Más del Martí de Fernando Pérez

 

Daniel Céspedes

Daniel Céspedes (Isla de la Juventud, 1982). Licenciado en Historia del Arte. Se desempeña en la actualidad como director y guionista de programas en Radio Guamá, Pinar del Río. Ha colaborado con revistas nacionales.
 

Crear es vivir dos veces.
ALBERT CAMUS

No es el tiempo sino el ser humano quien instaura criterios de valor sobre la creación. Pero en ocasiones se necesita el transcurrir de los años, que también sentimos íntimamente, para legitimar posturas o desmontar visiones establecidas. Eso ocurre cuando la obra queda y aún da de qué hablar. De ahí los homenajes a paradigmas culturales de una región, del mundo. Ante algunos sucesos cinematográficos como El Mégano, Lucía, Memorias del subdesarrollo, La bella del Alhambra…, la cultura cubana festeja. En cambio, resulta poco probable que después del estreno de una película biográfico-histórica se celebre enseguida, cual si se validara la pertinencia de su hechura. José Martí, el ojo del canario (2010) nació importante, bella, clásica. Y Fernando Pérez, el director de cine cubano más simbólico y polémico de hace tiempo, es su autor.

Enfrentarse a un Martí niño y adolescente, a ese héroe cultural en formación, después de que cada cubano se haya figurado uno a su modo, según sus lecturas y horizontes de expectativas, entraña todo un riesgo para cualquier director y una provocación para el espectador. Y si a ello se suma que constituyó una obra por encargo, el mérito es doble. Sentimos que Fernando Pérez (más tradicional ahora en la narración de José Martí…) quedó bien en el marco de las concesiones: favoreció las libertades creativas de un equipo consecuente con los pedidos del cine de autor.


Y ¿qué narrar de la múltiple vida martiana? El ser humano en la etapa inaugural de aprendizaje, en la aurora de la razón poética. ¿El camino? Colmado de riesgos: humanizar a un prócer mayor, al Héroe Nacional de Cuba. ¿La prioridad? La puesta en escena, sin dudas. Consecuencia: la edificación legítima de un Martí íntimo pero dable; creíble pero no por percibido. Solo nos queda imaginar al Martí que queramos, aunque según sus escritos, reveladores de su personalidad. Pues «Imaginar se contrapone a percibir: imaginamos la parte posterior del objeto que observamos, la habitación contigua, la calle que se prolonga más allá de donde alcanza la vista».(1)

El aluvión de criterios en los cines y en la calle no se hizo esperar. Y de seguro muchos espectadores plantaron sus opiniones en el terreno del pensamiento, prestas al diálogo de ocasión en torno a determinado aspecto discutible de José Martí, el ojo del canario. Tampoco faltaron en la prensa ni en las revistas especializadas textos de críticos cinematográficos, investigadores, historiadores, escritores, en fin, cinéfilos todos, entrenados en el examen y en la facultad de escribir. ¿Qué privilegia a la propuesta de Fernando Pérez? José Martí como tema; si bien levantó sospechas, más tratándose de un realizador con una poética audiovisual ambivalente.(2) Luego (o tal vez antes), el propio Fernando Pérez, amparado por una obra reconocida. Esto último pudo haber sido un problema. Mas el director de Suite Habana se da a las nuevas entregas. No gusta de estacionarse en lo realizado.

En este orden de cosas, Fernando Pérez ha favorecido la imaginación reciente y colectiva con respecto a José Martí y a su época. Martí ha llegado nuevamente por el cine y el impacto ha sido indiscutible. Era de esperar la aparición de un material que testimoniara el proyecto fílmico y que poseyera más. Carlos Velazco, entrevistador por excelencia, sorprende ahora con la selección de textos José Martí: el ojo del canario. Un filme de Fernando Pérez (Ediciones ICAIC, La Habana, 2011).

De este libro destaco, en primer lugar, «¿Ver a un héroe a través del ojo del canario?», de Jorge Luis Sánchez, una suerte de entrevista donde el director de El Benny acomoda mediante palabras muy escogidas las revelaciones de Fernando Pérez en torno al diseño de José Martí… Al preguntarse, a manera de reiteración, para qué todo ese tratamiento de la cotidianidad en una película sobre la infancia y la adolescencia de José Martí,(3) Fernando responde con mucho acierto:

Pues para humanizar y acortar esa distancia glacial y marmórea en la que yo no veo a Martí, para acercarlo a los jóvenes. Porque su vida se ha convertido en la hagiografía de Martí, más en una estatua que en un ser humano. También por mi aspiración a crear personajes vivos, humanamente creíbles como cualquier hijo de vecino, y a construir pasajes que, sensorialmente, entren por la retina del espectador joven, sobre todo los jóvenes, y los coloquen frente a dilemas y contradicciones que no pertenecen a un pasado lejano, sino también a nuestra realidad; porque si Martí tiene un significado vigente es porque vive en ella.(4)

Muchos han sido los intentos de sacarle lascas a la obra martiana. Hasta el propio Emilio (el Indio) Fernández, director de La rosa blanca, en una de sus respuestas pretenciosas al crítico Guillermo Cabrera Infante, llegó a admitir: «No he detallado su múltiple personalidad porque sería imposible en el cine. Por otro lado, hubiera caído en el desmenuzamiento a que lo han sometido todos los martianos. Que lo han desmembrado. Ahoritita va a aparecer una tesis sobre Martí agricultor».(5) No estuvo el Indio tan errado en sus palabras, aunque sí en su película. Sin embargo, valga acotar que gracias a las considerables facetas exteriorizadas por estudiosos de Martí, lo hemos encontrado, por fortuna, más completo y terrenal.

Ahora, volvamos a la entrevista de Jorge Luis Sánchez, esclarecedora sobre cuánto quería buscar Fernando Pérez:

El desafío para mí estaba en la mirada […]. El puerto donde debería arribar estaba claro, clarísimo, pero el horizonte siempre fue una nebulosa, sobre todo porque esa mirada tenía que encarnarse en unos ojos concretos. No tenía ni idea de quiénes, qué actores, podrían conseguir trasmitir esa mirada del Martí niño y adolescente. Siempre le decía al equipo que era una mirada, que Martí era una mirada, porque era un niño observador y profundo: una sensibilidad poética.(6)

Y a propósito de la mirada, que va desde el título del filme y remite al valor del negro, del ojo tan negro del canario, tan alusivo, alegórico y arcano a la vez, no es de extrañarse cuántos análogos se localizan en el libro de Velazco. Fina García Marruz atiende la «visión solitaria del agua frente al mar de su destino». Para Raúl Pérez Ureta la preocupación fue la luz, la óptica, la elegancia en el tratamiento fotográfico en general. El exquisito director de arte, Erick Grass, tuvo a bien recrear «una imagen alegórica de la realidad social, cultural y familiar decimonónica». Emilio Bejel establece una detallada asociación entre iconografía y discurso Martí… Aborda con elocuencia lo político y lo nostálgico desde la mirada histórica y cinematográfica. Ahora bien, cuanto recrea en profundidad es la llamada «mirada recíproca» entre el observado y el observador: «Ese juego intelectual y emocional del que participamos es y ausencia».(7)

Presentación de José Martí, el ojo del canario, en el 33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. De izquierda a derecho: Carlos Velazco, Astrid Santana, Ambrosio Fornet, Mercy Ruiz, Fernando Pérez y Daniel Romero. Foto: Paco Bou.

Y si de la contemplación se trata, después de Fernando Pérez, ninguno en este libro ha ahondado el hecho fílmico desde sus múltiples aristas, entre ellas la de la mirada, la de la mirada aprendida, como Rufo Caballero. Escribir un ensayo de la altura de «La cubanidad no acabada. Circunstancias del nacimiento de una obra mayor en la cinematografía nacional», conlleva antes penetrar el cine como husmeador consciente que intenta reconocerse. Y Caballero hace más: remueve los sentidos de quien lee su texto, de quien se acerca a la película José Martí, el ojo del canario. El autor de Nadie es perfecto es de esos críticos atravesados por el ensayo, que resultan puente favorable entre obra y receptor. Sin contarte la película te motiva a suponerla, si bien no la has visto. Luego, confirmas que vale la pena el cine de Fernando Pérez. Leer a Caballero intimida. Releerlo garantiza avenencias, depone malquerencias. Acaso por asimilar como lectores y espectadores muchas de sus precisiones, ya nuestras. Todo crítico o ensayista que tiende a conceptuar, concreta. Para mí, escribir es concretar. Rufo podía insistir en una idea, pero no se permitía disimular y menos mariposear. «La cubanidad…» es, además, responsable de las miradas conciliadas (entre cine y espectador, entre texto y lector) ante la imagen diversa de lo cubano. ¿Agradeció Fernando Pérez un texto así? No lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que Rufo Caballero recompensó su cinefilia al exaltar su propensión vital: escribir.

Por otra parte, el texto de Zaida Capote («El ojo del canario. Un grito silencioso») me resulta tan bien escrito como rememorativo. Esto último no es problema cuando lo sostiene la redacción impecable. El de Fernando Martínez Heredia («Ante el ojo del canario»), muy sustancioso desde su vocación de investigador e historiador de la Cuba toda. Se vale de la propuesta de Fernando Pérez para confirmar la deferencia del director de cine por la historia nacional. La película refuerza el Martí aprendido por el pensador Martínez Heredia. De ahí el matiz evocativo. Sencillo y directo, para toda suerte de lector de prensa, el de Rolando Pérez Betancourt («José Martí: el ojo del canario»). Provocador y demostrativo del excelente periodismo cultural, amén del discurso crítico preciso y apropiado para un periódico como Juventud Rebelde, el artículo de Joel del Río: «Con los ojos fijos en la altura», quien titula con sutileza y elegancia. Y acaso pudiéramos convenir parcialmente con Del Río en que:

La segunda mitad de la película resulta mucho más rica desde el punto de vista dramático, aunque decae en el mismo final con una sujeción a las convenciones del cine histórico (grafismo que informa sobre el destino del personaje, voz en off, trascendentalismo de imagen detenida) que no esperábamos de tan arriesgada película.(8)

Los mayores atrevimientos de José Martí, el ojo del canario no estuvieron en el fluir narrativo, voluntariamente convencional; sino en qué relatar de las primeras etapas de la vida martiana, tan poco conocidas. El cómo de la trama revalida una estética cautelosa y valiente al mismo tiempo. Es la opción de Fernando Pérez, su objetivo intelectual.

Recomiendo, asimismo, leer los apartados «Flashback» y «El otro Martí»; y de este último, sobre todo, «José Martí: el ojo del canario narrada como un cuento (argumento)», de Fernando Pérez, en tanto camino pretendido por su director. En cuanto al «Pórtico», reconozco en Olga García Yero el arte de estimular la lectura de este libro. Un prólogo, se lo escuché a Julio Travieso, tiene que perseguir determinados propósitos capitales: presentar, interpretar, valorar y no aburrir. Olga García Yero cumple con las exigencias de una excelente prologuista.

Y a Carlos Velazco, las gracias, por traernos más sobre el Martí de Fernando Pérez, un Martí nuevamente pensado y más humano para todos.

 

 

 

(1) Jacob Kogan, El lenguaje del arte. Psicología y Sociología del arte, Ediciones Paidós, Buenos Aires, 1965, p.17.
(2) No obstante, la ambivalencia no es tropiezo ni contradicción, sino iniciativa provechosa, hallazgo seductor para el artífice y para determinado público.
(3) José Martí: el ojo del canario. Un filme de Fernando Pérez, comp. Carlos Velazco, Ediciones ICAIC, La Habana, 2011, p. 77.
(4) Ídem.
(5) Ibídem, p. 109.
(6) Ibídem, p. 77.
(7) Ibídem, p. 175.
(8) Ibídem, p. 130.