La Vieja de las Calabazas

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La Vieja de las CalabazasCorrían apacibles los primeros años de "Fernandina de Jagua", la colonia que fundara en 1819 Don Luis De Clouet y que ha mucho de tardar hubo de llamarse Cienfuegos, en honor del ilustre hijo de Gijón, el Teniente General de Artillería D. José Cienfuegos y Jovellanos, Capitán General de la Isla, sobrino del insigne escritor, legítima gloria de la literatura hispana, Don Gaspar Melchor de Jovellanos.

La naciente población de Fernandina de Jagua, aunque de aspecto alegre por la espléndida belleza de sus alrededores y laboriosidad y buena armonía de sus habitantes, no pasaba de ser una modesta aldea de chozas y casuchas de guano "criollo", todas de sencilla y reciente construcción. Muy pocas eran las casas de madera, contadas las que tenían techado de tejas de madera o maní y rarísimas las que lo tenían de tejas de barro.

El aspecto aldeano de la población, lo acentuaba, por otra parte, la íntima y estrecha amistad que mantenían entre sí los primeros colonos, no obstante su diversa procedencia, pies los había franceses, españoles y naturales de la Isla. Todos se conocían y trataban, se ayudaban y prestaban mutuos servicios. Hacían vida cordial, sin querellas, disgustos y rivalidades, aunque es de suponer que no se verían libres de ese chismorreo más o menos inofensivo que es inevitable donde se reúnan media docena de familias y que contribuye no poco a hacer más entretenida su existencia.

Por lo mismo que todos se conocían, la presencia de un forastero era en el acto notada y comentada, y el célebre Pamuá, el tipo popular de la laboriosa colonia, lo ponía en conocimiento de Don Luis. Éste sin pérdida de tiempo procuraba enterarse de la vida y milagros del recién venido y si había llenado los requisitos legales establecidos y estaba dispuesto a trabajar personalmente. en caso negativo, podía tener la seguridad el intruso, que sin miramientos ni contemplaciones había de ser puesto en el camino real, con la recomendación formal de que siguiera andando sin demora, hasta ponerse fuera de la jurisdicción.

En la industriosa colmena fundada por D. Luis sobraban los zánganos. Cierto día se notó la presencia de una cara extraña, que causó no poca impresión en la tranquila colonia. Se trataba de una mujer ya entrada en años, de aspecto sospechoso y al decir de las comadres con sus puntas y ribetes de bruja. Alta, algo encorvada, ojos pequeños y vivos, nariz corva en conversación con la barbilla, la boca sin dientes, arrugada y terrosa la piel. Dijo llamarse Belén, y en lo sucesivo por Señá o Ña Belén fue por todos conocida. Estableció sus reales en el barrio de las Calabazas, por eso también se la conoció por la "Vieja de las Calabazas".

La presencia de Ña Belén inquietó por unos días y dio materia de chismorreo a las comadres y aun fue el tema de conversación de las personas sesudas. Nada se sabía acerca de su procedencia. Mientras unos aseguraban que era una infeliz que en busca de mejor suerte había venido del poblado de Yaguaramas, cabalgando en un buey, que era toda su hacienda, otros, dando ya por seguro que se trataba de una bruja, afirmaban muy formalmente que un sábado por la noche había llegado de Canarias, montada en una escoba larga y mugrienta.

Lo cierto es que Ña Belén no fue una carga para nadie y que no hubo motivo para echarla del pueblo, con disgusto de los que, considerándola como verdadera bruja, hubieran deseado verse libres de su poca agradable presencia. Ganábase la subsistencia ejerciendo el oficio de lavandera y practicando el siempre socorrido de curandera, y como tal llegó a adquirir tanta fama, que fue una competidora terrible de los primeros médicos que tuvo la colonia, D. Domingo Mongenié, Don José Vallejo y del boticario D. Félix Lanier.

Algunos aciertos que tuvo al principio Ña Belén, debidos más a la casualidad que a su saber, le dieron fama de curandera, siendo creencia general que podía curar todas las enfermedades, por graves que fueses. Aquellos fueron los días de gloria de Ña Belén; más ¡ay! no tardaron por su mal en venir los de desgracia. Como tantos otros, la fortuna, tornadiza, le volvió las espaldas. Sucedió que tomaron incremento las terciarias y las fiebres que empezaban con manifestación de frío, siendo no pocos los colonos atacados. Enseguida le echaron la culpa a Ña Belén. Por si esto fuera poco, la acusaron también de envenenadora y de que enfermaba a los niños con alferecías.

 

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