar francés) a la revelación masculina del año.

Cambiando el tono, Los nombres del amor (2010) es una comedia de Michel Leclerc, que discursa sobre lo apuntado: los ancestros, las hibridaciones, las contaminaciones (en todos los sentidos) que han derivado, justamente, en la diversidad que condimenta las identidades y las culturas, Francia entre ellas. La pareja del filme tiene por progenitores a un argelino y a un judío, respectivamente, pero el realizador no tiene como misión averiguar (tampoco nosotros) si por ello se trata de seres tan opuestos en sus caracteres. De cualquier manera, las etiquetas, los compartimentos y las nominaciones –en tal sentido, resulta mucho más acertado el título original: Le nom des gens– son los que parecen estar en la diana de Leclerc, quien se burla con habilidad y eficacia de las tendencias políticas y (en general) de los dogmas, las barreras y los encasillamientos con que la sociedad persiste en encerrarlo (y asfixiarlo) todo, hasta que esa gran fuerza que es el amor logra hacer saltar lo demás en pedazos. Guion ingenioso, puesta divertida y aguda, sobresalen allí, en primer término, los desempeños de Sara Forestier y Jacques Gamblin.

Literalmente fuera de Francia –la cual es coproductora– centra su interés temático el documental Nostalgia de la luz (2010), del célebre cineasta chileno patricio Guzmán (La batalla de Chile), quien aquí establece una rara –mas coherente– relación entre las estrellas, los planetas y los mundos de lo alto y esos otros tan terrenales, donde reposan restos de seres humanos que van desde exploradores e indígenas hasta desaparecidos con la dictadura de Pinochet. Mientras los astrólogos buscan en lo ignoto, las mujeres de esas víctimas remueven la tierra procurando algún resto de sus seres queridos.

Fotografiado de bella manera por Katell Dijan, con una edición cuidadosa del propio director en coautoría con Enmanuelle Joly, y con el añadido de una sugestiva música de Miranda y Tobar, el filme destierra sensacionalismos y autocompasión histórica, para ser lo más objetivo y desapasionado posible, gracias a lo cual consigue no solo un favorable efecto estético (acaso le vienen sobrando ciertos comentarios en off del narrador, que es el propio Guzmán), sino una reflexión seria y detenida por parte del espectador, sobre todo latinoamericano.

Otra de tema histórico es Libertad (2009), de Tony Gatlif, la cual documenta desde la ficción el acoso a y el exterminio de un pueblo gitano durante la ocupación nazi en Francia, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Historia hermosamente contada, enfatiza en las costumbres de ese grupo y en su peculiar relación con un niño lugareño, al tiempo que explora también en las singulares individualidades y recrea los nexos entre franceses y gitanos.

Pero acaso ningún otro texto fílmico plasmó de modo más nítido la relación entre franceses (anfitriones) y foráneos que el documental Los recién llegados, dirigido por Claudine Bories en 2009.

Extranjeros procedentes sobre todo de Asia y África, que solicitan asilo en Francia, reciben diversos tratos del personal que labora en una organización caritativa especializada en tales casos, quienes en ocasiones no mantienen la mejor actitud. Tras el diálogo de rigor –traductores mediante–, conocemos los problemas de varias personas y de sus familias, donde laten historias de horror, violencia de raza y de género, intolerancias políticas y religiosas, y mucho más, todo lo cual la directora sabe combinar y alternar magistralmente, insertándose con eficacia en el llamado «documental de puesta en escena». Estos casos se representan fictivamente, conformando algo que por la proyección dramática se aleja del documental, a la vez que detenta la fuerza, el realismo y la presunta «objetividad» atribuibles al género.

Otras partes del pastel

Mejor película en el Festival de Comedias (Montecarlo), la coproducción franco-belga La oportunidad de mi vida (2010), de Nicolas Cuche, es una de esas cintas sobre (dis)parejas que al final, tras muchas peripecias y desencuentros, terminan, por supuesto, resolviendo sus conflictos. Se trata en este caso de la presunta mala suerte que un exitoso consejero matrimonial inyecta en las mujeres de su vida, hasta que conoce a Joana, quien al parecer tampoco es la excepción, pero eso tan solo en apariencia.

Con humor de todo tipo (incluyendo el negro) como eficaz herramienta, Cuche diseña un periplo grato, ingenioso y casi siempre feliz; aunque también predecible y no exento de lugares comunes, pero que resuelve desde el guion hasta una puesta en pantalla que amarra sus elementos fundamentales, y se apoya de forma notable en el carisma y en el sólido desempeño de sus protagonistas, o sea, tanto sobre los hombros de la exconductora de televisión Virgine Efira (premiada en el aludido festival) y de François Xavier Demaison (el cual pudo compartir con ella el lauro) –y quienes, por cierto, estuvieron en la Habana, en ocasión de presentar el filme–, como en los hombros de un grupo de no menos brillantes secundarios (Arnelle Deustch, Rafael Personnaz, Brigitte Roüan…).

Menos lograda, Una visita inoportuna no es otra que… el cáncer. En esta comedia, del conocido Bertrand Blier (Los actores, Mi hombre…), a los personajes principales –un famoso escritor, alcohólico y desengañado, y su incondicional sirvienta, quien lo ama en secreto– se les presenta en persona la temida y recurrente enfermedad, la cual terminará por interactuar constantemente en sus vidas, irrumpiendo en la confortante mansión campestre donde habitan.

A pesar de que el director y guionista fue nominado a los César 2010 por ambas labores, el humor negro, que en ocasiones funciona aquí por el desenfado de las situaciones y por varios chistes logrados, no cubre satisfactoriamente todo el trayecto, volviéndose con frecuencia reiterativo, cargante y, a la larga, tan inoportuno como reza el título. Jean Dujardin (The Artist) y Anne Alvaro –mejor actriz de reparto en las estatuillas de la Academia francesa– salvan al filme del descalabro, en buena medida.

Mi parte del pastel, de Cedric Klaspisch (Una casa de locos) es otra que empieza y se enrumba muy bien, hasta que el fallido desenlace da el tiro de gracia a otra comedia que pudo ser casi perfecta. Una mujer de provincia pierde su empleo y al buscarlo en París, se encuentra con el hombre que fue responsable del cierre de la fábrica en la que ella trabajaba.

La relación de esta ama de casa –madre de familia, cálida, honesta y laboriosa– con el capitalista –rico, frío y calculador–, quien parece mejorar humanamente con ello, ofrece una confrontación (psicológica, clasista, de género) que la cinta trasmite con la gracia y el ingenio propios de una comedia de ley, sin dejar de esmerarse en un diseño de personajes y una conformación de situaciones que detentan suficientes densidad y alcance para trascender, a su vez, la ligereza del tono elegido. Pero –como se ha adelantado– afanoso por «robarse» el show mediante uno de esos finales efectistas, amén de facilista e increíble, Klaspisch precipita los sucesos, va a los extremos y pierde buena parte de un pastel que, sin esa mancha, hubiera sido sencillamente delicioso; si bien no al punto de que el espectador olvide los valores de la historia ni su puesta, incluyendo un par de contundentes desempeños: los de la carismática Karin Viard y del no menos seguro Gilles Lelouch.

También en punta

Dentro de los varios documentales que la muestra francesa de este año trae, descuella La Danza, un vasto acercamiento al Ballet de la Ópera de París, realizado por Frederick Wiseman. Las interioridades –también literalmente– de ese aclamado templo cultural, sede de una de las compañías danzarias más prestigiosas del mundo, llenan 159 minutos, durante los que no se escatiman, por tanto, excesivos detenimientos, ensayos a veces sentidos como innecesarios ni fragmentos de reuniones que pudieron quedar en la mesa de edición. Al margen de esto, se trata de un incalculable documento, una prueba al canto, que despeja cualquier duda acerca del porqué del prestigio de ese colectivo. La obsesión casi delirante de bailarines y coreógrafos casi místico de profesionalidad y trabajo en equipo, las tendencias danzarias (de lo clásico a lo posmoderno, de lo tradicional a lo experimental) revelan, a través de una cámara curiosa y abarcadora, las peculiaridades y los matices de la escuela francesa de ballet. Fotografía, música, angulaciones y enfoques, montaje, equilibrio entre lo hablado y lo danzario resumen no solo un testamento valiosísimo sino un filme que –pese a los señalamientos– vale artísticamente por sí mismo.

Una grande homenajeada

Come d´habitude, el festival reverencia anualmente a un actor o a una actriz significativos, y en esta edición la agraciada fue madame (Isabelle) Huppert.

Por ello fue realizada la exposición La mujer de los retratos (curada por Alicia García), que en el vestíbulo del Chaplin permitió apreciar el testimonio de16 prestigiosos fotógrafos, en su mayoría franceses, quienes han atrapado por años los gestos y las poses de la diva, desde 1968 hasta 2002.

Isabelle Huppert durante el homenaje que se le realizó en La Habana. Foto: Paco Bou

Para muchos (incluido este crítico) ella es la gran dama del cine francés, su mejor actriz; otros, sin embargo, la consideran elegante y distinguida, pero fría, tan virtuosa que no comunica suficientemente los sentimientos de sus personajes. Lo cierto es que Isabelle Huppert no deja indiferente a nadie, todos la respetan; por ello el popular evento incluyó dentro de su programación un ciclo donde pudo repasarse algo de lo más significativo de su amplia y reconocida filmografía.

Casi todo se había visto en el homenaje a Isabelle Huppert, a pesar de lo cual no pocos repitieron (o descubrieron) algunos de los hitos pasados y recientes de su fructífera carrera. Tan fría y calculada como la mayoría de sus personajes, renuente a las fotos, la actriz en persona, durante su breve mas intensa visita, acudió a no pocas salas donde se exhibían algunos filmes suyos o de sus colegas y, eso sí, fue generosa respecto a la cantidad de preguntas que muchos le hicimos durante sus encuentros con la prensa.

Una de las novedades resultó un título donde, aun siendo actriz de reparto, brilló como siempre: Los destinos sentimentales (2000), del director Olivier Assayas, y protagonizado por Emmanuelle Béart. En la Francia de posguerra –poco después de 1914– la relación de un pastor divorciado y una joven liberal nos permite asistir al avance (y a la presión) del protestantismo y de las dinastías industriales, a una de las cuales termina por pertenecer aquel, tras abandonar su carrera religiosa.

Maestro en captar dilemáticos contextos histórico-políticos, Assayas interrelaciona notablemente el marco en que se mueve la pareja protagónica (juntos a otros personajes relacionados con ella) y los avatares de su pasión. El resultado es una cinta que brilla no solo por la exquisita reconstrucción epocal, sino por la ambientación y por las actuaciones (además de Béart y Huppert, tenemos a Charles Berling como el implacable presbítero, devenido capitalista despiadado, aunque personalmente frágil).

Broche sonriente

Una comedia sirvió de cierre: Juntos es demasiado (2009), escrita y dirigida por una fémina, Léa Fazer. Encontronazos generacionales y de género, nostalgias de los años 60 y réplicas contra esas añoranzas, líos conyugales y familiares, diversidad sexual, problemas de viviendas y espacios violentados…, todo eso y más confluye en una hilarante cinta que descuella por su brillante guion. Este fue armado sobre la base de ingeniosas frases y gags muy bien insertados, con una dinámica que apenas deja margen al espectador para reflexionar sobre ellos, y que, si se obvian algunos, en realidad fallidos (como los lugares comunes del perro inteligente o colisiones físicas mal avenidas con una comedia edificada esencialmente sobre lo verbal), nos dejan ante una muy divertida propuesta, donde brilla una vez más la carismática Nathalie Baye, quien, afortunadamente, ha preferido en los últimos tiempos este género, sin que se queden detrás sus eficaces colegas (Pierre Arditi, Jacelyn Quivrin, Aissa Maiga…).

15 Primaveras

Tuvimos, pues, un notabilísimo Festival de Cine Francés en La Habana, y en el resto del país (otra de sus conquistas: desde hace varias ediciones la festividad se ramifica a otras provincias, con la exhibición de una muestra de sus títulos), al cual respondió el público con el entusiasmo y la vitalidad de siempre. Con ello sus organizadores sientan un precedente cualitativo que deben mantener o superar, mas nunca dejar descender.

Mientras, esperamos seguir recibiendo en nuestras salas las mejores muestras de una cinematografía cada vez más afincada en la diversidad (de todo tipo) y cuyo alto perfil la sitúa dentro de la vanguardia europea y mucho más allá.