Y soñar, con las mismas manos… Diez años de Cine Pobre y su utopía sociocultural

 

Marianela González

 

 

 

 

 

 

Marianela González (Santa Clara, 1987). Periodista. Especialista de Prensa en la Casa de las Américas. Coeditora del Diario del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y editora del Diario del Festival Internacional del Cine Pobre. Textos suyos han sido publicados por revistas culturales cubanas y extranjeras.
 

Con las mismas manos que han pulido las conchas y cortado las güiras para hacer, entre la noche y la madrugada de cada uno de estos seis días, no menos de cien sonajeros, Iván se avergüenza de acariciar a una mujer; pero nos las ofrece, sereno, cuando hemos escuchado su historia y la de estas piezas que ahora cargamos, y que pronto recorrerán unos 700 km que les triplicarían el precio. Casi todas han sido regalos de este treintañero de piel curtida, color sol de playa, no de campo, pero con idénticas arrugas sobre los pómulos; si calculamos bien, obsequios que le habrían valido lo suficiente para llegar a casa y dormir un poco más temprano, pues no tendría que sumar al centenar de esa noche las cinco o seis piezas que esta tarde ha regalado porque sí. Porque le caímos bien.

La lógica, por supuesto, arrastra el vicio de los capitalinos vanidosos. Solo cuando el Festival del Cine Pobre ha concluido en Gibara su décima cita, y sus calles vuelven a lo que son, es posible trascender aquel porqué. Y el ejercicio salva.

Jibá, jíbaro, guiabara, Gibara…

Como el cine mismo, en la Villa Blanca un peso cubano tiene un valor tan alto que quienes llegan por primera vez apenas pueden resistirse al encanto de la compra. En días de Festival, a todo lo largo de la Calle Real, y atravesando los dos parques hasta llegar al mar, artesanos como Iván disponen su oferta para temporada alta: aquella que asegurará, con suerte, el tiempo en que el pueblo sangra otra vez por viejas heridas.

Asaeteada durante decenios por su vecina Holguín, superior en extensión territorial, demografía y recursos económicos, desde el minuto en que ganó un tramo de la Carretera Central, la bonanza de Gibara apenas conserva de las glorias las memorias: su condición de puerto cubano más cercano a Europa, que le valió ser visitado por relevantes figuras de la cultura de ese continente, como la gran bailarina Isadora Duncan; el respeto que tanto mambises como españoles le merecieron durante la Guerra de Independencia, periodo en que no se destruyó ninguno de sus bienes; el despegue republicano, que le propició, al tiempo que a La Habana, respaldos notables a su infraestructura educativa, sanitaria y cultural, como la creación de imprentas, librerías y cinematógrafos; o el agridulce patrimonio de haber sido la primera población cubana en recibir, de manera simultánea, ataques por aire, mar y tierra…


Desde mediados del siglo pasado y hasta hoy, más allá de los programas sociales en cuyo nombre se yerguen electrogeneradoras al oeste de la comunidad, Gibara ha sufrido una muy lenta recuperación luego de que, en los primeros censos realizados bajo el periodo revolucionario, figurara como la población cubana de mayor índice de desempleo y entre las primeras del país en relación con el flujo migratorio de jóvenes hacia el exterior. El huracán de 2009, por tanto, solo vino a poner el sello.

De ahí que para los gibareños el descubrimiento de su geografía como set cinematográfico y, más tarde, como anfitriona de un evento cultural que acerque a sus predios realizadores de todo el mundo, constituya lo más importante que allí sucede desde hace ya una década. Y no solo porque hablamos de un pueblo con sensibilidad exquisita, al punto de lograr reunir a sus habitantes, en pleno siglo XXI, alrededor de un viejo cinematógrafo que proyecta en las noches, contra un árbol de parque, los grandes títulos del cine cubano, sino porque en este pedazo de tierra y mar se ha definido, ya por centurias, una cultura de la supervivencia, el equilibrio y la belleza que trasciende lo que otros, por visión «descubridora», puedan ofrecer. De ahí lo jíbaro de «guiabara», donde se origina probablemente su nombre.

El Cine Pobre: lo que trajo el mar

Cuando aclaraba los malentendidos, Humberto Solás sabía que aquel manifiesto iba a perdurar. Visionario, redactó cada una de las nueve condiciones de existencia de un concepto que entonces, hace más de una década, apenas podía ser imaginado entre nosotros. Y si algo cierto, previsible y lógico hubo, no obstante, cualquiera que fuese la expresión concreta de aquella utopía, fue la selección de Gibara como escenario para el gran foro de cinematografías que habría de convertir las periferias en centro: un hogar para el cine hecho desde la libertad, sin ataduras ni compromisos más que con la voluntad creadora. Justo como aquel pueblo, silvestre e inerme, a la orilla del mar.

No extraña que 10 ediciones más tarde puedan constatarse tanto la forma física en que la utopía sociocultural de Solás ha tomado cuerpo, como el carácter atemporal y aglutinante de aquel concepto: el festival de las cinematografías marginadas –dígase, concebidas y distribuidas fuera del(los) circuito(s) hegemónico(s), sea cual sea su correlato en cada país– le ha devuelto a esta comunidad pesquera cubana un sitio en el mapa nacional, a la vez que ha logrado conectar a quienes, desde cualquier geografía, se reconocen en esa forma de hacer cine desde el esfuerzo individual, la visión contracorriente y la urgencia del decir. Y el decir (para) bien.

En el contexto de nuestra cinematografía –debatido en la última década entre la crisis de la industria y la emergencia de una avalancha de sujetos fílmicos al margen de su monopolio en la producción y distribución de cine, con periodos de mayor o menor acercamiento–, el Festival del Cine Pobre se ha erigido también como complemento espontáneo, en tanto lógico, de una Muestra de Cine Joven que –como espacio de legitimidad– no basta para acoger ese universo paralelo que se torna cada vez más inaprehensible.

Así, la edición de 2012, impulsada por el realizador cubano Lester Hamlet, también fue un sitio para el cine cubano hecho por jóvenes, al margen de la industria, y en dicha función gregaria encontró un sello. Los «profesionales» del «cine joven», egresados de las escuelas, y quienes arman un corto con una pequeñísima cámara digital o un teléfono celular, hicieron jugo del Festival y lo bebieron: la posibilidad de converger en un mismo espacio físico –presto como pocos a la conversación tranquila, casi bucólica, en un banco de parque– con representantes de otros festivales del mundo, afines al nuestro en cuanto al tipo de creación que promueven; las charlas cada noche sobre las circunstancias de producción y filmación de la serie documental Ser un Ser Humano –quizás el material más ambicioso que se haya concebido desde la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio en sus 25 años–; la coincidencia en las pantallas y en los foros de temas como la marginalidad social, la violencia de género, el universo audiovisual de la niñez y la adolescencia, asiduos al cine hecho desde las periferias; y hasta la oportunidad de interactuar con realizadores cuya obra –desde asunciones singulares, iconoclastas y, en algunos casos, corrosivas, de temáticas ya poco reveladoras por sí mismas– ha sido centro de diana en los grandes circuitos internacionales: Gibara conoció el carisma de Michael Rowe, Cámara de Oro en Cannes por su controvertido Año bisiesto, y el intimismo sobrecogedor de Alejandra Sánchez en su psicodocumental Agnus Dei, cordero de Dios.

Lester Hamlet, presidente del Festival, en la presentación de los jurados:  Lourdes de los Santos y Carmen Henríquez (documental), a la izquierda Carlos Pintado (guiones inéditos)

Para los cineastas en ciernes que apostaron por uno u otro apartado del concurso, el cruce con tales precedentes en cuanto a nichos de legitimidad más allá de los circuitos comerciales, propició el encuentro más prometedor con los pilares conceptuales del Cine Pobre y con su espacio en Gibara: el amparo de una creación que no por marginalizada es (auto)marginal. Un cine que es filosofía de vida y de obra, y que, ya en su madurez, ha logrado transitar con éxito el camino de la oposición a la propuesta.

Situaciones o tópicos comunes en la filmografía que recogen los catálogos de los 10 últimos años del certamen volvieron esta vez en materiales que, como en cada edición, divergen en facturas y niveles de elaboración de sus argumentos. Y semejante disparidad, que quizás llegó a convertirse en un conflicto casi ético para los decisores, se vio desde las butacas como un gran mosaico de lo que en oportunidades, focos de atención y talentos, ofrece cada uno de los países representados en la cita. Desde Cuba, Costa Rica, Japón, Venezuela, Perú, Colombia, Uruguay, China, Suiza, España, Estados Unidos, Argentina, Brasil, México, Francia, Italia, Egipto y Canadá, llegaron afiladas sátiras y carismáticos personajes –El hada buena, una fábula peronista, de la argentina María Laura Casabe, premio al Mejor largometraje de ficción–, ingeniosos cuestionamientos a políticas gubernamentales de impacto en la esfera pública de muchos de estos países –Gestación, del costarricense Esteban Ramírez; Cincuenta, de la cubana Manuela Montoya; Prohibido, documental autobiográfico de la egipcia Amal Ramsís o Bohío, del cubano Carlos Rodríguez–, y hasta arriesgadas puestas que parten de creaciones colectivas para generar obras in progress –aun con sus zonas muertas, valga recordar Aficionados, coordinada por Arturo Dueñas.

Si evaluamos por las coincidencias: discursos sobre la marginalidad social, la migración, la legitimidad de profesiones u oficios preteridos, el funcionamiento de las estructuras de representación social y los espacios conflictuales en las relaciones interpersonales. Y muchas veces, especialmente en las propuestas inscritas desde la Isla, reivindicando el ejercicio más clásico del contar y la estética de las lógicas productivas austeras.

A la inversa de las décadas fundacionales del cine cubano, los jóvenes cineastas asumen hoy el espacio y la ética del Cine Pobre como entorno natural de sus propuestas, sin haber transitado primero por la industria. La legitimidad que le confieren al Festival no es, por tanto, la legitimidad de «la alternativa», sino la sospecha de que el Cine Pobre se parecerá, cada vez más, al cine que se piensa, hace y exhibe en un país como este.

Un cine-ágora. Un cine que sepa a nuestro, pero que le hable al mundo. Y que salude en calma, con las mismas manos que acarician el cuerpo de la nación.